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Foto: Unsplash.

A 25 años del 11-S, cómo los atentados cambiaron para siempre la forma de viajar en avión

Michael Goldstein

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Los ataques de 2001 redefinieron la seguridad aeroportuaria y la experiencia de los pasajeros. Un cuarto de siglo después, muchas de esas medidas siguen vigentes.

11 Septiembre de 2026 07.22

El 11 de septiembre de 2001, 19 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales en Estados Unidos y los utilizaron para atacar algunos de los principales símbolos políticos y económicos del país. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania antes de llegar a su objetivo.

Los atentados dejaron 2.977 muertos y transformaron para siempre la aviación mundial. A 25 años de aquel día, muchas de sus consecuencias siguen presentes también para quienes vuelan desde la Argentina, desde los controles en los aeropuertos hasta los protocolos de seguridad que hoy parecen parte natural de cualquier viaje.

La magnitud del ataque superó incluso a uno de los episodios con los que suele comparárselo, el bombardeo japonés contra Pearl Harbor del 7 de diciembre de 1941, que dejó 2.404 estadounidenses muertos. Pero detrás de las cifras existen casi 3.000 tragedias individuales y familias enteras cuyas vidas quedaron atravesadas por esas pérdidas.

Para muchas de ellas, además, la desaparición fue literal. Hasta 2025, los restos de alrededor de 1.100 víctimas del 11-S todavía no habían podido ser identificados. Desde los ataques, más de 9.000 personas murieron por enfermedades relacionadas con aquella jornada y con las tareas posteriores de rescate y recuperación, en muchos casos vinculadas a la exposición al polvo, al humo y a otras sustancias.

El impacto en la aviación fue igualmente extraordinario. Unos 246 pasajeros, ocho pilotos y 25 tripulantes de cabina murieron en los cuatro aviones secuestrados. En el vuelo 93 de United Airlines, pasajeros y miembros de la tripulación intentaron recuperar el control de la aeronave después de enterarse de lo ocurrido en Nueva York y Washington.

Un gran avión volando sobre una pista
El 11-S llevó a Estados Unidos a cerrar su espacio aéreo y obligó a más de 4.500 aviones a aterrizar de inmediato. (Foto: Unsplash)

El avión terminó estrellándose en un campo de Pensilvania y no alcanzó el objetivo al que, según las investigaciones, se dirigían los secuestradores, el Capitolio de Estados Unidos, sede del Congreso. Es difícil dimensionar tantas víctimas. Como periodista especializado en viajes, suelo recordar a los pilotos, tripulantes de cabina y trabajadores de hoteles y aeropuertos que perdieron la vida ese día.

Las historias detrás de las cifras

Betty Ong, tripulante de cabina de American Airlines, estaba a bordo del vuelo 11. Durante el secuestro, mantuvo la calma y logró comunicarse con el personal de la aerolínea para transmitir información sobre lo que sucedía a bordo, incluidos datos sobre los atacantes y los asientos que ocupaban. Poco después, la aeronave impactó contra la Torre Norte del World Trade Center.

Joseph Keller trabajaba como jefe de housekeeping, el área responsable de la limpieza y el mantenimiento de las habitaciones, en el Marriott World Trade Center, un hotel de 22 pisos conectado a las Torres Gemelas. La mañana del 11 de septiembre había 940 huéspedes en el establecimiento. Keller ayudó a evacuar a decenas de personas y permaneció cerca de la recepción, indicando a los huéspedes por dónde salir. Su esposa lo llamó y le rogó que abandonara el edificio. Keller le respondió: "Me voy a ir de acá cuando pueda". Casi todos los huéspedes lograron salir antes de que el hotel colapsara, pero Keller no sobrevivió.

En el vuelo 93, la tripulante Sandy Bradshaw se sumó, junto con otros pasajeros, al intento de enfrentarse a los secuestradores. Antes llamó a su marido, piloto de United Airlines, para despedirse. Otro de los pasajeros, Todd Beamer, recitó el Salmo 23 de la Biblia durante una comunicación telefónica desde el avión y pronunció una expresión que quedaría asociada para siempre con aquel vuelo, "Let’s roll", que puede traducirse como "Vamos" o "En marcha".

