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Innovacion

Un argentino en Israel: cómo salir de la mediocridad productiva para ser una startup nation

Santiago Eneas Casanello Co-founder y director de MALEVA MAG

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Con todo en contra, Israel está a la cabeza de los países más innovadores del mundo. Del otro lado, y "sin ningún problema", Argentina arrastra décadas de atraso. ¿Qué hace falta para innovar?

23 Junio de 2020 15.22

En Argentina no tenemos ningún problema, fue lo primero que pensé cuando volví de Israel a principios de marzo. Y lo que le respondí a mucha gente que me preguntó qué me había parecido esa tierra mística de arena, rascacielos, multitud de monopatines eléctricos en cada esquina, estatuas de Ben Gurion haciendo la vertical en la playa como un bañista más, mercados de especias, sabrosos vinos de Galilea, jóvenes ortodoxos vestidos de negro tocando un piano de cola en una plaza de Jersusalén a medianoche y carteles en hebreo.  

No es que nosotros no tengamos problemas, desde ya. La inflación, que ya es casi un pintoresquismo criollo que el resto del mundo superó; la pobreza, ese núcleo duro marginal que desde la convertibilidad que no logramos perforar; la inseguridad, el sube y baja institucional, la bipolaridad ideológica. Y agréguenle a piacere los que ustedes quieran. Pero son problemas que (nos) creamos nosotros. Cuya raíz y génesis son obra nuestra. Esos problemas sobran. Lo que no tenemos es ningún problema real de base. De esos definitorios y cruciales.

Como los que tiene el Estado judío. La mayoría de los países que lo rodean cuestionan, en mayor o menor medida, su derecho a existir. Los ciudadanos israelíes no son bienvenidos en los países limítrofes. Por eso se van de vacaciones a Grecia y nunca al Líbano. El miedo al terrorismo sigue, como un fantasma, en el corazón de cada persona. Vi con mis propios ojos las paradas blindadas en las que los chicos esperan el colectivo escolar, en la frontera con Gaza. Y escuché el siniestro megáfono militar que en cualquier momento, en esa zona, puede anunciar que hay que resguardarse donde sea, en pocos segundos, porque puede caer un misil lleno de clavos. Israel tiene un solo río con agua dulce, el Jordán, pero no alcanza ni por asomo a proveer a su población. Llueve poco. Y la mayor parte de su geografía es un desierto de una sequedad absoluta, y sal. Por otra parte, Israel tiene que construir su identidad permanentemente, haciendo equilibrio político e incluyendo a una minoría numerosa de árabes. Otro idioma, otra religión y con un grupo grande en esa minoría que desprecia a su propio país y usa remeras que dicen "Free Palestine". A eso me refiero por problemas de base. Y eso que no hablamos del holocausto. Todo reviviendo una lengua -con su alfabeto propio- que no hablaba nadie, salvo en rituales religiosos, desde hace mil novecientos años.  

La tierra prometida

Hablar de Israel siempre implica una cuota de controversia geopolítica, pero en lo que no hay controversia es en el desarrollo y en los récords que el país alcanzó en el último tiempo: es el país con más emprendimientos per cápita y tiene más empresas que cotizan en el NASDAQ que la Unión Europea. A su vez, la cantidad de solicitudes de patentes por año es de las más altas en relación a su población. Su PBI per capita es de US$ 41.700 según el Banco Mundial (casi cuatro veces más que nosotros). La humilde explicación que ellos suelen dar es que la necesidad, el no tener nada servido (ni una pampa húmeda, ni ausencia de conflictos bélicos, ni poca población en un territorio enorme, ni un mismo y conocido idioma) los obligó a ser mejores, a desafiarse a sí mismos, a ser creativos. Tiene lógica. Pero no es un principio científico: la escasez, las dificultades existenciales, el drama de nacimiento pueden también explicar a Haití. El paradigma del país inviable.  

