El riesgo profesional de decir siempre: "Sí, te ayudo"
Aceptar cada pedido con tal de quedar bien puede derivar en sobrecarga, frustración y estancamiento. Por qué saber poner límites también construye respeto y abre otras puertas.

Ayudar a los demás es una de las formas más rápidas de generar confianza en el trabajo. Ese compañero que siempre dice que sí se convierte en alguien confiable, en el que resuelve problemas, en la persona a la que todos recurren cuando se acercan las fechas límite. Sin embargo, lo que al principio funciona como una fortaleza puede volverse una desventaja. Quienes ofrecen demasiado de su tiempo corren el riesgo de quedar sobrecargados, de quedar afuera de las oportunidades de ascenso y de acumular un resentimiento silencioso hacia la misma cultura que ayudaron a sostener.

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La verdad es que decir que sí no siempre demuestra compromiso. Muchas veces, refleja miedo. Miedo a decepcionar, a perder oportunidades o a ser juzgado por no mostrar suficiente entrega. Después de todo, pocos empleados quieren que los etiqueten como inútiles. Pero el hábito de aceptar todo sin medir consecuencias tiene costos ocultos que pueden condicionar una carrera profesional mucho más de lo que se suele imaginar.

¿Por qué la generosidad se transforma en sobrecarga?

Al principio, decir que sí resulta gratificante. Los compañeros agradecen la ayuda, los jefes te ven como alguien confiable y los equipos funcionan mejor porque aparecés para cubrir los huecos que otros dejan. Sin embargo, con el tiempo, ese patrón termina generando una carga desigual. Las tareas que deberían haberse distribuido entre todos recaen siempre sobre las mismas pocas personas.

Ese desequilibrio rara vez es intencional. La mayoría de los compañeros no busca aprovecharse. Simplemente, saben quién va a cumplir. El resultado es que quienes se muestran más confiables terminan cargando con la mayor parte del trabajo. Lo que empezó como un gesto generoso se convierte en una expectativa instalada.

Con el tiempo, el rendimiento se deteriora. Los plazos se incumplen porque una sola persona concentra demasiadas tareas. La creatividad cae porque no hay espacio para pensar con profundidad. El agotamiento avanza en silencio, impulsado por la frustración de ser siempre quien ayuda, pero nunca quien progresa.

El costo oculto de la reputación

Paradójicamente, decir siempre que sí no solo agota. También puede perjudicar la forma en que los demás te perciben. Tus compañeros empiezan a verte como un asistente más que como un líder. Los jefes confían en vos para ejecutar, pero no te tienen en cuenta a la hora de pensar una estrategia. Al fin y al cabo, la mayoría tiende a valorar a quienes cuidan sus propios límites, no a quienes aceptan tareas adicionales sin parar.

Eso es lo que los psicólogos llaman la trampa de la competencia. Ser demasiado eficaz al ayudar puede llevarte a quedar encasillado. En vez de que te reconozcan por tu capacidad para pensar con claridad o por tu creatividad, te ven como quien hace que todo siga funcionando. Es una tarea necesaria, pero pocas veces abre la puerta a un ascenso.

También hay un riesgo de resentimiento. Cuando aceptás todo, los demás pueden asumir que no tenés prioridades propias. Incluso pueden llegar a considerar, aunque sea de forma inconsciente, que tu tiempo vale menos. Lo que buscaba mostrar compromiso puede terminar debilitando el respeto que generás.

Por qué decir que no genera más influencia

Puede sonar contradictorio, pero una de las decisiones más efectivas en el ámbito profesional es aprender a rechazar pedidos. Decir que no, no tiene que ver con el egoísmo. Se trata de cuidar la capacidad de hacer bien el trabajo. Cuando marcás límites claros, tus compañeros empiezan a valorar tu tiempo y a respetar tu criterio.

Después de todo, un sí medido pesa más que uno automático. Si aceptás ayudar solo cuando realmente hace falta, tu aporte se destaca. La gente te percibe como alguien que sabe manejar sus prioridades, no como alguien que simplemente toma lo que le cae.

También hay un efecto que influye en la forma en que te ven. Los líderes que saben decir que no con criterio transmiten seguridad. Dejan en claro que no temen cuidar su foco. Eso les da credibilidad y aumenta las chances de que les confíen responsabilidades de mayor nivel. @@FIGURE@@

Cómo establecer límites sin quemar puentes

El desafío es que rechazar solicitudes puede parecer arriesgado. Nadie quiere ser visto como poco colaborativo. Sin embargo, es posible proteger tus límites sin dañar las relaciones. La clave está en cómo comunicas tu respuesta.

Una estrategia es explicar claramente tus prioridades. En lugar de una negativa tajante, podés decir: "Me gustaría darle la atención que merece, pero en este momento estoy enfocado en otra fecha límite. ¿Podemos retomarlo la próxima semana?". Esto demuestra respeto por la solicitud y establece límites de forma educada.

Otra estrategia es ofrecer alternativas. Redirigir la solicitud a alguien más capacitado para ayudar muestra que, aunque no podés colaborar directamente, sigues siendo útil. Después de todo, proteger tu tiempo no implica dejar a los demás de lado.

Finalmente, ser proactivo también es clave. Compartir en qué estás trabajando y qué podés asumir de manera realista facilita que tus colegas comprendan tus límites. La transparencia ayuda a reducir malentendidos.

Con el tiempo, estas prácticas cambian la forma en que los demás te perciben. En vez de ser la persona que siempre dice que sí, te convertís en el profesional que elige con criterio. Este cambio puede marcar la diferencia entre ser visto como alguien que simplemente ayuda y ser reconocido como un líder.

Nota publicada por Forbes US