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Forbes Argentina
12 Mayo de 2026 18.22

Monica Hunter-Hart

Levantaron US$ 100 millones para revolucionar el negocio de los barcos autónomos

Paul Lwin, director ejecutivo y cofundador de Havoc, es un ex oficial de vuelo d
Foto: Havoc AI
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El interés por las embarcaciones dron crece con fuerza a medida que la crisis en el Estrecho de Ormuz se extiende. Havoc, que acaba de levantar US$ 100 millones en una ronda de financiamiento, afirma que cuenta con la tecnología necesaria para ese reto, pero soporta la presión de rivales de mayor escala, como Anduril y Saronic.

En una jornada nublada de abril, en plena bahía de Narragansett, en Rhode Island, Paul Lwin parece estar jugando a un videojuego retro. Inclinado sobre una laptop, en la cubierta de la sobria embarcación con la que salió al agua, observa pequeños íconos de barcos en la pantalla, marca un recuadro sobre ellos, define algunos parámetros y hace clic en “iniciar juego”. Segundos más tarde, un grupo de embarcaciones sin conductor, a 1,6 kilómetros de distancia, comienza a avanzar por la bahía en paralelo a esos íconos, que dejan brillantes líneas azules sobre la pantalla. Lwin sonríe de oreja a oreja.

Cada embarcación autónoma es una Rampage, el modelo insignia de 4,3 metros de Havoc, la compañía de Paul Lwin con base en Providence. La firma equipa sus naves con una tecnología que, en teoría, permitiría que una sola persona controlara miles de ellas simultáneamente. Lwin, de 40 años, y su cofundador, Joe Turner, de 42, ambos veteranos de la Marina estadounidense, quieren convertir a la empresa en el fabricante de referencia del Ejército de EE.UU. de software especializado para embarcaciones no tripuladas y otros dominios, tras comprar hace poco dos pequeñas startups de drones aéreos y terrestres.

"El objetivo es asegurarnos de que no necesites saber nada sobre robótica o autonomía", explica Lwin, mientras vuelve a hacer los mismos pasos en la laptop. "Si no es así de simple, es un experimento científico. Los operadores, en especial los combatientes que no tienen doctorados en robótica ni doctorados en algoritmos de búsqueda, nunca lo van a usar si es más difícil que esto", agrega.

Lwin pertenece al grupo de ejecutivos que apuestan por una premisa simple. Ver ayuda a convencer. Como CEO, dedica buena parte de su agenda a realizar demostraciones ante posibles inversores y clientes. Incluso las lleva a integrantes del Congreso de EE.UU. durante viajes de lobby, en los que exhibe las embarcaciones de Havoc mediante una transmisión en vivo. La táctica funciona. El lunes pasado, la compañía cerró una ronda Serie A por US$ 100 millones, encabezada por las firmas de inversión Cobalt y Boardman Bay. Con esa operación, su financiamiento total llegó a casi US$ 200 millones y la ubicó entre los jugadores mejor capitalizados de la disputada categoría de embarcaciones dron, pese a tener menos de dos años y medio de actividad.

Havoc enfrenta rivales de peso. El nombre más potente en embarcaciones autónomas es Saronic, una startup de tres años y medio que recaudó US$ 1750 millones en marzo con una valuación enorme de US$ 9250 millones. Lwin no informa la valuación de Havoc, aunque reconoce que la estimación de US$ 784 millones de PitchBook está cerca y es "apenas un poco alta". De todos modos, Havoc venció a Saronic el año pasado en xTechPacific, una competencia de innovación del Ejército.

Las compañías apuntan a zonas distintas del mercado. Saronic fabrica sus propias embarcaciones y busca reconstruir la base industrial naval de EE.UU. Havoc, en cambio, no los produce. Los compra o los encarga a terceros, y después los equipa con su principal apuesta, el software. Con ese modelo, Lwin evita "reinventar cosas que no necesito reinventar", en una industria naval famosa por sus costos elevados y sus plazos lentos. Por eso, afirma, "somos realmente la única compañía marítima centrada en software". Según explica, el Ejército todavía se adapta a la idea de comprar tecnología sin hardware, por lo que Havoc, por ahora, debe vender ambos componentes juntos.

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Lwin afirma que Havoc podría ayudar a asegurar el estrecho de Ormuz ahora mismo. "Tenemos probablemente el 80% del software necesario para ello; el 20% restante tendríamos que desarrollarlo nosotros mismos". Para cada nueva misión, "se realizan ajustes, algunos cambios menores, pero la base está lista. No hay nada que tengamos que reescribir desde cero". (Foto: Havoc AI).

