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¿Cómo liderar al Will Smith que todos llevamos dentro?

Valentín Videla CEO de Crack Consulting

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06 Abril de 2022 09.50

Todos vimos lo que sucedió en la última entrega de los premios Oscar, probablemente serán de esas situaciones que quedarán en nuestra memoria permanente, nunca lo olvidaremos. Nuestra memoria episódica nos hace retener cosas, pero sobre todo recordaremos aquellas que están asociadas a una emoción, que cuanto más fuerte sea, más grabada quedará en nuestra memoria.

Hay muchísimo escrito acerca de la inteligencia emocional, y hemos visto cientos de ejemplos de cómo ejercerla ¿Pero porque no hablar de la torpeza emocional?

Seamos sinceros ¿cuántas veces estuvimos a una fracción de segundo de ser Will Smith?  Seguramente, lo vivimos en el trabajo, practicando un deporte, en una discusión familiar, en un bar, etcétera.

La razón es siempre más poderosa que la emoción, pues se basa en un proceso cerebral más evolucionado, pero tiene un talón de Aquiles: es lenta, necesita tiempo para triunfar. Por el contrario, la emoción es automática y rápida, evolucionó para responder a necesidades urgentes.

¿Qué le paso a Will Smith? Si no le damos tiempo a la razón, la emoción siempre gana, y es quien determina nuestro comportamiento y las decisiones que tomamos. Will no pudo darle el tiempo a la razón para procesar lo que sentía, saltó de su asiento, y le dio una épica bofetada al conductor Chris Rock, quien luego del shock actuó, paradójicamente, muy razonablemente.

Will Smith vs Chris Rock
Will Smith golpea a Chris Rock

Cuando hablamos de la trillada “inteligencia emocional” no es ni más ni menos que hablar de cómo desarrollar la capacidad de gestionar las emociones para no cometer “torpezas”, como la que espectacularmente, nos ofreció Will la semana pasada.

La parte emocional del cerebro tiene unos 200 millones de años, el cerebro racional por el contrario tiene 65 millones de año. Pero hay una corteza ventromedial que es el puente entre el cerebro emocional y el cerebro racional, que permite que la razón y la emoción se influyan mutuamente, negocien, coordinen y actúen balanceadamente.

Ser emocionalmente inteligente es cuando logramos que el cerebro racional interactúe con el cerebro emocional, y en esa negociación, acuerden actuar de cual o tal manera. 

La “torpeza emocional” es cuando la emoción anula a la razón. En ese estadio actuamos de forma primitiva ya que prevalecen las emociones (las mismas que teníamos hace 200 millones de años). Así fue como lo hizo Will Smith, se defendió de lo que interpretó como una amenaza o una agresión, pero lo hizo a los golpes, cual hombre de las cavernas contra un dinosaurio que olfateaba su cueva.

Las investigaciones indican que, a mayores niveles de estrés, mayor es la prevalencia del cerebro emocional sobre el racional, por esta razón es que muchas veces “perdemos la cabeza” (y actuamos con el corazón) en situaciones límite.

Will Smith en los Oscar
Will Smith en los Oscar.

Pero luego de pensar unos minutos, Will Smith subió a recibir su premio Oscar al mejor actor, y se arrepintió, en un discurso de más de cinco minutos. 

¿Por qué nos arrepentimos? Nos arrepentimos cuando la razón revisa lo ejecutado por la emoción y se da cuenta que no debería haber actuado de esa manera. Es una cuestión de timing. Quienes han desarrollado la capacidad de contar hasta diez antes de actuar, probablemente tengan menos escenas de arrepentimiento. Quienes no puedan generar esa pausa estarán, naturalmente, más expuestos. 

¿Pero siempre tendrá un resultado negativo actuar desde la emoción? Claro que no, en muchas ocasiones actuar desde la emoción es sano, es coherente y no nos expone. Si estamos sentados en un estadio de fútbol y nuestro equipo convierte un gol, saltaremos de nuestro asiento para celebrarlo, gritaremos, e incluso podemos abrazar a un desconocido. 

Este acto puramente emocional y primitivo improbablemente será juzgado negativamente por alguien, incluso muchos compartirán la misma emoción y actuarán de manera similar sin previa coordinación.

 ¿Qué es lo que cambia? Lo que cambia es el contexto donde ejercemos esa emoción. Imaginen esa misma situación si estuviésemos escuchando el partido de fútbol por radio en el tren. Sin dudas que al saltar en un grito quedaríamos ridículamente expuestos, e incluso podríamos ser sujetos de recibir el reclamo de algún pasajero sobre nuestra conducta.

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Cinco aprendizajes para liderar al Will Smith que todos llevamos dentro:

 

  1. “El que se calienta pierde”: Quien juzga la emoción de un tercero goza de la ventaja de no estar involucrado emocionalmente con la situación, ya que el tercero está actuando desde su cerebro racional. Esto genera una capacidad inagotable de argumentos para juzgar a quien sufrió una torpeza emocional. No hay manera de que una emoción le gane a la razón.
     
  2. “Más vale tarde que nunca”: Un arrepentimiento sincero, genuino y a tiempo mitiga, pero nunca repara lo hecho. Es correcto arrepentirse, pero sin tener la expectativa que todo será igual que antes.
     
  3. El contexto lo es todo”: Las emociones expresadas en el ámbito correcto son aceptadas, valoradas y incluso celebradas. La tristeza en un cementerio, bailar alocadamente en un recital, gritar en un estadio, incluso empujar sutilmente para subir a un tren abarrotado de pasajeros. La razón le da el contexto a la emoción.
     
  4. Hay lugares de los que no se vuelve”: La vida de Will Smith ya no será la misma, es un punto de inflexión profesional y personal. Subestimamos el costo que asumimos por liberar nuestras emociones de manera irracional.
     
  5. Exponerse siempre es un riesgo”: Hay miles de tiradores listos para disparar. A mayor exposición, mayor riesgo a ser alcanzado por un proyectil. La sociedad está ansiosa por opinar, juzgar y protagonizar vida de terceros, y si son famosos, aún más.

 

Paradójicamente, Will Smith gana un Oscar el mismo día que realiza su peor actuación. Un experto en generar emociones en otros no pudo con la suya propia, y se llevó puesto al Will Smith que supo ser, hasta esa fracción de segundo, en que su emoción le ganó a su razón.

 

*La columna fue escrita por Valentín Videla, CEO de Crack Consulting
 

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