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El Covid-19 pone el mundo a prueba
Negocios

La crisis ofrece una chance de rescribir las normas contables para incluir el impacto

Sir Ronald Cohen

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Los inversores necesitan conocer los efectos sociales y ambientales de las compañías.

30 Agosto de 2020 15.22

¿Qué pasaría si compararas el costo ambiental total creado por 1.800 empresas? Descubrirías por ejemplo que las operaciones de Sasol y Solvay, dos compañías petroquímicas con ventas anuales de alrededor de 12 mil millones de dólares cada una, crean daños ambientales valuados en 17 mil y 4 mil millones de dólares al año, respectivamente. También que BASF, otra compañía del sector con ventas de 70 mil millones de dólares al año, crea daños por 7 mil millones.  

¿Y qué pasaría si hicieras lo mismo con el costo derivado de la falta de diversidad en la fuerza laboral? Toma el caso de Intel. Le paga a sus 50.000 empleados en los Estados Unidos más de 7 mil millones de dólares al año y promueve el bienestar y la diversidad de su plantilla. Pero si midieras su diversidad en relación a la composición demográfica local verías que el impacto positivo de Intel en las comunidades cae a tan solo 2.500 millones de dólares.  

¿No debiéramos estar comparando este tipo de datos para todas las compañías, estimulando la competencia entre ellas? 

Estos números son revelados por la Iniciativa de Contabilidad Ponderada por Impacto de la Escuela de Negocios de Harvard (IWAI, por sus siglas en inglés), liderada por George Serafeim y presidida por mí. Recientemente publicamos en nuestro sitio web estimaciones del impacto ambiental de más de 1.800 empresas, basándonos en información pública. El año que viene agregaremos medidas de impacto en empleo y productos, ofreciendo un panorama completo de los efectos agregados de las empresas. Creemos que se trata del mayor progreso en nuestra capacidad de comprender la performance corporativa desde la década de 1930.  

El colapso de Wall Street en 1929 hizo tomar conciencia a los inversores de que estaban invirtiendo sin comprender las verdaderas ganancias de las empresas. Así que en 1933 el gobierno americano requirió a todas las compañías que presentasen estados contables siguiendo “principios generalmente aceptados”, y que los hicieran revisar por auditores independientes. Esto es hoy la norma.  

En ese momento hubo quienes se presentaron ante el congreso de los Estados Unidos para denunciar que esto significaría el fin del capitalismo americano. Pero de hecho fue esta transparencia la que llevó al enorme crecimiento del mercado de inversión, a medida que los inversores y las compañías comenzaron a sentir que podían confiar en el sistema contable de los Estados Unidos. 90 años más tarde, la crisis del Covid-19 trae aparejado un problema similar. Esta vez lo que debe ser transparentado es la medición de los impactos sociales y ambientales de las compañías.  

Hoy en día más de 30 quintillones de dólares fluyen a inversiones ASG y de impacto que buscan generar mejoras sociales y ambientales además de lucro financiero. Como explico en mi libro, esto equivale a un tercio de los activos profesionalmente administrados en todo mundo. Sin embargo, tanto inversores como consumidores y empleados no conocen de manera transparente los impactos que las empresas generan a través de sus productos, empleo y operaciones.  

Estos grandes flujos de inversión están siendo motivados por el rechazo a la inequidad creciente, a la discriminación y a la degradación de nuestros sistemas naturales. Éstos valores están ampliamente extendidos entre los jóvenes, quienes los expresan a diario en sus decisiones de consumo, o cuando eligen para qué firma quieren trabajar o en qué acción invertir.  

Frecuentemente la inequidad social y económica resulta en violencia, poniendo en jaque la estabilidad de nuestras sociedades. Mucha gente en democracias capitalistas siente que su sistema económico no distribuye resultados de manera ecuánime, y que los gobiernos han fallado de manera sistemática en revertir estos desequilibrios. Mientras tanto crecen los peligrosos daños ambientales causados por las empresas. En resumen, estamos creando problemas enormes, y nuestros gobiernos están gastando preciados recursos fiscales en esfuerzos fallidos por remediarlos. Nuestro sistema económico se ha vuelto claramente autodestructivo.  

La manera de dejar atrás este predicamento es a través de la medición y valuación de los impactos de las compañías siguiendo “principios de impacto generalmente aceptados”, y reflejándolos en estados financieros que muestren ganancias ponderadas por impacto. La tecnología de hoy y la big data nos permiten medir y valuar estos impactos de manera confiable. Si los gobiernos requiriesen a las compañías publicar estados contables ponderados por impacto empezando dentro de dos años desde la fecha, éstas empezarían a enfocarse de inmediato en mejorar su impacto y en encontrar soluciones a problemas sociales y ambientales.  

Se sienten ecos de 1929 en el aire. El Covid-19 sacudió nuestros hábitos y creencias, haciéndonos cuestionar el capitalismo. La crisis abrió la puerta al cambio urgente que demanda nuestro tiempo: el de colocar al impacto en el centro de nuestro sistema económico, desterrando la tiranía del lucro y transformando la base de nuestras decisiones de negocios e inversión, pasando de un paradigma que únicamente considera riesgo y retorno, a uno que optimiza riesgo, retorno financiero e impacto. Si aprovechamos este momento podremos transformar para bien nuestras economías y sociedades.  

Estamos ante la chance de dar un enorme paso hacia adelante. Midiendo y valuando el impacto podemos hacer que el corazón invisible de los mercados guíe la mano invisible de Adam Smith, creando el tipo de planeta en el que queremos vivir.  


(*) El autor preside el Global Steering Group for Impact Investment y es autor del libro “Impact: Reshaping Capitalism to Drive Real Change”, de reciente publicación.  

Artículo originalmente publicado en el Financial Times el 16 de Julio de 2020. Traducción de Sebastián Welisiejko.

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