La tecnología de Havoc se basa en una serie de algoritmos de planificación de rutas y toma de decisiones que se ejecutan en una GPU, alojada en una caja metálica instalada en cada embarcación. Las cámaras y los sensores analizan el área cercana y envían datos a esos modelos. Sus barcos suelen operar en enjambres y cuentan con radios y antenas Starlink.

"Puedo tomar cualquier barco que tengan las Fuerzas Armadas de EE.UU. y convertirlo en una embarcación autónoma", dice Lwin. "Desacoplamos motores y actuadores específicos. Construimos todo en módulos. Si me das un motor cualquiera, probablemente nos llevaría dos semanas resolver cómo conectarlo", expresa.

La estrategia de Havoc parece ponerla en competencia con otras empresas de defensa con base tecnológica, entre ellas la gigante Anduril, que según trascendió, busca levantar capital con una valuación de US$ 60.000 millones. La tesis optimista para Havoc no pasa por reemplazar a Lattice, la plataforma de Anduril que conecta los sistemas y flujos de datos dispersos de las Fuerzas Armadas, reúne todo en una imagen operativa central y suma análisis de IA, ya integrada en cientos de sistemas del aparato militar de Estados Unidos. Más bien, Havoc tendrá éxito si puede demostrar que es la mejor en su especialidad: el comando de drones autónomos. Su software, entonces, podría integrarse como una capa dentro de otros sistemas y en torno a ellos, entre ellos Lattice.

Havoc todavía no vendió su software a las Fuerzas Armadas de EE.UU. como producto independiente. Aun así, ya entregó 32 embarcaciones dron, algunas bajo alquiler y otras vendidas. También incorporó drones aéreos. La 1.ª División de Caballería del Ejército se entrena actualmente con drones de cuatro rotores de Havoc. Hasta ahora, los comentarios de los soldados sobre la compañía fueron positivos, según un alto funcionario del Ejército. Y como esas devoluciones ayudan a definir qué productos podrían entrar en futuros contratos, que Havoc obtenga esos acuerdos aparece como una "alta posibilidad".

"Es una plataforma muy fácil de usar", explica el funcionario. Y agrega que "eso es clave, porque tenemos toda esta tecnología disponible. Hay muchísimos sistemas únicos. Incluso nuestros sistemas heredados son muy complicados. Necesitamos que un soldado pueda tomarlo y usarlo como un iPhone". En relación con Lattice, de Anduril, advierte que "es un poco más complicada".

La competencia por las embarcaciones dron acaba de dar sus primeros pasos. No existen registros públicos de embarcaciones autónomas de superficie utilizadas en combate, aunque en Ucrania sí se usan barcos teledirigidos. Havoc acumula más de 20.000 horas de pruebas, pero las simulaciones tienen límites. Sus mayores ensayos hasta ahora reunieron 25 barcos en simultáneo. Saronic superó los 30 y Anduril pasó los 50. Havoc prevé probar 50 embarcaciones al mismo tiempo este verano.

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Un usuario de Havoc "ejecutando una jugada". Además de su tecnología de autonomía, Havoc utiliza un controlador de código abierto que rige la dirección y la velocidad de sus embarcaciones. (Foto: Havoc AI).

Sin embargo, la expectativa del sector avanza al mismo ritmo que la competencia. La inversión en tecnología de defensa tomó velocidad en los últimos años debido a la guerra en Ucrania, al mayor interés del Pentágono en desarrollos comerciales y a presupuestos militares más altos. Después, la guerra en Irán expuso las brechas en la capacidad naval de EE.UU. Tras el inicio del conflicto, la ronda de financiación mediana para las compañías aeroespaciales de defensa estadounidenses alcanzó US$ 20 millones, según PitchBook, frente a US$ 5 millones en los 12 meses anteriores. Las embarcaciones no tripuladas concentran fuerte interés porque no llevan personal a bordo, mantienen a los soldados estadounidenses lejos de la zona de riesgo y suelen estar preparadas para misiones diversas, como remoción de minas, vigilancia, escolta y combate, tareas que podrían ganar relevancia ante la tensión en el Estrecho de Ormuz. Havoc afirma que tiene 55 embarcaciones listas para enviar ahora a ese paso marítimo.

