Diego Pasjalidis Director, conferencista y autor especializado en innovación
Los manuales enseñan lo que funciona; los errores enseñan por qué. Después de años liderando equipos y organizaciones, reuní veinte lecciones que me costaron tiempo, plata y algún que otro desvelo. Las comparto con la esperanza de que a otros les cueste bastante menos.
Con el tiempo entendí que las veinte no eran veinte ideas independientes sino distintas formas de una misma pregunta: ¿qué hace un líder cuando descubre que no sabe?
Liderar no consiste en tener todas las respuestas, se trata de saber qué mirar, qué preguntar, qué decidir, qué cambiar y qué aprender antes de que la realidad nos obligue a hacerlo.
Estas son las veinte lecciones que más me ayudaron a entenderlo.
1. Todo se trata de personas
Detrás de cada decisión hay necesidades, intereses, miedos y pasiones. Lo que vemos es la punta del iceberg: la conducta. Debajo están las motivaciones. La teoría de la autodeterminación resume tres necesidades psicológicas especialmente relevantes: autonomía, competencia y pertenencia. Liderar es aprender a leer lo que no se dice.
2. Todo es un proceso
Los resultados no aparecen por accidente, sino que son la salida de un sistema. Una decisión puede resolver un problema en un área y crear otro en otra. El pensamiento sistémico obliga a mirar las consecuencias directas, indirectas y diferidas. A veces, el problema que estamos tratando de resolver es apenas el síntoma visible de otro que todavía no entendimos.
3. Tres focos valen más que veinte prioridades
Establecer y alinear objetivos es un arte. Si todo es prioridad, nada lo es. Prefiero no más de tres focos verdaderamente críticos; el resto se transfiere, se delega o se posterga. Las metas claras y desafiantes pueden mejorar el desempeño, pero necesitan dirección y alineamiento. Cada persona debería poder explicar cómo su trabajo contribuye al mismo norte.
4. La claridad es una forma de respeto
Más vale ser duro una vez que tibio todo el tiempo. Una conversación difícil y a tiempo puede evitar meses de ambigüedad. La franqueza no debería ser brutalidad: implica preocuparse personalmente y, al mismo tiempo, desafiar directamente. La tibieza parece amable en el momento, pero suele trasladar el costo al futuro.
5. Si no podés explicar tu valor en dos renglones, probablemente ni siquiera vos aún lo entendiste
El posicionamiento no es un ejercicio de marketing sino una forma de claridad estratégica. Vale para una persona, una pyme y una multinacional. Si el otro no puede entender rápidamente qué problema resolvés, qué te diferencia y por qué debería elegirte, el mercado probablemente tampoco lo hará.
6. No todo ascenso es crecimiento
Crecer es ampliar capacidad, criterio e impacto. A veces eso ocurre avanzando hacia arriba; otras, en profundidad hacia una especialización o lateralmente buscando complementar el perfil. Las organizaciones que solo premian con jerarquía corren el riesgo de promover a personas excelentes técnicamente hacia posiciones para las que todavía no desarrollaron las capacidades necesarias. La pregunta no debería ser solamente "¿a qué puesto puedo llegar?", sino "¿qué tipo de capacidad necesito construir para generar más impacto?"
7. Lo que te trajo hasta acá rara vez te lleva hasta allá
Ascender demanda otras habilidades. A medida que aumenta la responsabilidad, cambia el mix de capacidades necesarias: pesa menos el expertise técnico específico y más la capacidad de integrar perspectivas, escuchar, influir, decidir bajo incertidumbre y construir sentido. El desafío no es abandonar lo que sabemos, sino dejar de creer que eso alcanza.
8. El que transforma, incomoda
Las organizaciones necesitan cambiar el status quo para evolucionar. Y el cambio adaptativo tiene un costo: siempre hay algo que las personas sienten que pueden perder. Por eso no alcanza con anunciar el cambio, hay que explicar qué problema resuelve, qué se gana, qué se pierde y cómo se acompañará la transición. La incomodidad no necesariamente indica que el cambio está mal; a veces indica que el cambio es real.
9. No trates a todos por igual (es injusto)
La igualdad aplica la misma regla; mientras que la equidad reconoce que las personas y los contextos son diferentes. El liderazgo situacional parte justamente de esa necesidad de adaptar el estilo a las circunstancias y al nivel de desarrollo de cada persona. Tratar igual a quienes son distintos puede parecer justo, pero no siempre lo es.
10. Los promedios cuentan una historia incompleta
Un promedio puede esconder tendencias opuestas. Una satisfacción de 8 puede contener clientes fanáticos y otros furiosos. Un equipo con desempeño promedio puede tener dos personas sobresalientes, tres en problemas y varias sosteniendo el sistema. El buen management no mira solamente el centro, sino que mira la distribución, los extremos y las causas.
11. Dato mata relato (pero el dato solo tampoco alcanza)
El buen management necesita evidencia porque todos tenemos sesgos y tendemos a buscar información que confirme lo que ya creemos. Pero los datos no movilizan por sí solos. Decidir con evidencia y comunicar con historia e inspiración es un equilibrio necesario. El relato ayuda a interpretar; el dato ayuda a no inventar.
12. Que algo no te guste no significa que sea malo
Evaluamos desde nuestro propio marco y muchas veces confundimos preferencia con calidad. También tendemos a sentir más intensamente las pérdidas que las ganancias equivalentes. Una puerta que se cierra puede ser una pérdida o puede ser información. El "no" también dibuja un borde: nos muestra qué no funcionó, qué no encajó o qué necesitamos cambiar.
