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La pregunta que se viene es qué se debe hacer una vez que la crisis del Coronavirus amaine y pase el efecto de las políticas de rescate de Washington.

21 Abril de 2020 06.30

Para encontrar respuestas deberíamos (pero no lo haremos) tomar algunas lecciones de la depresión de 1920-1921. Después de la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos vivió una tórrida explosión inflacionaria. Pero la burbuja estalló, en especial luego de que la Reserva Federal aumentara bruscamente la tasa de interés. La economía chocó y el desempleo trepó a cerca del 20% (las estadísticas de la época son difusas).

¿Cómo reaccionó el gobierno federal?

Tal como glosa James Grant en su historia fundamental de esa contracción, The Forgotten Depressioñ1921: The Crash That Cured Itself, Washington hizo lo contrario de lo que aconsejarían los economistas hoy en día. Se redujo el gasto de los niveles que tuvo en tiempos de guerra, se bajaron impuestos; se levantaron las regulaciones que se habían apilado durante el conflicto; y las empresas nacionalizadas, principalmente los ferrocarriles y las compañías telefónicas, se devolvieron a sus dueños legítimos. No se devaluó el dólar. La economía rebotó rápidamente. Pronto se logró pleno empleo, y comenzaron los locos años 20. Estados Unidos experimentó una de las épocas más innovadoras de la historia.

La reacción de Washington a la Gran Depresión, una década más tarde, fue un caso contrario: se aumentó el gasto marcadamente, subieron los impuestos, se crearon numerosas burocracias nuevas, a las empresas se las llenó de una serie de reglas nuevas y fueron acosadas constantemente por los reguladores. Los tiempos duros continuaron, y la recuperación real no sucedió hasta después de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, toda la catástrofe fue causada por errores de un gobierno activo. En 1929 el nuevo presidente, Herbert Hoover, quería hacer algo por los productores agropecuarios en apuros, y pensó que aplicar retenciones sobre los productos agropecuarios importados funcionaría.

El Congreso, comportándose como un cerdo glotón, subió enormemente los impuestos de miles de productos importados. Cuando el proyecto de ley estaba transitando por el Congreso, la Bolsa que reacciona sobre proyecciones futuras quebró. Cuando Hoover firmó el Smoot-Hawley Tariff Act, otros países reaccionaron, desatando una guerra comercial   internacional. Las economías, acá y en el exterior, se encogieron. Hoover reaccionó con un intervencionismo gubernamental sin precedentes. Su sucesor, Franklin Roosevelt, aprobó intervenciones todavía mayores. La crisis persistió.

Hay que dejar caer o abolir todas las regulaciones de emergencia por el COVID-19 que limiten el comercio. Hay que esforzarse  por desregular.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el temor a un nuevo bajón llevó a que muchos exigieran políticas como las de Hoover y Roosevelt. En cambio, se hizo lo opuesto: se redujo el presupuesto sin piedad, se bajaron a la mitad los impuestos a las ganancias, se eliminaron rápidamente los controles que hubo durante la guerra, se modificaron las leyes laborales anticomerciales del New Deal y el dólar permaneció atado al oro. A pesar de que miles de veteranos de guerra regresaron muy rápido al mercado laboral, el desempleo siguió bajo.

Debemos aprender de estas experiencias. Se deben implementar grandes y abarcativas reducciones de impuestos y se debe reemplazar nuestro sistema impositivo progresista por un impuesto único. Hay que estabilizar el valor del dólar, preferiblemente redescubriendo las sapienza de Alexander Hamilton de atar nuestra moneda al oro. Hay que dejar caer o abolir todas las regulaciones de emergencia por el COVID-19 que limiten el comercio. Hay que esforzarse otra vez por desregular.

Es simple. Como demuestra Nathan Lewis en The Magic Formula, las economías que tienen bajos impuestos y monedas estables prosperan más que las que no. Siempre.

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