La última línea de transmisión eléctrica que se construyó en Argentina tiene la misma edad que Fernando Llaver. Se planificó en 1975. Casi medio siglo después, las redes del mundo entero cargan con el mismo problema: demasiada energía que no llega a destino, no porque no exista, sino porque nadie sabe cómo moverla.
Llaver lo vio desde adentro. Antes de fundar Splight, era director ejecutivo de Distrocuyo, una de las principales transmisoras eléctricas argentinas. Desde ese puesto vio algo que incomodaba a los ingenieros: los cables que supuestamente estaban "saturados" operaban al 50% de su capacidad real. El otro 50% estaba ahí, sin usar, reservado como respaldo físico por si algo fallaba.
"¿Cómo van a decir que está saturada si está al 50%?", desmiente en Forbes. “Yo quiero usar el otro 50. Y los ingenieros te dicen: 'no se puede, eso está ahí simplemente de respaldo'”.
Empezar de cero en Silicon Valley
Llaver es contador, oriundo de Rivadavia, Mendoza, y cuando decidió renunciar en 2021 tenía un diagnóstico claro del problema y un grupo de personas dispuestas a intentar resolverlo.
"Fue un gran quilombo", recuerda sobre el día que dejó su puesto. Su esposa lloró seis meses. Su madre venía a su casa y lloraba. Sus amigos creían que no tenía para comer y le daban plata para el supermercado. "Tenía mis activos que había juntado durante una vida profesional, pero todo fue jugado", dice.
La elección de San Francisco fue pensada. “Silicon Valley es donde está el capital que te va a permitir escalar. Es el lugar donde alguien va a venir y te va a decir: ‘ok, te creo'”, dice. La primera ronda la consiguieron en Latinoamérica: US$ 1,5 millones liderados por Draper Cygnus. Con eso en la mano, se instalaron en California. La siguiente fue diez veces mayor.
Sus cofundadores, Thomas Vadora y Carlos Caldart, también venían de Distrocuyo. Vadora, hoy CTO, tiene 26 años y figura en el ranking 30 Under 30 de Forbes Estados Unidos. Caldart, con varios doctorados en matemática, física e inteligencia artificial, ocupa el rol de CPO.
Pablo Mamani, ingeniero eléctrico, fue quien probó técnicamente la solución. Guillermo Quirantes operaba en Chile y tenía la relación con los primeros clientes del mercado energético local.
El problema que nadie quería ver
Durante décadas, las redes eléctricas funcionaron con una lógica simple: si un cable fallaba, había otro de respaldo. La generación era térmica o hidroeléctrica, predecible, y controlable. La demanda también: industria y hogares, con variaciones estadísticamente manejables. Tenía sentido tener la mitad de la red sin usar.
Hoy ese esquema está roto por los dos lados. Del lado de la oferta, los parques de energía renovable son intermitentes: el viento no avisa cuándo para. Del lado de la demanda, los autos eléctricos y los data centers que alimentan la inteligencia artificial generan picos imposibles de anticipar. "En Estados Unidos, los superchargers de Tesla es como si prendieras en diez minutos toda la gente de un pueblo de 250.000 personas", grafica Llaver.
El resultado es una paradoja que cuesta miles de millones de dólares: hay energía disponible que no circula porque la infraestructura que la transporta opera con una lógica de otro siglo.
La magnitud se ve en el sistema PJM, el más grande de Estados Unidos, que atiende el noreste del país y concentra la mayor parte de los data centers que intentan conectarse a la red. "Hoy la demanda de data center es tres veces la capacidad instalada en ese sistema", dice Llaver. “Y ese sistema es cinco veces Argentina. O sea, serían 15 Argentinas esperando para conectarse solo en data centers".
La tecnología y los escépticos
Splight reemplaza el back up físico estático por un sistema dinámico: un software que monitorea la red en tiempo real y usa los propios recursos conectados, baterías, parques renovables, grandes cargas industriales, para mantener la estabilidad. Con eso, el carril reservado "por las dudas" se vuelve operable.
"Es como tener un puente, usarlo y tener un puente al lado por las dudas que ese puente se rompa, pero nadie lo usa", explica Llaver. Con su tecnología, los dos puentes trabajan. La implementación tarda entre seis y ocho meses sobre infraestructura existente, sin obras ni cables nuevos.
En el mejor caso documentado, Splight multiplicó por 3,5 la capacidad de transmisión entre dos puntos de una red. El estándar que la compañía declara es 2x. Las tecnologías competidoras, según Llaver, logran entre 15% y 20% de mejora.
No todos lo creyeron desde el principio. El peor "no" que recibió vino de un CEO argentino que, con Splight ya operando en Chile, Perú, Estados Unidos y España, le dijo que primero tenía que hablar con Kirchhoff, el físico matemático que creó la ingeniería eléctrica y murió en 1887. "Me mandaron a estudiar con un muerto", dice Llaver. Se tomó un vuelo a Chile y le demostró con los hechos que Kirchhoff, consultado a la distancia de los siglos, le había dado la razón a él.
Argentina, el país que falta en la lista
Splight opera en seis países, y Argentina no es uno de ellos. La explicación es directa: "Argentina estaba frisada. Era un país literalmente fosilizado. Acá es como si te dijeran: sos Messi, jugá en un metro cuadrado porque el otro metro cuadrado es mío y no te dejo jugar".
Ese diagnóstico, dice, cambió. "Hoy no veo Argentina de esa manera", afirma, y ubica el quiebre en 2023. El gobierno actual, aclara, no apoya activamente a empresas como Splight, pero tampoco las “bloquea”. “No necesitamos ayuda del gobierno, necesitamos que no molesten. Y este gobierno hace eso”.
El potencial, según Llaver, tiene que ver con Vaca Muerta, energía renovable en la Patagonia, y minería en el noroeste. Y un dato geopolítico que en este momento pesa: el país no está en zona de guerra. En marzo de 2026, drones iraníes atacaron data centers de Amazon en Baréin y Emiratos Árabes, y dejaron en claro que hoy la infraestructura de datos es un objetivo militar. "La Patagonia tiene energía de la que quieras, poca gente, tierra barata y potencial infinito para procesar datos", dice Llaver. “Para mí es el lugar ideal”.
La paradoja corpo
En cuatro años, Splight levantó US$ 26,5 millones en tres rondas. Sus inversores incluyen EDP Renewables, Redeia, el operador de red eléctrica de España, Blue Bear Capital, ex comisionado de Tierras de Texas, entre otros. La compañía tiene más de 80 empleados, un tercio argentinos, y opera en seis de los siete sistemas eléctricos de Estados Unidos.
Negocia con el Departamento de Energía, con FERC y NERC, los organismos que regulan las redes del país, y tiene conversaciones activas con la Casa Blanca. La Serie A está abierta y el cierre está previsto para fin de año.
Llaver pasó más de 20 años en el mundo corporativo antes de fundar Splight. Hoy tiene una opinión formada sobre ese período, aunque la matiza: "El ambiente corporativo es la muerte. En el momento que entraste al mundo corpo, estás muerto". Y agrega, aún así consciente de la paradoja: "Mi único trabajo hoy es volver mi empresa una corporación".
Hace cuatro años, Fernando Llaver estaba en la incertidumbre entre dejar la estabilidad del mundo corpo y apostar todos sus ahorros por una idea que muchos decían que era arriesgada. Hoy negocia con la Casa Blanca cómo distribuir la electricidad que va a alimentar la inteligencia artificial en los próximos diez años. Su objetivo, dice, es volverse un estándar en la industria. Por ahora, nadie lo contradijo.