Ceuta resultó desbordada por el ingreso de alrededor de 50.000 personas por tierra y por mar, según el Ministerio del Interior español. El gobierno local elevó el cálculo hasta 60.000, una cifra que se acercaría a la población total de la ciudad de la ciudad. A todas vistas, es una verdadera catástrofe humanitaria y económica, cuyas imágenes conmueven al mundo entero.
España desplegó unidades militares, reforzó la frontera y aceleró las repatriaciones con el apoyo de Marruecos. Unas 37.500 personas ya regresaron, mientras que las autoridades españolas informaron que al menos 57 personas murieron durante los cruces, en su mayoría por ahogamiento. El número de víctimas podría seguir aumentando.
La magnitud del episodio expuso una contradicción central. Marruecos no atraviesa una economía en derrumbe, pero su expansión no genera suficientes empleos ni mejora las perspectivas de miles de jóvenes. El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyectó que el PBI crecerá 4,4% en 2026, tras una suba estimada del 4,9% en 2025. También calculó una inflación promedio del 1,6%. Sin embargo, el desempleo rondará el 12,3%, una tasa que revela el principal límite social del modelo económico marroquí.
Una economía que invierte más de lo que contrata
Las cifras generales describen un país que recibe capital, amplía sus rutas, puertos y trenes, fortalece su industria automotriz y financia obras vinculadas al Mundial de Fútbol de 2030. El turismo también contribuyó a la actividad económica. Sin embargo, muchas de esas inversiones impulsan la economía sin generar suficientes empleos. El problema afecta sobre todo a los jóvenes, que tienen más formación que las generaciones anteriores, pero encuentran pocas oportunidades laborales y bajos salarios.
El Banco Mundial estimó que el desempleo juvenil llegó al 37% en 2024 y advirtió que el sector privado todavía no crea trabajo a la escala necesaria. Las restricciones que frenan la competencia, las dificultades de las empresas medianas para crecer y el peso de la informalidad reducen las posibilidades de acceder a empleos estables. El problema resulta aún más severo para las mujeres y para quienes viven fuera de los principales centros urbanos.
La brecha se amplió durante casi un cuarto de siglo. Entre 2000 y 2024, la población marroquí en edad de trabajar aumentó un 47%, pero el número de ocupados avanzó apenas un 20,7%. En ese período, la economía creó un promedio de 215.000 puestos menos al año de los que necesitaba para mantener estable la tasa de empleo. El déficit anual de empleo aumentó hasta 370.000 empleos entre 2020 y 2024, según el informe sobre crecimiento y trabajo del Banco Mundial.
El acceso a la universidad tampoco garantiza una salida. Cerca del 43% de los graduados terciarios ocupa cargos para los que posee más formación de la requerida. Esa sobrecalificación refleja una economía que amplió su oferta educativa más rápido que su demanda de trabajadores calificados.
La sequía expulsó trabajadores del campo
El deterioro rural añadió otra capa al problema. Entre 2015 y 2024, Marruecos perdió 1,2 millones de empleos rurales, lo que representa una caída del 23%. El Banco Mundial vinculó ese retroceso con sequías más frecuentes e intensas, que golpearon la agricultura y redujeron los ingresos de numerosas familias. El desplazamiento de trabajadores hacia las ciudades aumentó la presión sobre mercados laborales que ya mostraban dificultades para incorporar mano de obra.
Las diferencias territoriales profundizan el malestar. Casablanca, Rabat y Tánger concentran inversiones e industrias, mientras que varias zonas rurales y ciudades pequeñas ofrecen pocas oportunidades de empleo formal. Para una generación conectada con Europa a través de las redes sociales, la cercanía de Ceuta convierte esa desigualdad en una comparación permanente. La frontera española queda a pocos kilómetros y representa, para muchos, una vía rápida hacia oportunidades que no encuentran en su país.
El detonante que encendió la frontera
La falta de trabajo no explica por sí sola el cruce masivo. Las autoridades españolas señalaron como posible detonante un reciente fallo del Tribunal Supremo de España, que impidió devolver de inmediato a Marruecos a los migrantes interceptados en el mar que intentaron llegar a Ceuta o Melilla. El gobierno español sostuvo que mafias y organizaciones criminales aprovecharon la sentencia para difundir la idea de que quienes alcanzaran aguas españolas no serían expulsados de inmediato.
La crisis pronto superó la frontera hispano-marroquí. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, amenazó con medidas extraordinarias e incluyó entre ellas la suspensión de la participación española en el espacio Schengen. Francia reforzó los controles en su frontera con España y Madrid convocó al embajador italiano tras las críticas del gobierno de Roma.
El episodio dejó una advertencia concreta para Rabat. Mientras Marruecos destina miles de millones a puertos, trenes, fábricas y obras para el Mundial 2030, su capacidad para convertir esas inversiones en empleo juvenil marcará si el crecimiento reduce la presión migratoria o si Ceuta vuelve a quedar expuesta a una crisis similar. La frontera mostró que un PBI en expansión puede convivir con una generación sin lugar en el mercado laboral, y que esa brecha ya tiene consecuencias directas para España y el resto de Europa.
*Con información de Forbes.com.