Hay hitos en la vida de las personas que vas mas alló de cargos o de la acumulación de prestigio. En TED, no importa tanto la fama como el de encontrar una idea que toque un nervio central de la época. La llegada de Joaquín Navajas al escenario principal de TED en Vancouver pertenece a esa categoría. Porque no se trata solo de que un científico argentino vaya a hablar en la conferencia anual de la plataforma de ideas más influyentes del mundo. Se trata de que lo hará con una hipótesis incómoda, incluso provocadora, en tiempos de gritos, fanatismos y trincheras ideológicas: tal vez la polarización no sea, por sí sola, el gran problema de nuestras democracias.
La escena ya tiene algo de hito. TED2026 se lleva a cabo del 13 al 17 de abril en Vancouver bajo el lema All of Us, en lo que la propia organización presenta como su último gran capítulo en esa ciudad antes de iniciar una nueva etapa. Dentro de ese programa, Navajas fue seleccionado a través del TEDx Global Idea Search, una búsqueda internacional que eligió solo nueve ciudades en el mundo para detectar nuevas voces. Buenos Aires fue una de ellas y, además, la única hispanohablante. De ese proceso surgió el nombre del investigador argentino que esta semana subirá al escenario global. @@FIGURE@@
La historia importa también por lo que dice sobre la escena local. Buenos Aires no llegó a ese mapa por azar, sino de la mano de TEDxRíodelaPlata, uno de los eventos TEDx con mayor peso y visibilidad internacional. Primero fue elegida la ciudad. Después se abrió una competencia entre finalistas locales, con charlas breves en inglés, coaching, curaduría y selección compartida entre el ecosistema argentino y TED Global. En ese recorrido, Navajas quedó al frente. No es un detalle menor: en la lógica TED, una buena charla no alcanza. Tiene que haber, detrás, una idea capaz de exceder la disciplina y tocar una conversación más amplia. Y eso fue, justamente, lo que vieron en él.
Una idea que no busca apagar el conflicto
Lo que Navajas llevará a Vancouver no es una defensa ingenua de “la grieta” ni una celebración del antagonismo como espectáculo. Es algo más fino y, por eso mismo, más desafiante. En la entrevista con Forbes Argentina, lo plantea como un cambio de mirada personal: durante mucho tiempo compartió la intuición de que vivimos en sociedades cada vez más polarizadas y que esa polarización es necesariamente mala. Parte de su propio trabajo, cuenta, estuvo orientado a tratar de reducir ese conflicto. Pero con los años, la evidencia lo fue empujando a revisar esa idea. “Hay evidencia y realmente buenos motivos para creer que hay aspectos positivos en la polarización política”, dice. Tener posiciones intensas, incluso extremas, puede ampliar la diversidad de opciones y evitar la falsa ilusión de que una democracia sana es una democracia sin diferencias.
@@FIGURE@@
Lo decisivo, para él, es no mezclar dos fenómenos que suelen presentarse como si fueran uno solo. Una cosa es la polarización de ideas: la distancia entre visiones del mundo, intereses, valores y proyectos políticos. Otra, muy distinta, es la violencia política: el momento en que el otro deja de ser un adversario y pasa a ser alguien al que hay que aplastar, callar o borrar. En la entrevista lo dice con crudeza: el deterioro democrático empieza cuando ya no se cree que quien piensa distinto merezca siquiera opinar o existir en igualdad de condiciones. Ahí ya no hay pluralismo. Hay otra cosa.
Ese desplazamiento conceptual es probablemente el corazón de su charla. Navajas no propone menos desacuerdos. Propone, en cierto sentido, lo contrario: más desacuerdos pacíficos. Que la democracia no sea un ejercicio de licuar diferencias hasta producir un consenso tibio, sino una forma de convivencia donde existan posiciones intensas sin que eso derive en deshumanización. En un tiempo que parece haber naturalizado la lógica del enemigo, la idea suena casi disruptiva. No pide anestesia; pide contención institucional y cultural para que la diferencia no derive en pulsión de exterminio.
