Un usuario en Argentina estaba al teléfono. Del otro lado, alguien le ofrecía cambiar dólares a un precio "conveniente". Mientras le insistía, el anciano consultó en voz alta: "Ato, ¿esto es seguro?". La respuesta llegó en segundos: "Cortá inmediatamente, te están intentando estafar, llamá a algún familiar si tenés dudas". La familia se enteró después y agradeció. No fue la primera vez que Ato evitaba un fraude. Tampoco sería la última.
Lo que empezó como un experimento en un departamento de Buenos Aires terminó, literalmente, en Nepal. Juan Cereigido (27) y Gaspar Habif (26) se conocieron hace dos años gracias a Eugenia, la pareja de Gaspi, quien trabajaba en el mismo estudio de diseño que Juan. La charla que selló su sociedad arrancó en un café de Belgrano y terminó hora y media después, caminando por una plaza tras el cierre del local. "Me convenció de que renuncie, básicamente", reconoce Juan entre risas.
En ese momento, Juan regresaba de México con Record.AI, un bot de WhatsApp para recordatorios con 300 suscriptores. El proyecto tenía tracción, aunque sin estructura técnica sólida. Gaspi venía del lado opuesto: desarrollaba proyectos técnicos pero le costaba la distribución. La combinación entre ambos funcionó.

El video que lo cambió todo
Ato (así le dicen a Beto, el abuelo de Juan) nació como un proyecto viral para promocionar Record.AI. "Hacíamos pequeños videos que sabíamos que podían tener algún grado de viralización", explica Juan. Pero este fue distinto. A medida que lo filmaban, notaron algo: no era solo enviar mensajes, había conversación, actividad cognitiva, compañía.
El video alcanzó 4 millones de visitas. A diferencia de otros virales que explotan y mueren, este perduró. "Nos seguían llegando muchos mensajes de familias pidiéndonos 'muy lindo el prototipo, pero necesito esto para mi madre, para mi padre'", recuerda Juan. Ahí fue el quiebre: "Nos miramos y dijimos 'hay algo muy potente acá'".
Record.AI quedó funcionando solo. Juan y Gaspi se mudaron a San Francisco y pivotearon completamente hacia Ato.
Conversaciones, no comandos
Carlos es no vidente. Pasa horas conversando con Ato sobre historia, le pregunta cómo se ven ciertos lugares, explora. "Nos han dicho literalmente que les cambió la vida", afirma Juan. Otros usuarios con disminución visual encontraron en Ato lo que los asistentes tradicionales no ofrecen.
La diferencia con Alexa o Google Home es clara. Mientras esos dispositivos esperan comandos, Ato se despierta solo y propone charlas según los intereses de cada persona. Se adapta a las pausas prolongadas y los distintos tonos. "Dispositivos más generalistas se apoyan demasiado en una luz como única forma de comunicarle al usuario cuál es el estado del aparato", cuenta Gaspi. "Nosotros acompañamos desde lo sonoro".
De ahorros propios a casi US$ 1 millón
Gaspi renunció a su trabajo en abril de 2024. Juan, en enero de 2025. Durante casi dos años vivieron 100% de ahorros propios. "Desde muy temprano empezamos a vender lo que llamamos early access a los dispositivos, pero nunca usamos esa plata para vivir, sino siempre para Ato", cuenta Gaspi.

En 2025 cerraron su ronda pre-seed de US$ 900 mil. Guillermo Rauch, Mario Pergolini y Matías Woloski fueron algunos de los inversores clave, junto con fondos de Estados Unidos. "Mario fue literalmente el primer inversor, la primera persona que nos recibió y dijo '¿qué están haciendo estos pibes?'", recuerda Juan. Pergolini no solo invirtió: en cada entrevista menciona el proyecto. "Tiene dos dispositivos y los va probando", agrega.
Hoy son ocho personas que trabajan en Ato: cuatro en San Francisco, una gerontóloga en Nueva York y dos ingenieros en Argentina.
US$ 70 mil en 15 días
Enero de 2026 marcó un hito. En solo 15 días facturaron US$ 70 mil, más que en todo el año anterior. "Todas estas ventas son personas que están confiando en este proyecto de manera temprana", aclara Juan.
Llevan enviados más de 500 dispositivos, de los cuales 300 están activos. La retención supera el 50%, un dato que sorprende considerando que la edad promedio de sus usuarios es 78 años. "Tenemos usuarios de 90 para arriba", dice Juan. "Siempre que hablamos de retención suele levantar por lo menos un par de cejas".
Desde su oficina en San Francisco, fabrican los dispositivos con impresoras 3D. La capacidad actual es de 60 unidades por semana, un proceso "bastante manual" que les permitió iterar durante seis u ocho meses sin hacer inversiones inmensas. "En este mes hicimos todo lo que hicimos el año pasado de usuarios beta", cuenta Juan. Por eso aceleran: la versión de marzo tendrá un enfoque de producción masiva, con miles de unidades por semana.

