Llegar a la cima no garantiza seguir creciendo: el problema que enfrentan muchos ejecutivos
Elizabeth FreedmanColaboradora
Elizabeth FreedmanColaboradora
Durante una conferencia de tecnología celebrada recientemente en Detroit, una discusión puso el foco en un problema frecuente entre los ejecutivos que alcanzan puestos de alta dirección. Aunque siguen obteniendo buenos resultados y asumiendo responsabilidades importantes, algunos dejan de ampliar su impacto profesional a medida que cambian las exigencias y las reglas de desempeño en la cima de las organizaciones.
A ese entorno de la alta dirección lo llamo "Ejecutivolandia". Es una etapa en la que ya no basta con hacer bien el trabajo. A medida que aumentan la responsabilidad y la exposición, también cambian las expectativas sobre cómo liderar, tomar decisiones e influir dentro de la organización.
Después de 20 años trabajando con ejecutivos y equipos de liderazgo, observé dos patrones. Algunos continúan evolucionando a medida que sus responsabilidades aumentan. Otros siguen siendo talentosos, inteligentes y experimentados, pero dejan de ampliar su impacto.

La diferencia no pasa necesariamente por un buen o un mal desempeño. Ambos grupos pueden estar al frente de áreas importantes y enfrentar desafíos complejos, que van desde reestructuraciones y problemas de talento hasta transformaciones profundas o el impacto de la IA en el modelo de negocio. El punto está en si su capacidad para influir, aprender y generar valor continúa expandiéndose.
Un estancamiento profesional puede ser difícil de detectar porque no siempre aparece acompañado de malos resultados. Podés seguir cumpliendo objetivos, recibir buenos comentarios y mantener la confianza de la empresa para asumir tareas importantes. A simple vista, nada parece indicar que exista un problema. Ahí está justamente la dificultad.
Las primeras señales suelen aparecer de forma gradual. Los resultados siguen siendo buenos, pero tu influencia deja de crecer. Empezás a repetir tareas y a resolver problemas que, aunque sean complejos, se parecen cada vez más a situaciones que ya atravesaste.
También pueden cambiar algunas dinámicas internas. Otras personas empiezan a participar en conversaciones en las que antes tenías un lugar, ciertas decisiones pasan por otros ejecutivos y se vuelve más difícil acceder a personas importantes dentro de la organización.
En muchos casos también aparece una señal más personal. Sabés que estás cumpliendo con tu trabajo, pero sentís que todavía podrías aportar más. Esa sensación puede pasar inadvertida durante un tiempo, hasta que tus responsabilidades, tu lugar en la estructura o las oportunidades de crecimiento empiecen a cambiar.
Una de las razones es que, al llegar a los niveles más altos de una organización, deja de existir un próximo paso evidente. Durante buena parte de una carrera profesional, suele haber un ascenso posible, más responsabilidades o un puesto al que aspirar. En la alta dirección, ese recorrido se vuelve menos claro y también puede desaparecer parte del incentivo para seguir desarrollando nuevas capacidades.

El trabajo, además, puede empezar a resultar repetitivo. Para cuando una persona alcanza un puesto ejecutivo, probablemente ya atravesó varias reestructuraciones, transformaciones, cambios de CEO y giros de estrategia. Incluso las situaciones importantes pueden parecer cada vez más familiares después de años de experiencia.
También pesa el modelo personal de desempeño que cada líder construyó a lo largo de su carrera. Son formas de pensar, decidir y conducir que dieron buenos resultados y, precisamente por eso, tienden a repetirse. El problema surge cuando las exigencias del puesto cambian, pero el modelo permanece igual.
A eso se suma que el feedback suele escasear a medida que aumenta la jerarquía. Hay menos personas dispuestas a señalarle a un alto ejecutivo qué aspectos de su liderazgo deberían cambiar y menos espacios dedicados a impulsar su desarrollo. Esa combinación puede hacer que incluso un líder con buenos resultados se estanque sin advertirlo.
Trabajar más no necesariamente resuelve el problema. Incluso puede profundizarlo si la respuesta consiste en repetir, con mayor intensidad, las mismas conductas que dejaron de generar crecimiento.
El primer paso es preguntarte dónde seguís aprendiendo. Buscá situaciones en las que no tengas una respuesta inmediata y necesites desarrollar otra forma de pensar o actuar. En los niveles ejecutivos, crecer implica exponerse deliberadamente a nuevos desafíos.

También conviene mirar más allá de los resultados. Cumplir objetivos sigue siendo importante, pero no alcanza para saber si seguís creciendo. Prestá atención a si tu influencia se amplía, si generás más valor para la organización y si otras personas recurren a vos para discutir nuevas ideas u oportunidades.
El tercer punto es buscar una mirada externa. Reconocer un estancamiento desde adentro puede ser difícil, por lo que un colega, mentor o coach de confianza puede ayudarte a detectar aspectos que no estás viendo. La pregunta más útil no es necesariamente "¿cómo lo estoy haciendo?", sino "¿dónde creés que podría generar más impacto del que genero hoy?". Esa revisión es fundamental en puestos de liderazgo, donde la experiencia acumulada puede dificultar cuestionar hábitos que durante años dieron buenos resultados.
Un período de estabilidad después de una etapa de crecimiento no es necesariamente algo negativo. El problema aparece cuando esa pausa se prolonga y el trabajo deja de evolucionar. La clave está en reconocer cuándo llegó el momento de volver a crecer. Las organizaciones más sólidas siguen adaptándose y buscando nuevas fuentes de crecimiento. Para quienes las conducen, el desafío es el mismo.
*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.