El presidente Javier Milei y el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, publicaron una columna de opinión en The Economist -"Javier Milei: Rein in regulators, not big companies"- en la que plantean una defensa explícita de la desregulación económica, con un foco particular en la Inteligencia Artificial (IA) y en los mercados tecnológicos. El texto, difundido este jueves, expone la visión del Gobierno argentino sobre el rol del Estado, la competencia y la innovación en un contexto global marcado por el avance acelerado de la IA.
En su columna, Milei y Sturzenegger sostienen que “la política, la intervención gubernamental y, por desgracia, la mala economía” han sido obstáculos recurrentes para el crecimiento económico. Desde esa perspectiva, cuestionan los enfoques regulatorios que buscan limitar el tamaño o la posición de mercado de las grandes empresas, incluso en sectores altamente dinámicos como la tecnología y la inteligencia artificial.
“La teoría económica ha desorientado a los responsables políticos”, afirman, al tiempo que critican las regulaciones que penalizan a las compañías por alcanzar posiciones dominantes como resultado de la innovación.
En ese marco, comparan el enfoque de Estados Unidos, que se centra en sancionar prácticas excluyentes que restringen la competencia, con el de la Unión Europea, donde se castiga el abuso de explotación, como los precios excesivos. Para los autores, el primer enfoque resulta “útil”, mientras que el segundo es “problemático”, ya que identificar precios excesivos puede ser altamente controversial.
Para ilustrar su argumento, Milei y Sturzenegger recurren a ejemplos históricos del sector tecnológico. “Nokia dominó en su momento la telefonía móvil, luego BlackBerry, hasta que el iPhone de Apple los desplazó a ambos. Habría sido un grave error frenar el crecimiento de estas empresas simplemente porque disfrutaron de altas cuotas de mercado en determinados momentos”, señalan.
En esa misma línea, enfatizan que “la cuestión crucial no es si una empresa tiene actualmente una gran cuota de mercado, sino si se bloquea la entrada”, algo que, según ellos, suele ser provocado por los propios gobiernos mediante licencias, cuotas, derechos exclusivos o barreras administrativas.
Desde su punto de vista, existe una “paradoja incómoda”: los gobiernos que crean barreras legales de entrada terminan siendo “un enemigo más importante de la competencia que las empresas que logran una posición dominante temporal mediante la innovación”.
Además, los dos economistas advierten que estas barreras desvían recursos hacia compañías menos eficientes. @@FIGURE@@
La columna dedica un apartado central a la Inteligencia Artificial, donde el Presidente y su ministro dejan clara la estrategia del Gobierno argentino. “Queremos que las empresas sepan que pueden explorar, producir, vender y beneficiarse de esa tecnología sin restricciones”, escriben los autores. Reconocen que este enfoque puede dar lugar a grandes compañías -¿incluso de otros sectores como la minería y el petróleo?-, pero advierten que “regular la industria para evitar que surjan actores dominantes es un suicidio para el crecimiento”.
En línea con esa visión, Milei y Sturzenegger describen un mecanismo diseñado para “imponer cierta disciplina de mercado a los propios reguladores”, con el objetivo de evitar lo que denominan el “monopolio de la regulación” y el “abuso de la autoridad”.
El esquema propone que segmentos regulados y no regulados coexistan dentro de un mismo mercado. “Si el regulador resuelve un problema real, se operará en el segmento regulado. Si el regulador no aporta valor, se permite que la gente lo ignore y utilice empresas no supervisadas por él”, explican, dejando la decisión final en manos de los consumidores.
Según relatan, este enfoque ya fue probado en la Argentina con instrumentos financieros. “El resultado fue el auge del mercado no regulado y la compresión de las comisiones en el mercado regulado, ya que la competencia obligó al regulador a ser más razonable y menos burocrático”, detallan.
La lógica desreguladora también se extiende, en su análisis, a los bienes públicos. Los autores del artículo mencionan el caso de los parques nacionales y la provisión de infraestructura. “Empezamos pensando que debía ser suministrada por el Estado. Sin embargo, cuando experimentamos con concesiones en las que los operadores privados debían construir la infraestructura pública a su propio costo, resultó no ser un problema”, sostienen. Según explican, las empresas lograron coordinarse y ampliar la capacidad de manera gradual para mantener la rentabilidad.
En el tramo final del texto, Milei y Sturzenegger abordan el concepto de externalidades, los efectos secundarios de una actividad económica sobre terceros.
Como ejemplo sorprendente, citan la producción de miel y frutas en la Argentina y el caso de Beeflow, una empresa que ofrece servicios de polinización dirigida al “condicionar a las abejas a visitar solo las flores de un cultivo en particular”. Para ambos economistas, “el mercado encontró una solución que probablemente fue más eficiente” que una intervención estatal, ya que permite trasladar y utilizar las abejas en múltiples huertos, algo que la regulación habría dificultado.
Finalmente, como no podía ser menos, la columna concluye con una defensa ideológica clara del libre mercado.
Milei y Sturzenegger afirman que “los mercados libres, el núcleo de la agenda de desregulación, enriquecieron al mundo, reduciendo drásticamente la pobreza en tan solo dos siglos”, y llaman a profundizar ese camino. “Es hora de redoblar nuestra confianza en el capitalismo. Saquemos al gobierno del camino y devolvamos a la gente la libertad que les robaron políticos y reguladores. ¡Viva la libertad, carajo!”, cierran.
Con esta intervención en The Economist, el Gobierno argentino busca proyectar su visión sobre la inteligencia artificial -el año pasado ya hubo anuncios de inmensas inversiones de empresas como OpenAI que podrían cambiar la historia del país-, la competencia y el rol del Estado más allá de las fronteras locales, en un momento en que la regulación de la IA se ha convertido en uno de los debates centrales de la agenda tecnológica global.