El ministro de Agricultura de Italia, Francesco Lollobrigida, dejó un mensaje simple ante una sala repleta en Vinitaly, la exposición de vinos y bebidas espirituosas más grande del mundo: una botella de vino no es una botella de alcohol. "Dentro de esa botella de vino hay tierra, cultura, trabajo, empresa, identidad, tradición", afirmó.
Que un ministro de Agricultura en funciones sintiera la necesidad de decirlo, frente a un representante de la comisión de la Unión Europea, tres pares de extranjeros y el titular del organismo científico del sector vitivinícola global, es la noticia.
La mesa redonda del 13 de abril de 2026, organizada en conjunto por la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) y el Ministerio de Agricultura de Italia, llevó por título "Reconocer el valor cultural de la vid y el vino". Con consumidores jóvenes que beben menos y propuestas de sellos de advertencia —similares a los sellos de color negro que aparecen en varios envases y paquetes de productos argentinos— que avanzan en Europa, el encuentro funcionó como un planteo coordinado: el vino merece ser defendido como algo distinto de un alcohol intercambiable y, con más peso aún, esa postura debe llegar a la UNESCO para pedir su protección como patrimonio cultural.
Un producto de 8000 años que busca defender su valor cultural

El director general de la OIV, John Barker, abrió el encuentro y planteó lo que estaba en juego. El vino, dijo, "no es simplemente una mercancía económica, sino un activo cultural que formó parte de la historia de la humanidad durante más de 8000 años". Ante el cambio en los hábitos de consumo, la pregunta pasa por cómo "compartir lo que es valioso mientras se empodera a la próxima generación para hacer crecer este activo cultural", agregó.
"El vino es un estilo de vida y una filosofía, no solo una bebida alcohólica líquida", afirmó David Songulashvili, ministro de Protección Ambiental y Agricultura de Georgia.
"El vino no es una sustancia peligrosa. El alcohol presente en muchos productos, entre ellos el vino, tiene características de peligrosidad, pero el vino es mucho más que eso", dijo. Con esa frase, Lollobrigida buscó marcar una diferencia entre el alcohol como componente y el vino como producto cultural. Luego cuestionó las propuestas de sellos impulsadas desde Bruselas, las atribuyó a "un burócrata" y sostuvo que, pese al ruido mediático, el sello alarmista "no está en la agenda".
ADN, monasterios y 500 variedades de uva

El ministro georgiano de Protección Ambiental y Agricultura, David Songulashvili, que habló en inglés, llevó el argumento más lejos que cualquier otro europeo de la mesa. "El vino es un estilo de vida y una filosofía, no solo una bebida alcohólica", dijo. "Vengo del país que tiene 8000 años de historia en la elaboración del vino. El vino en Georgia es parte del ADN", completó.
Citó las 500 variedades de uva autóctonas de Georgia y la tradición del qvevri, inscripta por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial en 2013. Luego lanzó la respuesta más directa de la jornada. "Hay una especie de campaña contra el vino", afirmó. "Mírennos: tenemos 8000 años", expresó.
Dragan Glamočić, de Serbia, remontó la viticultura de su país al emperador romano Marco Aurelio Probo, quien impulsó la plantación de viñedos en las laderas de Fruška Gora en el siglo III. Además, anunció que Serbia inició el trámite para inscribir las históricas bodegas de Negotin en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. El vino en Serbia, dijo en italiano, es "una expresión de identidad, un testimonio de la historia y un resultado de una relación compleja entre el hombre, la naturaleza y la cultura".
Por qué esto importa en tu vinoteca
Marzia Varvaglione, presidenta del Comité Européen des Entreprises Vins (CEEV), planteó sin vueltas el argumento de los productores. "El vino es cultura", sostuvo.

Varvaglione apuntó a los 15 millones de enoturistas que visitaron productores europeos el año pasado, lo que dejó más de US$ 17.000 millones, y a casi 1.700 denominaciones protegidas en Europa que ya vinculan cada botella con un lugar y una familia. El reconocimiento de la UNESCO, argumentó, le daría más fuerza a ese sistema en un momento en el que la próxima generación presta mucha atención al estilo de vida.
Sandro Sartor, presidente de Wine in Moderation, marcó también que en los países donde el vino forma parte de la vida cotidiana desde hace milenios, "se bebe, casualmente, de manera moderada, consciente, incluso diaria, pero sin dudas responsable".
En cambio, en los países donde el vino no forma parte de una tradición arraigada, Sartor sostuvo que el consumo suele ser más esporádico y, muchas veces, menos responsable. Por eso, defendió la importancia del reconocimiento cultural: permite hablar del vino como una práctica ligada a la historia, la mesa y la identidad. En palabras de Sartor, el vino no debe reducirse a "un vector de la molécula de etanol".
La jugada ante la UNESCO
La conclusión de mayor peso llegó en las últimas palabras de Barker. La OIV buscará "un reconocimiento más global para la cultura del vino", dijo, con una mención explícita a la UNESCO como posible marco. La reciente inscripción de la cocina italiana en la lista de patrimonio de ese organismo aparece como el modelo más evidente.
Para los consumidores de vino de Estados Unidos, las implicancias están más cerca de lo que parece. En enero de 2025, el entonces director general de Salud Pública estadounidense, Vivek Murthy, recomendó la inclusión de sellos de advertencia sobre el cáncer en las bebidas alcohólicas; el mismo tipo de rotulado que Lollobrigida cuestionó en Verona.
Un año después, el 7 de enero de 2026, el Departamento de Salud y Servicios Humanos y el USDA publicaron las Guías Alimentarias para Estadounidenses 2025-2030. El documento eliminó el límite vigente desde hace años de una bebida para mujeres y dos para hombres, y lo reemplazó por una indicación más amplia: "Consumir menos alcohol para una mejor salud".
En otras palabras, la corriente regulatoria que la OIV intenta frenar no es solo un fenómeno europeo. Es la misma fuerza que definirá qué deberá decir sobre sí misma la botella de Cabernet Sauvignon de California, Pinot Noir de Oregon o Tempranillo de Texas que tengas en tu mesa, y cómo se le indicará a la próxima generación de consumidores qué debe pensar sobre ella.
La frase final de Barker es la que conviene recordar. Reconocer el vino como cultura, dijo, "no es hacer que la gente beba más, sino compartir una experiencia cultural".
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.



