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Qué son las Cronociudades, cómo funcionan y por qué Latinoamérica podría ser el mejor lugar para desarrollarlas

Laura Marajofsky

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El sueño insuficiente cuesta hasta un 3% del PBI en pérdida de productividad y salud. Desde la experiencia en Alemania hasta el potencial en la región, cómo este concepto busca revolucionar la eficiencia laboral y el diseño urbano sin frenar la economía.

31 Julio de 2026 09.00

Hace apenas 25 años casi nadie hablaba de ritmos circadianos —en referencia al reloj biológico interno que nos regula. Sin embargo, hoy sabemos no solo que cada persona funciona de manera diferente según su cronotipo (hay personas “alondra” y personas “búho”), sino que ajustar los ritmos de vida a esa bioindividualidad trae beneficios no solo para el descanso, también para el estado de ánimo, la productividad y el funcionamiento general.  Actualmente la población adulta que duerme menos de 7 horas por noche presenta un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, obesidad y diabetes, y una hora adicional de sueño semanal se asocia con un aumento de 1,6 puntos porcentuales en la probabilidad de empleo y un incremento del 3,4% de los ingresos semanales.

Es por ello que especialistas y científicos del sueño están mirando cada vez más de cerca los hábitos individuales, las actividades regladas por la sociedad y las políticas públicas para pensar si es posible organizar toda una ciudad para que funcione según los ritmos naturales de su población. Así, algunos experimentos incipientes en el campo de las cronociudades, como Bad Kissingen (Alemania), muestran resultados alentadores, así como también plantean que las ciudades en Latinoamérica representan una oportunidad única para pensar el planeamiento urbano en base al cronotipo individual.

Mientras que uno de los impulsores del concepto a nivel internacional es el economista alemán Michael Wieden, localmente alguien que viene investigando hace años el impacto del cronotipo en nuestra rutina cotidiana es Diego Golombek, biólogo, investigador del Conicet y Profesor UdeSA y Universidad Nacional de Quilmes. Durante junio, la Time Use Initiative, una ONG global cuyo objetivo principal es fomentar el debate público sobre cómo organizamos nuestro tiempo, realizó una serie de ponencias sobre “Cronociudades para un Futuro Sostenible” del que participaron tanto Wieden como Golombek entre otros especialistas. En esta entrevista con Marta Junqué Surià, directora de la Time Use Initiative, y Ariadna Güell Sans, subdirectora, explican el concepto.

¿La privación del sueño es un subproducto perjudicial de la vida urbana moderna?

Junqué Surià: Muchas de las dinámicas que organizan nuestras ciudades terminan empujándonos a dormir menos y peor, incluso cuando no somos plenamente conscientes de ello. Por un lado, la organización de nuestros horarios laborales, habitualmente extensos, de cuidados y de movilidad suelen dejar nuestro tiempo de ocio para el final del día, cuando abusamos del ocio ante pantallas porque no tenemos fuerza para hacer nada más (lo que afecta a nuestro sueño) o realizamos actividad física muy tardía (lo que impide que nuestro cuerpo vaya “apagándose” de forma natural). Por otro lado, nuestras ciudades funcionan 24/7, con luz y ruido a todas horas, y no solo por la iluminación necesaria de las calles, sino en escaparates, letreros, etc. Esto afecta a nuestro descanso, ya que frecuentemente estas luces apuntan directamente a nuestros pisos y habitaciones sin ningún control, así como se planifican actividades ruidosas en tiempo de descanso, como la recogida de basura.

cronociudades. Crédito: Wikipedia.
Algunos experimentos incipientes en el campo de las cronociudades, como Bad Kissingen (Alemania), muestran resultados alentadores. Crédito: Wikipedia.

Güell Sans: Podemos decir que la iluminación artificial, los horarios laborales extensos, los desplazamientos largos, el uso intensivo de pantallas, el ruido nocturno y la oferta constante de ocio retrasan la hora de acostarse y dificultan un descanso adecuado. El problema es en parte (crono)biológico: nuestro organismo sigue funcionando según ritmos que han evolucionado durante miles de años. Aunque la tecnología haya transformado nuestras rutinas, nuestros cuerpos continúan necesitando oscuridad para “apagarse” y regular sus funciones básicas; tiempo de sueño suficiente para recuperarse de las actividades del día. La consecuencia es una creciente desconexión entre el tiempo biológico y el tiempo social, lo que nos lleva a pensar este tema como una cuestión estructural del diseño de las ciudades. Desde la perspectiva de las cronociudades, el sueño deja de ser un asunto exclusivamente privado para convertirse en una cuestión de interés público y diseño urbano.