13. Si alguien lo hizo, podés hacerlo. Si nadie pudo, podés ser el primero
Eso dice un proverbio japonés, y quienes venimos de las ingenierías lo recitamos como un mantra. Ver que algo es posible modifica nuestras expectativas sobre lo que podemos hacer. Un récord deportivo, una tecnología que parecía imposible o una organización que logró transformar un modelo de negocio pueden ampliar nuestro propio mapa mental. Pero hay una diferencia importante: que alguien lo haya hecho demuestra posibilidad, no garantiza replicabilidad. La tarea del líder es descubrir qué condiciones hicieron posible ese resultado.
14. Romper los grandes problemas para resolverlo en partes
El problema más grande se vuelve abordable cuando podemos dividirlo en partes, establecer secuencias y convertir incertidumbre en experimentos. Descartes lo planteó como parte de su método y la mejora continua lo convirtió en práctica. El progreso pequeño no es insignificante: vuelve visible el avance y alimenta la motivación para continuar.
15. Cada tanto, preguntate: "¿y si…?"
Esa pregunta abre alternativas. Imaginar escenarios sirve para entrenar la capacidad de anticipar: ¿Y si el cliente cambia? ¿Y si aparece un competidor inesperado? ¿Y si nuestra principal fuente de ingresos desaparece? ¿Y si la tecnología hace en seis meses lo que hoy creemos que llevará cinco años? Un líder que solo administra el presente llega tarde al futuro.
16. Ser serio no es estar serio
La seriedad es rigor, coherencia y compromiso; no solemnidad. Los equipos necesitan seguridad psicológica para preguntar, admitir errores y plantear desacuerdos sin temor. Un equipo que nunca discute puede no estar alineado, sino callado. Que un profesional o una organización pueda reírse no significa que no se tome en serio lo que hace.
17. Pedir ayuda también es una competencia directiva
Durante mucho tiempo confundí autonomía con no necesitar a nadie. Es un error. Pedir ayuda es gestionar recursos, incorporar conocimiento y acelerar aprendizaje. El silencio, por orgullo o inseguridad, puede ser uno de los errores más caros que puede cometer un líder. Cuanto más arriba estamos, más importante es construir una red que permita escuchar aquello que nosotros solos no podemos ver.
18. El poder cambia lo que escuchás.
Cuando una persona tiene autoridad, aumenta el riesgo de que otros filtren lo que dicen. Cuanto más poder tiene un líder, más necesita mecanismos para recibir información que contradiga sus propias certezas. Preguntar "¿qué no estoy viendo?", "¿qué no se animan a decirme?" o "¿qué decisión mía está generando un problema que nadie quiere mencionar?" puede ser más valioso que otra reunión de seguimiento.
19. Actuá siempre como si alguien te estuviera observando
Platón imaginó, con el anillo de Giges, qué podría hacer una persona si pudiera volverse invisible. La pregunta sigue vigente en las organizaciones. La cultura no es solamente lo que se declara en una presentación: es lo que la gente hace cuando nadie controla. Pueden mirarte tus colegas, tus hijos, tus jefes, tus padres, Dios, la IA o tu propia conciencia. La verdadera integridad no necesita audiencia.
20. Compartí siempre lo mejor que sepas
Una organización no aprende simplemente porque sus personas sepan, sino que también lo hace cuando ese conocimiento deja de depender de una persona y se convierte en capacidad colectiva. Enseñar, escribir, documentar, mentorear y compartir experiencias convierte conocimiento tácito en explícito y multiplica su alcance. El conocimiento que no se transfiere corre el riesgo de morir con quien lo posee.
La lección detrás de las veinte
Lo sé, ninguna de estas lecciones es completamente original y justamente ahí está el punto. En management, muchas veces la diferencia no está en descubrir una verdad desconocida, sino en conectar verdades conocidas de una manera que cambie la forma de actuar.
Con los años entendí que el aprendizaje directivo tiene cuatro claves: leer mejor, decidir mejor, transformar mejor y multiplicar lo aprendido. Leer personas, sistemas y datos. Decidir prioridades, conversaciones y riesgos. Transformar aquello que dejó de funcionar. Y multiplicar el conocimiento para que la organización no dependa de una sola persona.
Pero también, debemos tomar consciencia de que cuanto más sabemos, más responsables somos de lo que hacemos con ese saber. Y cuanto menos sabemos, más responsables somos de reconocerlo.
El problema no es no saber, todos ignoramos algo, el problema es que la autoridad puede hacernos confundir experiencia con certeza, información con comprensión y posición con razón. Por eso, quizás el mayor aprendizaje de un profesional no sea sólo acumular respuestas sino también desarrollar la capacidad de reconocer qué preguntas todavía no sabemos hacer.
Los manuales enseñan lo que funciona; los errores enseñan por qué. Equivocarse es inevitable, y útil. Edison dijo una vez "No he fracasado. He encontrado 10.000 soluciones que no funcionan". Repetir errores ajenos, en cambio, es opcional.
El saber nos hace responsables. El no saber también; lo peligroso es no saber que no sabemos.
(*) Diego Pasjalidis es director de posgrados y maestrías de ITBA, conferencista y autor especializado en innovación.