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En el vuelo 93, pasajeros y tripulantes intentaron recuperar el control del avión antes de que cayera en Pensilvania. (Foto: Saul Loeb/AFP/Getty Images)

La libertad de viajar es uno de los pilares de las sociedades modernas y aquel día también quedó bajo ataque. Una tecnología que llevaba menos de un siglo de desarrollo terminó convirtiéndose en un arma. El rechazo a Occidente ocupaba un lugar central en la ideología de Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, junto con los conflictos geopolíticos y una interpretación religiosa extremista que alimentaron la estrategia de la organización.

El día en que se cerró el cielo de Estados Unidos

La reacción inmediata obligó a tomar decisiones que hasta entonces parecían impensadas. A las 9:45 de la mañana del 11 de septiembre, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos, la FAA por sus siglas en inglés, ordenó una suspensión general de los despegues. El espacio aéreo estadounidense quedó cerrado a la aviación civil y los aviones que ya estaban en vuelo debieron aterrizar lo antes posible.

Más de 4.500 aeronaves comerciales y privadas tuvieron que dirigirse a aeropuertos cercanos. Los vuelos internacionales que se dirigían hacia Estados Unidos fueron desviados principalmente hacia Canadá y México. Uno de los episodios más recordados ocurrió en Gander, una pequeña ciudad de la provincia canadiense de Terranova y Labrador, donde aterrizaron unos 38 aviones con alrededor de 6.600 personas a bordo.

La localidad tenía entonces apenas 10.000 habitantes. Escuelas, iglesias, centros comunitarios y hogares particulares abrieron sus puertas para alojar y asistir a los pasajeros que habían quedado varados. Aquella historia inspiró, años después, "Come From Away", el musical de Broadway que reconstruyó la experiencia de los viajeros y de los vecinos que los recibieron.

Los vuelos comerciales en Estados Unidos se reanudaron el 14 de septiembre de 2001, apenas tres días después de los atentados. Pero volver a poner los aviones en el aire no significó que los pasajeros estuvieran dispuestos a subir a ellos. En octubre viajé de Los Ángeles a Múnich por trabajo en un Boeing 747 de Northwest. Atravesar los controles de seguridad fue muy tenso, aunque el avión estaba tan vacío que pude viajar en el piso superior, un poco más cerca de Dios.

World Trade Center Disaster
Más de 9.000 personas murieron desde el 11-S por enfermedades vinculadas con la exposición durante las tareas de rescate y recuperación. (Foto: Todd Maisel/NY Daily News via Getty Images)

La demanda aérea tardó entre dos y cuatro años en volver a niveles similares a los previos al 11-S. Estudios citados por la organización estadounidense FlyersRights.org estimaron que el tráfico cayó más de un 30% inmediatamente después de los ataques y que, incluso años más tarde, se mantenía alrededor de un 7% por debajo de lo que habría sido sin aquel impacto. La confianza de los pasajeros había cambiado y también lo había hecho la forma de viajar.

Cuando las videollamadas empezaron a reemplazar viajes

Mientras los viajeros corporativos demoraban en volver, algunas empresas tecnológicas comenzaron a ofrecer herramientas de videoconferencia como alternativa a las reuniones y conferencias. El contexto tecnológico era muy diferente del actual, ya que muchas personas todavía utilizaban una conexión dial-up, que accedía a Internet a través de la línea telefónica y ofrecía velocidades extremadamente bajas en comparación con los estándares actuales.

Según la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos, la FCC, en junio de 2001 había solo 7,8 millones de conexiones de banda ancha correspondientes a hogares y pequeños comercios. Dos décadas más tarde, durante la pandemia de COVID-19, el panorama era completamente distinto. Para 2021, alrededor del 90% de los hogares estadounidenses tenía acceso a banda ancha, lo que permitió que plataformas como Zoom y Microsoft Teams se convirtieran en alternativas reales para reemplazar una parte de los viajes de negocios.

El 11-S también modificó para siempre la experiencia en los aeropuertos. Hoy es habitual atravesar extensas filas de seguridad, retirar determinados líquidos del equipaje de mano o pasar dispositivos electrónicos por sistemas de inspección. Muchas de esas medidas surgieron como respuesta a intentos de atentados posteriores.

La obligación de quitarse el calzado en determinados controles se reforzó después del caso de Richard Reid, conocido como el "shoe bomber". En diciembre de 2001 intentó detonar explosivos escondidos en sus zapatos durante un vuelo comercial. Las restricciones sobre líquidos se intensificaron después del complot transatlántico de 2006, un plan descubierto en el Reino Unido que buscaba utilizar explosivos líquidos contra aviones con destino a América del Norte.

