En el ecosistema en crecimiento de José Ignacio, El Chiringo trazó un camino propio. La historia de este emprendimiento no es solo la de un parador de playa, sino la de una transición de kiosco con espacio para 15 personas a un “punto de encuentro” que emplea a 40 personas y recibe alrededor de 500 personas por día, con un ticket promedio de US$ 39. Todo, sin perder la esencia ni la mística que los hizo destacarse desde el primer verano. “Siempre sentimos que nosotros teníamos que acomodarnos a este lugar, tratar de interpretarlo, más que querer venir con una idea e imponerla”, aseguran sus fundadores, Diego Curi, Tomás Múñiz y Juan Muchnik.
El origen de El Chiringo fue cuando Curi, politólogo que veraneó durante muchos veranos de su vida en José Ignacio, se dio cuenta que faltaban propuestas de calidad gastronómica en la playa de José Ignacio. “Faltaba algo”, recuerda Curi. Con la inversión inicial, montó un kiosco de 2x2 metros, sin agua ni freezer, pero con una visión clara: mejorar la experiencia de playa a través de la tranquilidad y el producto. Para eso, a través de un amigo en común convocó a Muñiz, que a su vez trajo a Muchnik, su amigo de la infancia. Muñiz, que estudió periodismo, y Muchnik, que trabajaba en comunicación, compartían el deseo de viajar y, de hecho, llevaban varios años haciéndolo juntos. @@FIGURE@@
Los socios y amigos se dividen las tareas, aunque aclaran que entre los tres se ayudan mutuamente y colaboran en todas las tareas. Curi lleva adelante la administración y las finanzas. Muñiz, con pasado en el fútbol (jugó en Platense y Excursionista), aplica la lógica de “consolidación de equipo” al funcionamiento integral y está enfocado, sobre todo, en la gestión y el día a día de la operación y el equipo. Por su parte, Muchnik profundiza el el objetivo de que El Chiringo sea “punto de encuentro”. Así, la propuesta gastronómica se complementa con clases de yoga, sesiones de DJs, música en vivo y eventos privados.
El crecimiento de El Chiringo no fue accidental. De hecho, a medida que temporada tras temporada veían que crecían, entre 2021 y 2022 invirtieron US$ 200.000 para llegar a la estructura que conservan hoy. “Somos distintos entre nosotros, pero cerramos filas. Las mejores decisiones salieron de debatir opiniones opuestas”, aseguran. Con platos estrella como los langostinos crispy, el ceviche y la pesca del día, el lugar atiende entre 400 y 500 personas por día en mesas, a lo que se suma el takeaway. @@FIGURE@@
A pesar de ser -todavía- un negocio de temporada (abren desde diciembre hasta Semana Santa), los fundadores no descuidan ningún detalle. Por ejemplo, trabajaron con asesores gastronómicos y coaches de equipo. “Los tres sentimos que es un lugar que nos representa mucho. Eso funciona como una motivación extra a la hora de trabajar. La gente viene y no solo come rico, sino que se siente muy cómoda. Tenemos clientes que vienen desde el primer verano”, cuentan.
Con el modelo de José Ignacio consolidado, los socios ya evalúan los próximos pasos. El dilema es un clásico en el ambiente emprendedor: cómo expandirse sin perder la esencia. “El Chiringo llegó a un punto de maduración donde estamos capacitados para crecer con otro proyecto”, señalan. Entre los planes figura la posibilidad de llevar la marca a Europa o abrir nuevos puntos en la región. El reto, dicen, es cómo replicar la mística y la atención personalizada de los dueños si el negocio se multiplica. “Hay algo con este lugar que conserva una energía muy particular y nos encargamos de cuidarla. Lo hacemos con mucho amor y esfuerzo y eso se nota”, concluyen. @@FIGURE@@