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El petróleo cedió ante las señales diplomáticas, pero conserva una elevada prima de guerra, mientras la deuda francesa tensiona Europa

Federico VacalebreProfesor de la Universidad del CEMA

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7 Noviembre de 2026 13.00

El mercado energético ofreció en los últimos días un respiro de una magnitud mucho mayor a la que se esperaba. El precio del barril de Brent pasó de 117,6 dólares al cierre de octubre a 94,6 dólares el 4 de noviembre, una caída cercana al 19,6%. Sólo en esa última jornada retrocedió un 8,7%, aunque durante el 5 de noviembre recuperó parcialmente terreno y volvió a negociarse cerca de los 97 dólares. El movimiento reflejó una fuerte reducción de la prima de guerra, impulsada por las expectativas de que el resultado de las elecciones legislativas estadounidenses aumente la presión política para buscar una salida negociada al conflicto con Irán. Esa posibilidad, sin embargo, todavía dista de constituir un acuerdo.

La recuperación de los flujos de petróleo desde Medio Oriente contribuyó a moderar las cotizaciones, aunque sería prematuro hablar de una normalización completa de la oferta. Según datos de seguimiento de embarques de Vortexa, las exportaciones del Golfo de crudo, condensados y productos refinados, sin contar el gas licuado de petróleo, promediaron 17,1 millones de barriles diarios en octubre, frente a 18,9 millones en septiembre, y permanecieron cerca de una cuarta parte por debajo de los niveles anteriores a la guerra. El tránsito de crudo por el estrecho de Ormuz se recuperó de manera importante, pero a costos logísticos más elevados. El riesgo sigue siendo que nuevos ataques o restricciones al transporte vuelvan a interrumpir el abastecimiento.

Pese a la corrección reciente, el panorama energético de 2026 sigue mostrando las marcas del shock. Aun después del derrumbe del 4 de noviembre, el Brent cotizaba alrededor de un 30% por encima del nivel observado inmediatamente antes del comienzo de la guerra, a fines de febrero. El gas europeo y los combustibles también sufrieron fuertes presiones durante el conflicto. El alivio petrolero reduce, por ahora, uno de los principales riesgos para la desinflación global, pero no lo elimina: una nueva escalada en Medio Oriente podría reactivar rápidamente los precios de la energía y complicar las decisiones de los bancos centrales.

Un rasgo llamativo de este episodio fue el comportamiento cambiante del oro. Durante buena parte del conflicto, el metal precioso no respondió como refugio tradicional y llegó a caer a pesar de la incertidumbre geopolítica, mientras los inversores privilegiaban en distintos momentos al dólar, a los bonos del Tesoro estadounidense y a otros activos defensivos. Sin embargo, esa tendencia comenzó a revertirse: el 4 de noviembre el oro subió alrededor de un 3,4% y recuperó el umbral de los 4.000 dólares por onza, favorecido por la debilidad del dólar y la baja de los rendimientos. La experiencia muestra que la búsqueda de protección no tiene un destino único y depende también de las expectativas sobre tasas de interés y liquidez. 

La tensión energética se superpuso, además, con un problema de naturaleza fiscal que golpeó a una de las economías más grandes de Europa. En Francia, las dudas sobre la sostenibilidad de la deuda pública y la dificultad política para corregir el déficit impulsaron el diferencial entre el bono soberano a diez años y su equivalente alemán. Esa prima alcanzó cerca de 178 puntos básicos el 22 de octubre, su mayor nivel desde 2011, antes de retroceder hasta alrededor de 156 puntos al cierre del 4 de noviembre. La mejora reciente no borra la señal de advertencia: el mercado sigue exigiendo una compensación elevada para financiar al Estado francés.

Detrás de esas tensiones subyace una vulnerabilidad fiscal que explica buena parte de la desconfianza de los inversores. El Ministerio de Economía francés proyecta que la deuda pública llegue al 119,3% del producto en 2026 y continúe aumentando en 2027, mientras la fragmentación política y la conflictividad social dificultan una consolidación presupuestaria sostenida. A fines de octubre, Fitch mantuvo la calificación soberana en A+, pero revisó su perspectiva de estable a negativa. El deterioro de las condiciones de financiamiento, sumado a un crecimiento débil, vuelve más costosa la corrección de los desequilibrios y amplifica la sensibilidad del país a nuevos shocks externos.

El episodio francés encierra una enseñanza más general sobre el funcionamiento de los mercados de deuda soberana. El Banco Central Europeo no puede financiar directamente los déficits de los gobiernos, aunque sí dispone de instrumentos, como el mecanismo de protección de la transmisión monetaria, para enfrentar episodios de fragmentación financiera injustificada y bajo condiciones específicas. Esa capacidad de intervención no equivale a garantizar cualquier nivel de rendimiento ni a neutralizar los riesgos derivados de los fundamentos fiscales. Francia constituye así una prueba relevante para el funcionamiento del mercado de deuda de la eurozona en un contexto de tasas altas y creciente sensibilidad al riesgo soberano.

El balance de este cuadro internacional deja un escenario donde conviven señales de alivio y focos persistentes de riesgo. La fuerte baja del petróleo reduce las presiones inflacionarias inmediatas, pero las negociaciones con Irán siguen abiertas y los flujos energéticos aún están expuestos a interrupciones. Al mismo tiempo, la oscilación del oro y de los bonos muestra que los refugios financieros responden a fuerzas cambiantes, mientras la fragilidad fiscal francesa conserva el potencial de transmitir tensiones a Europa. Para las economías emergentes, y la Argentina entre ellas, esa combinación refuerza la importancia de recuperar credibilidad: aun cuando retroceda el petróleo, la aversión al riesgo y el costo del financiamiento internacional pueden mantenerse elevados.

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