IA, talento y trabajo: cuatro futuros posibles (y una decisión profundamente humana)
El futuro del trabajo no está escrito en un algoritmo, sino en las decisiones que tomamos hoy. Ni distopía ni magia: estamos ante una transformación que demanda upskilling, gobernanza y, sobre todo, liderazgo humano. Los caminos que propone el Foro Económico Mundial para la era de la IA y por qué el volante sigue en nuestras manos.

“¿Seguiré teniendo trabajo?”. Todos o casi todos, en algún momento del último año, nos hemos hecho la misma pregunta. Con la IA entre nosotros, la respuesta puede ser angustiante o esperanzadora, según el cristal con que se mire. Sin embargo, al analizar los datos con calma -y no solo los titulares- aparece otra historia: más matizada, más compleja y, sobre todo, más humana. El futuro del trabajo no está escrito en el código de un algoritmo. Será definido por líderes de todos los ámbitos y organizaciones que elijan invertir -o no- en talento; se construirá con decisiones en distintos planos que abarcan, entre muchos otros, el político, el educativo, el regulatorio y el cultural. Para entender “esta tercera vía”, es clave prestar atención a un estudio recién publicado del Foro Económico Mundial, que propone -de aquí a 2030- cuatro escenarios posibles de la IA aplicados al mundo del trabajo.

Cada vez retumban con más fuerza las mismas preguntas: ¿cómo impactará la Inteligencia Artificial (IA)? ¿Qué va a pasar con el talento y la IA? O, más lisa y llanamente: ¿tendré trabajo el año (o el mes) que viene? Son interrogantes que suelen estar presentes en las mesas de discusión de todos los ámbitos. Esas mismas dudas se extrapolan a las geografías más diversas.

Entre dos extremos y una tercera vía

Por momentos pareciera que la conversación oscila entre los dos extremos mencionados: el entusiasmo tecno utópico -todo va a estar genial, la tecnología resuelve todo- o la distopía tecnológica (el pánico al reemplazo masivo). O nos prometen un salto histórico de productividad o nos advierten de un desempleo estructural irreversible.

En lo personal, no adhiero a ninguno de dos extremos, sino que me posiciono en el de los tecno esperanzadores. Es decir: tengo esperanza en la IA y me comprometo responsablemente a trabajar para que las cosas sucedan. No creo que nada ocurra “por arte de magia”, sino que hay mucho camino por recorrer, que requiere el compromiso individual y colectivo para hacerlo posible.

¿Un destino o múltiples escenarios?

Si bien diferentes organizaciones y universidades generan proyecciones sobre el impacto de la tecnología en el mundo laboral, el reporte del Futuro del Trabajo elaborado por Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés) se ha constituido en un verdadero “faro”, siendo uno de los informes más referidos y respetados por la rigurosidad técnica con la que se produce, su alcance global, su profundidad y por la amplitud de aspectos que aborda.

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Y es en su versión 2026 que el WEF propone dejar de pensar el mañana como un destino de una sola dirección y empezar a mirarlo como “diferentes escenarios”. No existe un único desenlace inevitable, sino combinaciones posibles entre dos variables críticas: por un lado, la velocidad de avance de la IA y por el otro, la preparación de la fuerza laboral.  No son predicciones, como muchos otros suelen plantear, sino mapas para decidir mejor hoy.

Las cifras proyectadas para los próximos cuatro años (hasta 2030) ayudan a dimensionar la magnitud del cambio. Consignan que podrían crearse alrededor de 170 millones de nuevos empleos -excelente noticia- pero, al mismo tiempo, destacan que 92 millones de personas perderían sus puestos de trabajo.

Es un saldo neto positivo (por primera vez en este tipo de investigación) de unos 78 millones de puestos laborales, pero con una transición enorme en el medio. El mismo estudio muestra que el 54% de los ejecutivos espera que la IA reemplace trabajos existentes, mientras que un 24% anticipa que generará nuevos puestos, y más de cuatro de cada diez prevén mayores márgenes de rentabilidad empresarial. Es decir: más eficiencia, pero también más presión sobre la reconversión.

La IA, una realidad cotidiana

La adopción tampoco es teórica. El porcentaje de empresas que ya utilizan IA en al menos una función pasó del 55% al 88% en muy poco tiempo. La automatización dejó de ser una prueba: es operación cotidiana. Y cuando la tecnología se integra a esa velocidad, las habilidades se vuelven obsoletas más rápido que nunca.
Los datos aportados por el estudio Building a Future of Work that works (“Construyendo un futuro del trabajo que funcione”), llevado a cabo por LinkedIn, agregan otra capa de realidad. A pesar de la desaceleración global -casi 20% por debajo de los niveles prepandemia por incertidumbre macroeconómica-, la IA no está destruyendo empleo en bloque. @@FIGURE@@

Al contrario: ya ha generado 1,3 millones de nuevos puestos relacionados con inteligencia artificial y más de 600.000 empleos vinculados a centros de datos. Además, la demanda de alfabetización en IA creció 70% interanual, y el tiempo dedicado a la formación en estas competencias aumentó más de 90%. El mensaje es claro: el trabajo no estaría desapareciendo, se transforma.