TSA security lines at Denver International Airport
Tras el 11-S, los controles aeroportuarios se endurecieron y pasaron a formar parte habitual de la experiencia de millones de pasajeros. (Foto: Robert Alexander/Getty Images)

También se reforzaron las puertas de las cabinas de mando y se intensificaron los controles sobre pasajeros y equipajes. ¿Funcionaron esas medidas? La respuesta es sí, aunque con matices. Desde 2001 no se volvió a producir un accidente fatal de un gran avión comercial comparable a los ataques del 11-S. Al mismo tiempo, la cantidad de personas que vuelan en el mundo prácticamente se triplicó, de 1.620 millones en 2001 a unos 5.000 millones en 2025.

Los nuevos riesgos para la aviación comercial

Sin embargo, algunas mejoras también generaron riesgos inesperados. El 24 de marzo de 2015, el copiloto del vuelo 9525 de Germanwings esperó a que el comandante saliera de la cabina, bloqueó desde adentro la puerta reforzada e hizo descender deliberadamente el avión hasta estrellarlo contra los Alpes franceses. Murieron las 150 personas a bordo.

Los secuestros tampoco son el único riesgo de seguridad que enfrenta la aviación comercial. Las guerras y los conflictos armados expusieron a los aviones civiles a un nuevo peligro: los sistemas antiaéreos. En 2014, el vuelo 17 de Malaysia Airlines, un Boeing 777, fue alcanzado por un misil Buk, un sistema de defensa antiaérea de origen soviético, mientras sobrevolaba el este de Ucrania. Murieron los 298 pasajeros y tripulantes.

En 2020, fuerzas de la Guardia Revolucionaria iraní dispararon misiles tierra-aire contra un avión de Ukraine International Airlines que acababa de despegar de Teherán rumbo a Kyiv. Murieron las 176 personas a bordo

Otro episodio ocurrió el 25 de diciembre de 2024, cuando un avión de Azerbaijan Airlines que viajaba desde Bakú hacia Grozni, en Rusia, fue alcanzado por un sistema de defensa antiaérea ruso mientras se aproximaba a esa ciudad. El avión atravesó el mar Caspio y finalmente se estrelló cerca de Aktau, en Kazajistán. Murieron 38 personas

Air Malaysia Passenger Jet Crashes In Eastern Ukraine
Entre 2014 y 2024, varios de los peores desastres aéreos estuvieron ligados al impacto de misiles en zonas de conflicto. (Foto: Pierre Crom/Getty Images)

Los tres episodios dejaron en conjunto 512 muertos y demostraron que, aunque la seguridad en los aeropuertos y en los aviones se reforzó, la aviación civil sigue expuesta a riesgos externos al atravesar zonas de conflicto.

Una amenaza que no desapareció después del 11-S

La pregunta que queda es más amplia: ¿El mundo consiguió contener el terrorismo a gran escala después del 11-S? Los hechos posteriores muestran que la amenaza no desapareció. Los atentados de Mumbai de 2008 dejaron 166 muertos, los ataques coordinados de París en 2015 provocaron 130 víctimas fatales y el ataque de Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023 dejó alrededor de 1.200 muertos.

Un relevamiento de la Fondation pour l'innovation politique contabilizó más de 66.000 atentados terroristas de carácter islamista entre 1979 y abril de 2024, con al menos 249.941 víctimas fatales. El terrorismo busca generar miedo, víctimas y repercusión política mediante ataques capaces de producir un impacto mucho mayor que el estrictamente militar, por lo que los espacios con una gran concentración de civiles son muy vulnerables.

A 25 años del 11-S, los aeropuertos y las aerolíneas cuentan con barreras de seguridad que eran difíciles de imaginar antes de 2001. Buena parte de los procedimientos que hoy cualquier argentino encuentra al tomar un vuelo internacional nació o se profundizó a partir de aquella mañana. El desafío es evitar que la familiaridad con esos controles haga olvidar por qué existen.

Como afirmó el abogado y político irlandés John Philpot Curran en un discurso de 1790: "La condición bajo la cual Dios le concedió la libertad al hombre es la vigilancia eterna".

*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.

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