El secreto, desde mi punto de vista, del éxito israelí, y del contraste con Argentina es que ellos decidieron ser un país de inventores. ¿O ser una "startup nation" no es otra manera de decir una nación de gente que inventa? E inventar es solucionar problemas. Y les va bien, porque el capitalismo -y esto en todas sus variantes, desde la socialdemócrata hasta la conservadora- premia a los creadores, a los que se arriesgan a pensar un poco más allá, a los que solucionan problemas con soluciones inéditas. Tal como exige cualquier plan de negocios y es parte esencial de cualquier road map de creación de empresas: ¿qué problema vas a solucionar y cómo?  
En Israel, ¿cómo resolvieron el problemón de no tener agua? Inventando una tecnología de vanguardia y eficiente para desalinizar el agua del Mediterráneo (la misma que ahora le venden al sur de California). ¿Cómo el de cultivar entre las dunas? Inventando el riego por goteo en el Kibutz y hoy empresa multimillonaria Netafim (riego por goteo que hoy le venden a las bodegas de Catamarca y a China, para fertilizar sus arrozales). Ese ímpetu por inventar, promovido por el Estado, terminó configurando una cultura innovadora única. Una cultura que incluso tiene un museo, el Shimon Peres, que junto al agua turquesa del Mediterráneo, en el puerto de Yaffo, está dedicado a los inventos israelíes: desde el USB hasta el primer sistema de chat masivo, el entrañable ICQ. O Waze.

El sistema de irrigación por goteo de Netafim.

En el instituto Waizmann de Ciencias, que también visité, patentan anualmente 130 descubrimientos y ya fueron publicados 158.000 de sus investigaciones en las revistas científicas más prestigiosas. En otra empresa que me deslumbró, Mobileye, crearon la tecnología de procesamiento de imágenes clave de los vehículos autónomos. En 2017, Intel compró Mobileye por US$ 15.300 millones. En verdad, en Israel se innova en cualquier rubro: desde ciberseguridad hasta producción lechera, desde aeronáutica hasta medicina. Aunque da para escribir diez páginas al respecto, tuve en mis manos un cubo de cristal, del tamaño de un caldo deshidratado, en el que adentro había una diminuta aguja eléctrica que podría convertirse en la cura para los accidentes cerebro vasculares. 

Además de un impulso masivo hacia la innovación, en Israel tienen otro rasgo idiosincrático que no es evidente y hasta parece contradictorio: son un país chico, encerrado en sí mismo, rodeado de desierto, con un idioma que nadie más entiende ni sabe leer y sin embargo no tiene una mentalidad insular y provinciana. Y en vez de procastinar en sus muros milenarios y su religión antiquísima, tienen una mirada optimista de futuro. Nosotros: una nación nueva, sin problemas reales de base, oscilamos entre el lamento, una inseguridad masoquista, y un instinto de resguardarnos. De no mirar más allá del alambrado. Cada emprendimiento de Israel, cada proyecto, se piensa desde el segundo cero con mirada global. “Israel es donde se puede respirar lo que significa tener un propósito, es un país que fomenta pensar en grande y es un grupo humano alineado a una causa común", reflexiona convencido Gastón Parisier, CEO y fundador de la empresa Bigbox, con quien viajé junto al equipo de su empresa. "Es un gran grupo humano alineado a una causa común, el propósito de la vida es vivir una vida con propósito y en ningún otro lugar yo siento eso con tal intensidad”.  

"Abandonar la mediocridad productiva"

De Israel me vine pensando, mientras veía la triste contradicción por la autopista Richieri, de casuchas miserables sobre el suelo más fértil del mundo, que nuestros debates económicos y políticos, aunque no nos demos cuenta, están oxidados y no nos llevan a ninguna parte. Mercado interno versus inversión extranjera. Integración comercial al mundo o Mercosur. Peronismo o antiperonismo. La verdadera salida para la Argentina, salida hacia el desarrollo me refiero, es: seamos inventores. Innovemos, fuerte, todos y en todo, desde el colegio hasta un productor de quesos de Tandil. Es una consigna sencilla y potente, pero incómoda. Porque ser un un país de innovadores como Israel requiere esforzarse. Y por esfuerzo no digo el mecánico y obvio, el de levantarse temprano todas las mañanas. Digo, como dice el libro Originals de Adam Grant, "abandonar la mediocridad productiva" para animarse a ser creativos.  
 