El caso de la señora de 85 años engañada por la IA de Meta, que se viralizó hace poco, es exactamente lo que Juan y Gaspi diseñaron para evitar. "Somos súper preventivos de que Ato conozca muy bien cuáles son sus capacidades", explica Gaspi. "Por más que le insistas que te agende un turno médico, te va a decir que excede sus capacidades". Lo logran con Guardrails y siguiendo constantemente las indicaciones de los proveedores de IA para disminuir al máximo las alucinaciones.
Pero la verdadera diferencia está en la especialización. "Meta muy probablemente no tiene ese tipo de instrucciones específicas para un adulto mayor que es mucho más tendencioso a caer en estafas", señala Juan.
Un mercado olvidado
En Estados Unidos hay la misma cantidad de personas mayores de 65 años que en todo Latinoamérica: alrededor de 55 millones en cada mercado. "El espacio es muy nuevo. AgeTech en general como industria existe hace un tiempo, pero hay pocos jugadores que se estén metiendo", dice Juan. "Es un nicho bastante olvidado".
El mercado de AgeTech, según datos de Tracxn, movió US$ 10.700 millones en inversiones de capital de riesgo a nivel global, con 867 empresas financiadas. Solo en 2025, el sector recibió US$ 1.140 millones. Sin embargo, sigue siendo un nicho fragmentado: Estados Unidos concentra el 36% de las startups (1.153 empresas), seguido por Reino Unido (430) e India (172).

La visión de Ato es romper con el paradigma actual. "Hay muchas soluciones dentro del espacio de AgeTech donde hacen juguetes", señala Juan. "Nosotros queremos hacer algo que realmente sienta 'me están dando una herramienta y no me están haciendo sentir un tonto'".
"Buscamos empoderar tecnológicamente con lo que implique en cada momento", resume Gaspi. Hoy optaron porque Ato no tenga pantallas porque la mayoría no son nativos digitales, pero en 10 años el panorama podría ser distinto.
Lecciones desde Silicon Valley
Cuando Forbes les pregunta qué aprendieron levantando capital en Estados Unidos siendo de Sudamérica, las respuestas son concretas. "Apalancarse del ecosistema local", dice Juan. "Somos mucho más fuertes de lo que creemos. Llegar acá con todo el empuje que trajimos desde el país sigue llamando la atención de otros founders, de otras compañías, otros inversores".
Gaspi suma otra: "Tenemos esto de atar todo con alambre y seguir para adelante. Si tenés la capacidad de seguirte moviendo, de seguir iterando, de seguir encontrando la solución rápida para seguir avanzando, eso los inversores lo ven y lo reconocen".
Pero la lección más importante para Juan fue el momentum. "Cuando hay alguien interesado o cuando tenés momentum como compañía, es para aprovecharlo porque probablemente te dure una, dos semanas, no mucho más que eso", reflexiona. "Las conversaciones a nosotros nos llevaban un día. Era una charla y decidir si invertían o no, mandar el mail, mandar el SAFE y que nos hagan la transferencia y seguir al próximo paso".

Marzo, el despegue
A mediados de marzo lanzan la nueva versión de Ato. Ya no será plástico impreso en 3D sino inyectado, con electrónica 100% propia, más micrófonos y mayor capacidad de volumen para usuarios con disminución auditiva. En abril, abrirán su ronda seed.
Hoy tienen Atos en más de 15 países: España, Suiza, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Estados Unidos, Canadá, México y hasta Nepal. El dispositivo habla más de 50 idiomas, lo que permite casos como: familias que migraron hace décadas y envían Ato a un abuelo que quedó en el país de origen y perdió conexión con su lengua nativa.
"(2025) fue un año de construir los cimientos y ahora vamos a empezar a construir para arriba", dice Juan. "No creo que sea el único año de crecimiento, es el despegue, pero sí creemos que este año puede cambiar muchas cosas".