“Para todo el sector de nuevos actores que ingresan a la industria de fabricación de drones, esto es muy bueno para sus modelos financieros”, señaló Rockford Weitz, profesor de estudios marítimos en la Fletcher School de Tufts. “Lo que esto muestra es una gran validación de su caso de negocio: que muchos aspectos del futuro de la guerra naval involucran sistemas autónomos sofisticados”, agregó.

Brad Harrison, de Scout Ventures, el mayor accionista de Havoc por fuera de sus fundadores, sumó que “el desafío del Estrecho de Ormuz es bueno para Havoc a largo plazo, porque podrá aportar tecnología para ayudar a crear rutas marítimas seguras. Y creo que, más que nunca, eso será una enorme prioridad global”.

Lwin dijo que varios países del Golfo enviaron consultas desde que empezó el conflicto. También surgen oportunidades avanzadas en otros focos geopolíticos, como la guerra en Ucrania y la amenaza latente de una invasión china a Taiwán.

Para Lwin, la amenaza sobre Taiwán toca una fibra mucho más personal. Creció en Birmania a fines de la década de 1980, cuando el país sufría una represión feroz tras las protestas contra el régimen militar, y huyó a Estados Unidos con su familia a los 10 años. El respaldo de China al gobierno birmano, con apoyo político y venta de armas, mientras EE.UU. acompañaba a los movimientos prodemocracia, le dejó una marca profunda. “China es la razón por la que Birmania está tan mal”, afirmó. “Sé quién es el enemigo”, completó.

El gobierno chino sancionó a Havoc en diciembre de 2024 y abril de 2025. Lwin cree que la decisión llegó después de sus declaraciones públicas sobre su intención de fortalecer las defensas de Taiwán. Hace unas semanas, el ejército estadounidense utilizó algunas embarcaciones de Havoc durante Balikatan, el ejercicio anual con fuerzas aliadas en Filipinas, leído como una demostración de poder en una zona sensible para China. Lwin aspira a que Havoc tenga un rol central para frenar la expansión de Beijing en el mar de China Meridional.

“Afecta a Estados Unidos, pero pensá también en Vietnam, Camboya y todos esos países de la periferia. Ellos nos piden ayuda, específicamente a Havoc. Tenemos relaciones con ellos”, dijo. Al repasar su infancia, Lwin vinculó esa historia personal con el impulso detrás de Havoc. “Sí, creo que eso es lo que lo impulsa. Vi de primera mano lo que el otro lado quiere hacer”, agregó.

La embajada de Estados Unidos en Birmania ayudó a Lwin a salir del país en secreto en 1995. Él, su madre y sus dos hermanos viajaron para reencontrarse con su padre, que escapó cinco años antes. El primer estadounidense que vio en su vida fue un infante de Marina de la embajada, una escena que más tarde pesó en su decisión de sumarse al ejército de EE.UU. “Cuando sos chico, eso te queda grabado”, dijo. Lwin recibió la ciudadanía estadounidense en 2000.

La llegada de su familia a California fue austera desde lo económico. Su padre trabajaba como camionero y su madre, como asistente de enfermería. En ese contexto, Lwin encontró una vía poco habitual para sumar ingresos. Durante el tercer año del secundario, el auge de NetZero lo impulsó, junto con su hermano, a crear “Freest”, un servicio de reventa de internet con acceso telefónico gratuito financiado con publicidad paga. A los seis meses, ya facturaban entre US$ 4000 y US$ 5000 por mes, con más de 100 clientes, y buscaban crecer todavía más. Entonces, los hermanos llevaron el proyecto a un banco para obtener financiamiento. “Estaban muy interesados”, dijo Lwin, entre risas. 

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Lwin dice que "el hecho de que seamos buenos amigos" ayudó a que él y Turner hicieran funcionar Havoc sin sobresaltos. (Foto: Havoc AI).

Lwin se licenció en la Academia Naval, donde su entonces profesor Andrew Roy, hoy ejecutivo de Havoc, lo recuerda como un “gran” estudiante, con “mente de ingeniero”, pese a sus dificultades para llevar la camisa dentro del pantalón o mantener ordenado su cuarto. Después, pasó 11 años en la Marina estadounidense, incluidos dos en el golfo Pérsico. Fue oficial de vuelo y recibió tres medallas aéreas por combate.