La empresa Vicentin me parece una excelente metáfora. Se dedica a comprar granos, a molerlos, y a venderlos como comida para los cerdos. Si nuestra economía se basa en el valor de un grano (no se me ocurre algo menos ambicioso y más retro como base de una economía, propio de las ideas de los fisiócratas del siglo XVIII), ¿de qué nos quejamos? ¿cómo pretendemos ser un país rico? Por eso, animarse a ser innovadores, en serio, es una consigna muy incómoda, impertinente para muchos sectores de la Argentina. Es mirarse al espejo. Decidir cambiar (qué fiaca, ¿no?). Desde ya que tenemos algunos emprendimientos que podrían haber surgido en Tel Aviv, como Satellogic y sus nano satélites, por mencionar uno evidente. Pero el facilismo conservador de no inventar atraviesa a todos los sectores económicos nacionales, desde el campo (sí, el campo, con todo respeto, innovar no es comprar un tractor O km) hasta una fábrica de mesas de plástico o estufas eléctricas del conurbano. Es tristísimo pero América Latina es, según Naciones Unidas, la única región en la que el número de solicitudes de patentes se redujo (pasamos de representar el 3,1% mundial, al 1,7%). En 2018, Argentina presentó 3.600 solicitudes de patentes. Israel, de seis a siete veces más. Con una población de 8,8 millones de personas y el tamaño de Tucumán.  
 

“En Israel tenemos la sensación de que no es sustentable vivir en sociedades tan desiguales, cuando el que tiene le da al que no tiene no lo consideramos un tema de conciencia sino de justicia. Si a eso le sumamos la osadía israelí que nosotros llamamos 'Chutzpah', con la buena educación teórica pero también práctica que en parte confiere el ejército obligatorio, nos aproximamos a entender las bases culturales que hacen a la innovación en Israel”, me cuenta Roni Kaplan, mi anfitrión en Israel. Roni, uruguayo de nacimiento, creó Conexión Israel, que es una empresa que lleva a delegaciones de empresas y gobiernos de América Latina a conocer (sumergirse) en el ecosistema de innovación y de negocios israelí. Le pregunto a Roni, quien conoce perfectamente Argentina y además está en contacto frecuente con organizaciones de nuestro país, si piensa que los argentinos podemos, en algún punto, aprehender el ADN de inventores de Israel, a lo que me responde: “ustedes, en los grupos profesionales que recibo, son tanto o más creativos que nosotros, en sus mentes hay una chispa muy potente, pero habría que sumarle un ecosistema más interconectado entre universidades, gobierno, fondos de capital de riesgo, incubadoras, start ups, y más inversión en investigación y desarrollo. Si eso sucede, Argentina debería ser uno de los lugares más prodigiosos para elaborar innovación disruptiva”.  
 

En Netafim, que es un lugar rarísimo donde los autos se comparten entre todos y las casas, incluso las de los gerentes y directores de la empresa no miden más de 100 metros cuadrados, conocimos a un personaje muy lindo: un señor de más de ochenta años, chaqueño, que vive en el Kibutz desde la década del sesenta. Con un carisma especial nos logró contar en una hora la historia de Israel, de Netafim, y cómo inventaron el riego por goteo. Le preguntamos: ¿qué siente cuando va al Chaco y ve tanta pobreza, en un paisaje mucho más fertil que el del desierto del Negev (allí está Netafim)? Empezó con una broma: "¡Es que nos fuimos los judíos!". Después se puso serio, achinó pensativo sus ojos azulados que vieron tanto, y aclaró que siente mucho cariño por Argentina: "no lo sé, es lamentable, pienso en mi provincia, con ese río enorme que tiene, podrían hacer tuberías, tantos cultivos, ser tan prósperos". Pero antes, cuando nos describió la paradoja de ser una comunidad socialista (un Kibutz) que a la vez es dueña de una multinacional y un enorme jugador de los agro-negocios, dijo algo que sí podría ser una lección puntual para nosotros: "nos dimos cuenta de que si no innovábamos, si no hacíamos bien las cosas, si no creábamos esta empresa, nos moríamos de hambre". 
 

Mediocridad productiva o innovación. Ese es nuestro nudo gordiano. Esa es la verdadera grieta que tendríamos que asumir. Para saltarla de una vez por todas, como en el país de Jesús, Golda Meir, y Daniel Barenboim.