La economía argentina atraviesa una transición crítica donde el entusiasmo de los mercados financieros comienza a chocar con la persistente debilidad de la economía real. Esa es la percepción ambigua con la que se fueron de Buenos Aires un grupo de inversores que llegó al país de la mano del banco brasileño Bradesco BBI. Los visitantes mantuvieron una intensa agenda, que incluyó encuentros con el viceministro de Economía, José Luis Daza y el flamante consultor externo del Ministerio de Economía, el uruguayo Ernesto Telvi, además del vicepresidente del Banco Central, Vladimir Werning y el canciller Pablo Quirno. También consultaron a economistas, analistas políticos y altos ejecutivos de grandes compañías que operan en diferentes sectores.
De acuerdo al reporte de la oficina en Nueva York de la entidad tras la visita, la visión de los enviados es que el programa económico liderado por el presidente Javier Milei ha logrado consolidar una disciplina fiscal férrea y una creciente credibilidad en sus metas macroeconómicas, lo cual es celebrado y valorado en todo Wall Street. Sin embargo, ahora el foco de preocupación de los analistas e inversores se ha desplazado ahora hacia la velocidad y sostenibilidad de la recuperación de la actividad, así como hacia la resiliencia del respaldo social frente a un ajuste que no da tregua al bolsillo de los ciudadanos. Existe una desconexión significativa entre la mejora de los fundamentos macro —como el superávit fiscal, la acumulación de reservas y la reducción del riesgo país— y las condiciones microeconómicas, marcadas por un consumo deprimido y un crédito que, aunque comienza a reaccionar, todavía es insuficiente para traccionar el crecimiento generalizado.
La actividad económica sigue mostrando, según BBI, signos de debilidad extrema, particularmente en el sector del consumo masivo. Aunque se espera una recuperación gradual apoyada en la cosecha agrícola del segundo trimestre y condiciones monetarias algo menos restrictivas, el proceso se percibe como lento y heterogéneo. La falta de dinamismo fue incluso advertida por el FMI, que señaló que la actividad se mantuvo plana en la segunda mitad de 2025, sin dejar un arrastre estadístico positivo para el inicio de 2026. Es la consecuencia de un desgastante proceso electoral que dejó un deterioro visible del empleo y de los salarios reales. Esta fragilidad, adviertieron los inversores, ha obligado al equipo económico a recalibrar su política, mostrando una mayor flexibilidad en el margen al reducir las tasas de interés y permitir una mayor circulación de pesos, incluso a riesgo de tolerar una inflación más alta de lo previsto hasta mediados de 2026 debido al ajuste de precios regulados en combustibles y servicios.
“El Gobierno reconoce las presiones inflacionarias persistentes, impulsadas principalmente por shocks de oferta y el ajuste de precios regulados, aunque mantiene la postura de que las expectativas de inflación permanecen ancladas. Se observa un giro claro hacia una flexibilización monetaria (menores tasas de interés y reducción de la restricción) con el fin de evitar una desaceleración económica, incluso si esto implica tolerar una inflación más alta en el corto plazo”, resalta el informe del Bradesco. @@FIGURE@@
Esta tolerancia a una inflación persistente responde a la necesidad imperiosa de evitar un lastre excesivo sobre la actividad, reconociendo que el éxito del programa ya no depende únicamente de la disciplina monetaria, sino de la capacidad de la economía para rebotar antes de que el costo social se vuelva políticamente inmanejable. En este sentido, los riesgos políticos y sociales han cobrado un protagonismo renovado en el análisis de los expertos. Aunque el escenario político ha demostrado ser más resistente de lo esperado inicialmente —con una propensión al conflicto social y a las protestas curiosamente baja—, la popularidad de Milei ha comenzado a mostrar signos de erosión significativa. Según datos de consultoras políticas como Aresco, los niveles de aprobación del presidente han descendido hasta el 42%, mientras que la desaprobación ha escalado al 55%, lo que marca el fin de la luna de miel inicial y el comienzo de una etapa donde el juicio de la opinión pública se basa estrictamente en resultados económicos.
El riesgo clave para el Gobierno radica en que el principal motor de la aprobación política ha mutado: ya no es la lucha contra la inflación el factor determinante, sino la evolución de la economía real, específicamente el ingreso y el empleo. La percepción ciudadana de que la inflación está mejorando ha declinado, y si la actividad económica y el mercado laboral no logran recuperarse pronto, la confianza podría romperse definitivamente. Los analistas advierten que una aprobación económica por debajo del umbral del 30% representaría una zona de riesgo crítico para la gobernabilidad del libertario. No obstante, este deterioro en la imagen presidencial se ve compensado, al menos por ahora, por una oposición fragmentada y debilitada; el peronismo se encuentra en niveles de apoyo históricamente bajos, por debajo del 30%, y figuras de peso como Axel Kicillof o Sergio Massa enfrentan altos niveles de rechazo, lo que reduce las probabilidades de una reversión populista en el corto plazo.
La conclusión de los inversores por ahora sigue siendo expectante: la combinación de una disciplina fiscal innegociable, la ausencia de presiones cambiarias inmediatas y una oposición que no logra articular una alternativa competitiva mantiene a la Argentina en una senda de normalización financiera presenta un panorama alentador ensombrecido por la constante de una realidad social que exige resultados tangibles en el corto plazo.