Cuatro escenarios

Con este telón de fondo, el WEF describe cuatro potenciales caminos. Del cruce de las dos variables mencionadas, la velocidad de avance de la IA -exponencial o incremental- y la preparación de la fuerza laboral -limitada o generalizada-, surgen los cuatro futuros posibles hacia 2030:

Escenario 1: progreso super acelerado

La IA avanza de forma exponencial y la fuerza laboral está preparada. La productividad se dispara, la innovación florece y aparecen nuevas ocupaciones a gran velocidad. Muchas tareas rutinarias desaparecen, pero surgen otras donde las personas coordinan sistemas inteligentes, diseñan procesos y supervisan portafolios de agentes digitales. El rol humano se mueve de ejecutar a orquestar personas y máquinas. 

El desafío se presenta si los marcos éticos y la protección social no logran acompañar el ritmo del cambio. El riesgo no es tecnológico, es institucional.

Escenario 2: la era del desplazamiento

La tecnología corre más rápido que la capacidad de adaptación. Las empresas automatizan como respuesta urgente a la escasez de talento y a la presión competitiva. La productividad sube, pero el empleo cae. Aumenta el desempleo estructural, se erosiona la confianza colectiva y se amplían las brechas sociales. Las economías avanzan, pero el poder se concentra en pocas plataformas tecnológicas y se produce una fractura social. Es el costo de mirar la IA solo como eficiencia y no como transición humana.

Escenario 3: la economía co-piloto.

Probablemente el más equilibrado. El progreso es incremental y la IA se integra como aumento de capacidades, no como sustitución. Equipos “humano‑IA” se complementan y trabajan juntos: la máquina procesa, el humano interpreta; la IA propone, la persona decide. Las organizaciones que invirtieron temprano en formación, movilidad interna, infraestructura digital y gobernanza logran absorber mejor el cambio. No hay saltos dramáticos, pero sí mejoras sostenidas. Productividad con cohesión.

Escenario 4: progreso estancado

La tecnología existe, pero la adopción es desigual. Faltan habilidades, coordinación y políticas. Las herramientas están, pero no hay coordinación ni claridad en las políticas. El crecimiento es irregular y los beneficios se concentran en pocas geografías. Las brechas aumentan y la promesa de prosperidad digital se diluye. No es un problema de falta de innovación, sino de falta de liderazgo y articulación.

La preparación humana

Los cuatro futuros comparten una enseñanza incómoda: la variable decisiva no es la máquina, es la preparación humana. Upskilling (mejorar las habilidades actuales, formación), reskilling (reciclaje profesional), marcos de protección, cultura organizacional y confianza. Sin eso, la misma tecnología que podría ampliar oportunidades puede amplificar desigualdades. @@FIGURE@@

A esta tensión laboral se suma un contexto global más incierto. El Global Risks Report (Reporte Global de Riesgos) del propio WEF señala que el 50% de los encuestados anticipa un panorama turbulento o tormentoso en el corto plazo, y esa percepción empeora a 57% cuando miran la próxima década. Entre los riesgos más relevantes aparecen la confrontación geoeconómica, la desinformación, la polarización social y los eventos climáticos extremos.

Una cesión silenciosa

Y es aquí, entonces, que conectan las advertencias de Yuval Noah Harari en el propio Foro de Davos 2026. El profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén y referente global sostiene que la IA ya no es una simple herramienta, como un martillo o un cuchillo, utilizada por el ser humano para “hacer el bien o el mal”.
Según Harari, la IA comienza a comportarse como agente que decide y produce contenido de manera autónoma. Es una tecnología capaz de generar lenguaje, narrativas y decisiones. Y quien controla el lenguaje controla las instituciones: leyes, contratos, mercados, cultura.

Si delegamos la toma de decisiones críticas a sistemas automáticos sin responsabilidad humana, no perderemos el control por una rebelión de máquinas, sino por una cesión silenciosa de nuestra capacidad de elegir. Las decisiones morales no pueden delegarse a algoritmos; siguen siendo responsabilidad humana.

Harari afirma que existe una necesidad de gobernanza global: se requieren reglas y cooperación internacional para evitar abusos. Hay un riesgo de desinformación y manipulación: la IA puede generar noticias falsas, propaganda y realidades alternativas con enorme eficacia.

Así describe la potencial nueva desigualdad: quienes controlen la IA concentrarán poder económico y político, ampliando brechas sociales. Si renunciamos al pensamiento crítico y a la responsabilidad ética, los sistemas que creamos terminarán decidiendo por nosotros. @@FIGURE@@

Su invitación es a pensar que el desafío no es si la IA será buena o mala, sino quién la gobierna y con qué valores.  Usar la tecnología con conciencia, mantener el criterio humano en el centro y construir reglas colectivas que protejan nuestra autonomía.

Harari va más allá y clama: el dilema no es tecnológico, es ético.

Sintetizando

Por todos estos argumentos previos, más que preguntarnos cuántos empleos se perderán o se crearán, deberíamos preguntarnos qué tipo de sociedad queremos diseñar: ¿una que reemplace personas para reducir costos o una que amplifique capacidades para generar valor? ¿una que concentre el poder o una que distribuya oportunidades? ¿Una que use la IA para automatizar decisiones o para mejorar el juicio humano?

Como dijimos al principio: el futuro del trabajo no será regido por los algoritmos sino por líderes que inviertan -o no- en talento. La inteligencia artificial es el acelerador. Pero el volante sigue estando, todavía, en nuestras manos.

En definitiva, no estamos frente a una batalla entre humanos y máquinas. Estamos frente a una elección colectiva. Y esa elección empieza hoy, en cada política de inversión, en cada estrategia de talento y en cada conversación sobre qué significa liderar de manera más humana en la era digital.