De la física al cerebro, y del laboratorio al escenario global
El recorrido de Navajas ayuda a entender por qué llegó a formular el problema de ese modo. Su formación original no fue en humanidades ni en teoría política, sino en ciencias duras. Es licenciado en Física por la UBA, doctor en Neurociencia por la Universidad de Leicester, en el Reino Unido, y realizó investigación posdoctoral en el Institute of Cognitive Neuroscience de University College London. Hoy es profesor-investigador asociado en la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella, investigador del CONICET y director del Laboratorio de Neurociencia y de la Licenciatura en Ciencias del Comportamiento.
En la conversación con Forbes, ese pasaje entre disciplinas aparece casi como una epifanía. Navajas recuerda el momento en que, siendo estudiante, conoció un laboratorio y a uno de sus grandes mentores, Mariano Sigman. Venía del universo de los objetos duros, medibles, de la física clásica. Y de pronto descubrió que también era posible estudiar científicamente la mente, el comportamiento y la toma de decisiones. “Fue casi como un amor a primera vista. Es decir, esto es lo que quiero hacer”, resume. Esa escena importa porque contiene, en miniatura, su perfil entero: alguien que salió del rigor cuantitativo, pero lo usó para entrar en uno de los terrenos más inestables de todos, el de lo humano.
Ese mismo cruce aparece en la entrevista que le hizo Gerry Garbulsky en Aprender de Grandes, publicada en febrero. Allí Navajas vuelve sobre los dilemas de cómo decidimos, cómo pensamos en grupo y qué ocurre cuando las respuestas no están dadas de antemano, sobre todo en decisiones morales o complejas. La descripción calza perfecto con la idea que hoy lleva a TED: no la del científico encerrado en una especialidad, sino la del investigador que intenta traducir hallazgos del laboratorio a preguntas grandes sobre la vida en común.
La democracia, el error y la inteligencia de las diferencias
Una de las razones por las que su planteo no suena a ocurrencia provocadora es que está apoyado en una línea de investigación concreta. Navajas trabaja desde hace años sobre inteligencia colectiva y toma de decisiones en grupo. En la entrevista con Forbes recuerda el célebre experimento de Francis Galton, aquel en que cientos de personas debían estimar el peso de un buey y donde el promedio de las respuestas resultó extraordinariamente preciso. La lección clásica es conocida: cuando los errores individuales van en direcciones diferentes, tienden a cancelarse. La diversidad, en ese sentido, no es solo un valor moral o cultural. También puede ser una ventaja cognitiva.
Navajas cuenta luego un experimento propio que empuja todavía más esa lógica. En lugar de dejar a un grupo estimar libremente la cantidad de caramelos en una jarra, dividieron a las personas en dos grupos y sesgaron sus respuestas con anclajes opuestos: a unos los empujaban hacia un número bajo; a otros, hacia uno alto. La intuición parecería obvia: introducir ese tipo de polarización debería empeorar el resultado. Pero pasó algo distinto. Al aumentar la diversidad de errores, el promedio conjunto mejoró. Para él, ese hallazgo fue uno de los momentos que obligaron a revisar su mirada sobre el valor del desacuerdo y de las posiciones divergentes.
Ese marco no quedó circunscripto a una charla o una intuición personal. Su trayectoria pública y académica muestra una agenda consistente en torno a inteligencia colectiva, percepción y comportamiento, con publicaciones en medios especializados y una presencia creciente en el debate público. En su sitio personal se presenta como director del Neuroscience Lab de Di Tella y como investigador dedicado, entre otras cosas, a entender cómo pensamos mejor cuando pensamos con otros. Esa idea, en el clima actual, tiene una potencia particular: quizás la homogeneidad no sea la meta más inteligente para una sociedad, y quizás el problema no sea la distancia entre opiniones, sino la incapacidad de procesarla sin destruir al otro.
Por eso su llegada al gran TED de Vancouver tiene algo más que un mérito biográfico. No es solo la historia de un argentino que logra entrar a uno de los escenarios más codiciados del mundo de las ideas. Es también la historia de una idea argentina que llega allí para decir algo incómodo, pero necesario. Mientras gran parte del planeta se describe a sí mismo como roto, crispado y tribal, Navajas subirá a escena para introducir una diferencia clave: el desacuerdo puede ser fértil; lo que corroe a una democracia no es que existan posiciones intensas, sino que dejemos de reconocer humanidad en quien las sostiene del otro lado.
En tiempos de simplificaciones instantáneas, esa diferencia no es menor. Es, probablemente, la razón por la que TED quiso escucharla.