La esposa de Lwin lo conectó con Joe Turner, cofundador y director de operaciones de Havoc. Ambos se conocieron de chicos en Connecticut y crecieron juntos, aunque Turner también pasó buena parte de su infancia en distintos países por el trabajo de su padre en la industria de servicios petroleros. Como Lwin, es veterano de la Marina y tiene una veta emprendedora de larga data. En 2016, fundó junto con su padre Exocetus, una compañía de vehículos submarinos que cerró en 2023, pero le dejó aprendizajes que después llevó a Havoc.

Turner fue directo al recordar esa experiencia. “Avanzamos lento”, dijo. “Nos enfocamos en construir este vehículo realmente a medida, perfecto, y no en el software ni en el desarrollo de mercado. Tratábamos de construir algo perfecto sin siquiera saber si el mercado lo quería”, agregó.

En Havoc, el mercado marcó el rumbo desde el primer día. A fines de 2023, Lwin y Turner ocupaban cargos senior y de asesoría en REGENT, fabricante de seagliders eléctricos ,una suerte de embarcaciones eléctricas de alta velocidad que vuelan a baja altura sobre el agua, cuando escucharon a Heidi Shyu, entonces subsecretaria de Defensa, durante una conferencia. Shyu detalló el plan “Hellscape” del Pentágono, que contemplaba enviar una ola de drones al Estrecho de Taiwán ante una eventual invasión china. También les pidió a los presentes compañías capaces de fabricar esas embarcaciones y programarlas para que actuaran en conjunto, como un enjambre.

“Joe y yo dijimos: 'Hagámoslo'”, recordó Lwin. La idea no partía de cero. Ambos ya habían probado embarcaciones no tripuladas en su tiempo libre. La guerra en Ucrania les mostró que “se podían tomar productos comerciales y convertir cualquier cosa en un robot complejo”, y ese aprendizaje aceleró sus ensayos. Los fines de semana, en el garaje de Lwin, armaban drones con canoas, gomones y componentes comprados en Amazon y otros sitios comerciales. Lwin escribió el código en Python. Las pruebas llegaron después, en la casa del lago de los padres de Turner.

Después del discurso de Shyu, Lwin y Turner dejaron sus empleos y fundaron Havoc en enero de 2024. Sus embarcaciones cambiaron mucho desde aquellos primeros ensayos en los que unían dos canoas con tablones de madera dentro de un garaje, pero los ocho modelos de la compañía todavía están lejos de buscar impacto visual. Producidos por siete astilleros en Estados Unidos, fueron diseñados para ser simples, baratos y, sobre todo, descartables.

“El barco no importa”, dijo Lwin. “El software es la pieza sofisticada acá”, agregó. El precio explica buena parte del atractivo. Los Rampage cuestan US$ 200.000 con el software incluido, mientras que la Marina destinó históricamente cientos de millones o miles de millones a buques “exquisitos”, con tecnología avanzada. “¿A quién le importa si hacen estallar un barco de US$ 200.000?”, dijo Lwin. “¡Bien! ¡Gastaron misiles!”, remarcó.

Aun así, Havoc enfrenta un riesgo concreto. Un actor de mayor escala, como Anduril, podría quitarle relevancia si Lattice, ya utilizado con mucha más amplitud dentro del ejército, prueba que puede replicar las especialidades de Havoc.

La mayoría de las startups de embarcaciones no tripuladas que buscan entrar al Pentágono sigue una lógica parecida: apuestan a capturar un nicho propio. “El escenario bajista para Havoc”, dijo Tobias Stapleton, experto en tecnología marítima, “es que, al final, en lugar de necesitar 10 soluciones distintas, la Marina descubra que solo necesita dos o tres. Entonces habrá cierto desgaste y una depuración en la industria”, agregó.

Howard Morgan, inversor de Havoc, presidente y socio general de B Capital, no ve con tanta inquietud la posibilidad de que Anduril avance sobre el espacio de Lwin. “Por lo general, en estas cosas es más fácil escalar hacia arriba que hacia abajo”, explicó.

Para Morgan, la apuesta de Havoc por la simplicidad puede llegar en el momento adecuado, con un Pentágono cansado de destinar grandes sumas a hardware ultracarro, complejo y con entregas que demoran años, mientras vira hacia alternativas de bajo costo. “Un almirante le dijo una vez a un colega mío: 'Queremos comprar Hondas, no Bentleys'”, recordó Morgan. “‘Y queremos comprar muchos’”, agregó.

*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.

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