¿Cómo definirían una cronociudad?

Junqué Surià: Una cronociudad incorpora la dimensión del tiempo en la planificación urbana y en las políticas públicas para adaptarlas mejor a los ritmos biológicos y sociales de las personas. Nuestras ciudades acostumbran a estar pensadas únicamente desde el espacio: dónde ubicamos viviendas, equipamientos, zonas verdes o infraestructuras. Las cronociudades añaden una pregunta complementaria: ¿en qué momento del día ocurren las cosas y cómo afectan esos horarios a la salud, la igualdad y la calidad de vida de la ciudadanía?

Güell Sans: La idea parte de una evidencia sencilla, pero a menudo ignorada: las personas no funcionamos igual a todas las horas del día. Nuestros cuerpos son como “relojes ambulantes” que cuentan con un sistema biológico que regula el sueño, la producción hormonal, la temperatura corporal o nuestro rendimiento cognitivo. Cuando la organización social entra en conflicto con estos ritmos, aparece lo que la cronobiología denomina jet lag social, una desalineación entre el tiempo biológico y el tiempo social.

Junqué Surià: Por eso una cronociudad busca que un territorio funcione de una manera más respetuosa con las personas. Esto puede traducirse en cuestiones aparentemente pequeñas, pero con gran impacto: una iluminación nocturna menos intrusiva y con tonalidades más cálidas, una mejor regulación del ruido durante las horas de descanso, horarios de servicios públicos más coherentes con los ritmos de la población o la incorporación de criterios cronobiológicos en ámbitos como la educación, la salud o el urbanismo. No se trata de hacer ciudades más lentas ni de detener la actividad económica, sino de organizarlas de forma más inteligente. Una cronociudad es, en definitiva, una ciudad que reconoce que el tiempo es un recurso colectivo, que el descanso es una condición para la salud y que respetar los ritmos humanos puede contribuir simultáneamente a mejorar el bienestar, la productividad, la igualdad y la sostenibilidad.

cronociudades. Crédito: Imagen generada con IA.
Una cronociudad incorpora la dimensión del tiempo en la planificación urbana y en las políticas públicas para adaptarlas mejor a los ritmos biológicos y sociales de las personas. Crédito: Imagen generada con IA.

¿Cuáles son algunas de las cosas que se implementaron en Bad Kissingen donde se puso en práctica esto de alinear los ritmos naturales y humanos a los de las ciudades?

Güell Sans: El caso de Bad Kissingen, en Alemania, es una de las primeras experiencias que intenta aplicar la cronobiología de manera integral a la planificación urbana y a los servicios públicos. Su innovación incorpora aspectos como una iluminación más inteligente y adaptada a la ciudad, pero va más allá y piensa los servicios públicos desde una óptica cronobiológica. La idea de fondo es sencilla: si sabemos que nuestro rendimiento, nuestra capacidad de aprendizaje o nuestra necesidad de descanso cambian a lo largo del día, ¿por qué seguimos organizando escuelas, trabajos y servicios públicos como si todas las personas funcionáramos igual a cualquier hora? Por eso, algunas de las medidas más interesantes del piloto se centraron precisamente en los horarios, como adaptar los horarios educativos a los ritmos biológicos de adolescentes y jóvenes, ya que muchos tienen mayores dificultades para dormirse temprano y, por tanto, también para rendir académicamente a primera hora de la mañana. Asimismo, el proyecto trabajó con empresas y organizaciones para analizar cómo adaptar determinadas tareas laborales a las horas de mayor rendimiento y concentración, reconociendo que no todas las actividades requieren las mismas capacidades cognitivas ni todas las personas alcanzan sus máximos niveles de atención al mismo tiempo. El objetivo era avanzar hacia entornos laborales más saludables y productivos, reduciendo la fatiga y mejorando el bienestar de las personas trabajadoras.

Junqué Surià: Otro ámbito importante fue el de la salud y el bienestar. Bad Kissingen, que además cuenta con una larga tradición como ciudad termal y de salud, incorporó actividades de sensibilización sobre la importancia de los ritmos circadianos, el sueño y la exposición adecuada a la luz natural. La intención era ayudar a la ciudadanía a comprender mejor cómo pequeños cambios en los hábitos diarios pueden tener efectos significativos sobre la salud.

