En el corazón de Palermo, frente a Plaza Armenia, nació hace cinco años Overo, un bar de copas donde el vino se cruza con la tradición porteña del encuentro social. Concebido desde sus inicios como un espacio que rompe los límites entre bar, club y comunidad, Overo gira en torno al vino argentino como hecho cultural. Fundado a fines de 2020 por Daniel Rigueras y Pol Lykan, el proyecto se consolidó como un punto de encuentro tanto para apasionados del vino como para curiosos que buscan experiencias que vayan más allá de la copa.
Lejos de ser un bar de vinos convencional, Overo combina una carta cuidadosamente curada con 500 etiquetas exclusivamente nacionales —desde los extremos de la Patagonia hasta el norte argentino— y una serie de espacios pensados para la convivencia: una cava íntima, una sala de vinilos, un microcine y una terraza diseñada para largos atardeceres. Su modelo de negocio se apoya en dos pilares complementarios: el funcionamiento del bar y un club social de vinos por suscripción, que ofrece beneficios exclusivos, degustaciones y actividades orientadas a construir comunidad.

La propuesta siempre fue que la experiencia se viva con la misma naturalidad que un encuentro entre amigos, sin solemnidad ni rigideces. Desde sus inicios, Rigueras y Lykan imaginaron un espacio donde el vino argentino fuera el gran anfitrión, con una gastronomía de raciones y tapas pensadas para acompañar y no competir con cada elección, y donde cada visita conserve algo de ritual, de descubrimiento y de historia compartida.
Los secretos de Overo
Rigueras y Lykan hablan de consolidación más que de crecimiento explosivo, y eso se ve sobre todo en el club. “Los socios son súper leales. Hay gente desde antes de abrir y todavía están. Y también hay mucho cliente habitual del barrio, gente que pasa a tomar una copa antes de irse a su casa”, cuenta Daniel Rigueras.

Lykan suma otro punto: el equipo. “Tenemos un equipo muy lindo y estable. Y eso se nota: los socios ya conocen los nombres de todos. Se genera un vínculo emocional”. En un rubro con alta rotación, Overo busca diferenciarse. “Somos una mosca blanca”, dice Lykan. “Tratamos de generar buenas condiciones de trabajo, con horarios razonables. Yo he trabajado veinte horas por día, y era una locura. Acá cerramos temprano y eso también ayuda a tener vida”.
Esto va de la mano con la visión de Overo de poder sumarse a la comunidad de empresas B de Argentina. “Es nuestro deseo, aunque todavía no hay fecha ni realización de evaluación de impacto B para comenzar ese proceso, seguimos ejercitando en pequeñas cosas para llegar a ese día con un recorrido ya hecho”, agrega Daniel.
El aprendizaje del vino es otro incentivo. “Tenemos 500 etiquetas y unas 50 cepas, de Chubut a Jujuy. Todo nacional”, explica Rigueras. “Desde el día cero quisimos que Overo fuera el lugar para probar vino argentino”. La selección es estricta: todas las etiquetas se catan a ciegas, junto a la sommelier Ileana Osorio, sin compromisos comerciales. “Si entra algo nuevo, vemos qué sale. La idea es no superar las 500”.
¿Qué es Overo?
Cuando se les pregunta qué es exactamente Overo, la respuesta mezcla varias identidades. “En el cartel pusimos ‘bar de copas’. La idea era que se pueda tomar todo en copa, con flexibilidad. Es un bar de vinos, literalmente: no vendemos cervezas, ni gaseosas ni destilados. Cuidamos el vino y damos agua con y sin gas sin cargo para asegurarnos que nuestros clientes se hidraten correctamente”, dice Rigueras. Lykan refuerza el concepto: “Muchos lugares son restaurantes con vino. Acá lo principal es el vino. La comida acompaña. No hay vedettismo”.

En la cocina, Lykan insiste en la idea de acompañamiento. “Cocinar es dar. Si buscás el aplauso, cuando llega estás solo. Me pasó. Hoy me interesa otra cosa: algo rico y honesto”. La carta incluye raciones, charcutería, quesos y postres, en una propuesta simple en apariencia, pero exigente en la ejecución.
El plato más vendido es, paradójicamente, uno de los más simples: “En 2025 vendimos 16.000 empanadas solo en el bar”, cuenta Rigueras. “Lo simple es lo más complejo”, agrega Lykan. “Una empanada de cordero no la hace cualquiera. Yo ya no creo en el menú de 30 pasos ni en el relato eterno. La gente quiere pasarla bien, charlar, tomar vino y comer algo rico. Tiene que haber química entre el vino, la comida y la gente”.

El club sigue siendo el corazón del proyecto. Cada mes los socios reciben una caja curada con tres o seis botellas y tienen acceso a actividades exclusivas. “El objetivo es llegar a 500 socios y cortar ahí, para que el club funcione bien”, explica Rigueras. “Tienen uso de la cava, del cine, de la sala de vinilos, prioridad en eventos. Y lo más lindo es que se generaron grupos de amigos. Se conocieron acá, se van de vacaciones juntos… hubo hasta casamientos entre socios”.
De la actualidad al futuro
Sobre la caída del consumo de vino, Rigueras reconoce el fenómeno, pero con matices. “Nosotros le hablamos a un público que ya toma vino. Aunque crecimos, seguimos siendo una burbuja. Pero tenemos vínculo con las bodegas y lo vemos: a las grandes les cuesta más, y algunas chicas crecen. Es una combinación. Igual, la parte lúdica del vino sigue intacta. La gente viene, prueba cosas, la pasa bien”.

Sobre la situación del sector gastronómico, especialmente en Palermo, su mirada es pragmática. “Cerraron muchos lugares, pero también abrieron otros. Yo estoy en Palermo desde finales de los 90. Vi cerrar medio barrio y volver a abrirlo varias veces. Es cíclico”, resume Lykan.
Por ahora, no planean lanzar un vino propio. “Lo hablamos muchas veces, pero preferimos no hacerlo. Queremos que la gente tenga la posibilidad de elegir entre muchas bodegas. Tal vez alguna edición chica para socios, pero no más. Queremos ser el punto de apoyo para las bodegas en Buenos Aires”, dice Rigueras. A futuro, sí imaginan una expansión: “Nos gustaría abrir alguna vez en el exterior. Europa podría ser, y ayudar a difundir nuestro vino por allá”.