Después de un período marcado por la expectativa de relajamiento monetario, algunos de los principales bancos centrales del mundo volvieron a endurecer su discurso frente a las presiones inflacionarias. En ese contexto, la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) subió la semana pasado su tasa de referencia en 25 puntos básicos, hasta un rango de 3,75%-4%, y sus funcionarios proyectaron otra suba antes de finalizar 2026.
La decisión de la FED se produjo en un contexto de inflación todavía elevada y mayores presiones derivadas del aumento de los precios de la energía. Las nuevas proyecciones del organismo contemplan una inflación medida por el PCE de 3,7% para 2026, todavía considerablemente por encima del objetivo del 2%.
"La decisión fue unánime dentro del FOMC y estuvo en línea con lo esperado por el mercado, luego de datos que mostraron una inflación subyacente elevada, bajo desempleo y un fuerte repunte en las ventas minoristas", comentaron desde Cohen Aliados Financieros.
"Las proyecciones del comité anticipan al menos una suba adicional antes de fin de año, con revisiones al alza en las estimaciones de inflación y crecimiento, y a la baja en desempleo. El tono más duro del presidente Warsh, que remarcó la prioridad de combatir la inflación, impulsó al dólar y a los rendimientos de los bonos del Tesoro a máximos de varias semanas, mientras las acciones y los commodities retrocedieron", añadieron.
El giro no se limita a Estados Unidos. En Europa, el Banco Central Europeo llevó su tasa de referencia hasta 2,50% y los mercados comenzaron a incorporar nuevas subas, aunque la presidenta Christine Lagarde advirtió que las decisiones no estarán determinadas exclusivamente por el comportamiento del petróleo y el gas.
En el Reino Unido, el Banco de Inglaterra mantuvo su tasa en 3,75% en septiembre, pero el tono del organismo también se volvió más restrictivo. Tres de sus nueve miembros votaron por una suba y el banco advirtió sobre los riesgos de que la inflación vuelva a acelerarse.
El panorama es distinto para el BCRA. La autoridad monetaria argentina abandonó en 2025 la utilización de una tasa de política monetaria tradicional como instrumento central y pasó a trabajar bajo un esquema de control de agregados monetarios, con mayor protagonismo de la cantidad de dinero y de las tasas determinadas en el mercado.
Por eso, actualmente la TAMAR funciona como una de las principales referencias para seguir el costo del dinero. A mediados de septiembre se ubicaba en torno al 23,6% nominal anual, mientras que la BADLAR rondaba el 22,1%-22,7%, según los últimos datos disponibles.
El propio Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del BCRA mostró que los analistas esperaban una TAMAR promedio de 24,11% TNA para septiembre y de 23,45% para diciembre. Esto implica que el mercado no proyectaba un salto significativo de las tasas argentinas, aun frente al cambio de escenario internacional.
La diferencia es relevante porque implica que el BCRA no necesariamente tiene que replicar automáticamente cada movimiento de la Fed. El funcionamiento del mercado monetario argentino responde a variables propias, entre ellas la demanda de pesos, la liquidez bancaria y el régimen cambiario.
Desde el Centro de Estudios Políticos y Económicos (CEPEC) explicaron que la comparación con la Fed debe realizarse con cautela porque ambos bancos centrales enfrentan situaciones monetarias diferentes.
"La Fed está respondiendo a un escenario de inflación todavía elevada y por eso utiliza la tasa como principal instrumento. En Argentina, en cambio, el BCRA viene trabajando con un esquema donde la cantidad de dinero y la demanda de pesos tienen un rol central", relataron.
Esto significa que el BCRA "no necesariamente tiene que acompañar mecánicamente cada movimiento de la tasa norteamericana".
Sin embargo, la consultora señaló que eso no implica que las tasas argentinas puedan permanecer completamente aisladas de los movimientos internacionales. "Hoy estamos viendo una búsqueda mayor de cobertura cambiaria y un mercado de pesos que todavía está tratando de encontrar un nuevo equilibrio entre tasas, liquidez y dólar", sostuvieron.
El punto central pasa entonces por determinar si el rendimiento de los instrumentos en pesos resulta suficiente para sostener la demanda de moneda local. "Si las tasas quedan demasiado bajas respecto de la demanda de pesos, parte de esa liquidez puede terminar presionando sobre el tipo de cambio", indicaron desde CEPEC.
La autoridad monetaria enfrenta así un equilibrio complejo. Una eventual suba de las tasas podría contribuir a fortalecer el atractivo de permanecer en pesos y reducir la presión cambiaria, pero también tendría un efecto sobre el costo del financiamiento.
"Más que mirar si la tasa está alta o baja en términos absolutos, hay que ver si es suficiente para sostener el equilibrio monetario y cambiario", plantearon los economistas. A su juicio, ese equilibrio "todavía no está completamente definido".
El problema adicional es el impacto sobre la actividad. En un contexto donde el crédito y la economía todavía muestran debilidad, un aumento significativo del costo del dinero podría encarecer el financiamiento y limitar aún más la recuperación.