¿Pueden compartir algunas conclusiones de la experiencia?

Junqué Surià: Como estamos todavía ante un campo relativamente nuevo, uno de los retos es precisamente disponer de más datos de evaluación de políticas concretas que se hayan implementado durante un largo periodo de tiempo. Sin embargo, sí podemos ver datos asociados a estudios generales sobre la privación de sueño, que demuestran la necesidad de desarrollar el concepto de cronociudad, por ejemplo, se sabe que los costos asociados al sueño insuficiente pueden representar entre el 1% y el 3% del PIB de los países desarrollados, debido a una combinación de menor productividad, mayor absentismo, más accidentes laborales y mayores costos sanitarios.

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La idea de fondo es sencilla: si sabemos que nuestro rendimiento, nuestra capacidad de aprendizaje o nuestra necesidad de descanso cambian a lo largo del día, ¿por qué seguimos organizando escuelas, trabajos y servicios públicos como si todas las personas funcionáramos igual a cualquier hora? Crédito: Archivo Forbes.

Güell Sans: También sabemos que los horarios sociales actuales favorecen principalmente a entre un 20% y un 30% de la población. Esto significa que una mayoría de ciudadanos vive con cierto nivel de desajuste entre su reloj biológico y las exigencias de la escuela, el trabajo o los servicios públicos. Lo mismo con la hora de inicio de las clases en adolescentes, retrasarla mejora el rendimiento académico, la atención en el aula y la duración del sueño. Por último la adaptación de la iluminación nocturna mediante luces más cálidas y menos intensas permite una doble ganancia: favorece el descanso de las personas y reduce el consumo energético municipal.

Desde este campo de investigación se piensa a las ciudades de LATAM como los lugares más factibles por sus características culturales para experimentar con crono ciudades. ¿Pueden contarme más de esto y qué es el leapfrogging?

Junqué Surià: Las ciudades y territorios de América Latina son ya un laboratorio de innovación para muchas políticas públicas; en el caso de las cronociudades, es de interés porque los problemas de tiempo son especialmente visibles en la región: desplazamientos largos, desigualdades en el acceso al tiempo, dificultades para conciliar trabajo y cuidados, horarios laborales extensos y una elevada exposición a fenómenos como las olas de calor, que afectan directamente al descanso y la salud. Es aquí donde encontramos la aplicación de este concepto de leapfrogging, o "salto de etapas".

Güell Sans: La idea, propuesta por los estudios de desarrollo, es que una región puede aprovechar conocimiento ya disponible para evitar modelos que han demostrado tener limitaciones y avanzar directamente hacia soluciones con mayor potencial de transformación del bienestar. Por ejemplo, ya sabemos que cambiar los horarios de entrada y salida laboral favorece la productividad de las personas trabajadoras, o que los y las adolescentes funcionan mejor en horarios tardíos.

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Los horarios sociales actuales favorecen principalmente a entre un 20% y un 30% de la población. Esto significa que una mayoría de ciudadanos vive con cierto nivel de desajuste entre su reloj biológico y las exigencias de la escuela, el trabajo o los servicios públicos. Crédito: Archivo Forbes.

Además, como ambas especialistas explican, hay algunas características culturales de la región que plantean un terreno fértil: en muchos países latinoamericanos todavía hay una fuerte vida comunitaria y una convivencia en el espacio público que se presta para el debate sobre la mejora de la calidad de vida urbana. “Mientras que Europa está invirtiendo sus recursos en mantener y transformar sistemas y modelos heredados, en vez de construir nuevos, Latinoamérica representa una gran oportunidad como continente más joven para repensar el desarrollo urbano”, explica Wieden.

¿Otros ejemplos de ciudades actuales en las que puede observarse este proceso acelerado de crecimiento e innovación? Desde Shenzen en China, donde se observa lo que Wieden denomina Extreme industrial leapfrogging, a  Tallin en Estonia (Extreme digital leapfrogging) o Songdo en Corea del Sur (Extreme SmartCity leapfrogging). “Es posible que las sociedades que definan el futuro no sean aquellas que se desarrollaron primero, sino las que tengan la oportunidad única de construir sin la carga de limitaciones heredadas”, cierra Wieden.

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