Suscribite
    ¡Hola!
    Cuenta
Forbes Argentina
Messi seul ar
Today
Messi seul ar
FOTO: seul.ar

Cristiano vs Leo: dos éticas sobre el mérito y el talento

Hernán Iglesias Illa Periodista y Escritor, Editor General de Seúl.ar

Share

Messi, en estado de gracia

25 Junio de 2026 18.45

Vino el otro día a la redacción mi amigo Juan Iramain, fino observador de la política, tucumano portador sano, y miramos juntos un rato de Portugal-Uzbekistán, a medida que se acumulaban los festejos raros de Cristiano Ronaldo, todos centrados en sí mismo. Qué mala suerte la de Cristiano, le dije a Juan. Ser contemporáneo del mayor talento que dio el fútbol. En casi cualquier otra época habría reinado indiscutido, pero lleva dos décadas atosigado por el fantasma de Messi, que además hace todo como sin querer, sin proponérselo. Sin levantar la vista de la computadora (todavía no tenemos TV), Juan respondió: “Me hace acordar a Borromini”.

Pasó a contarme entonces la historia de Francesco Borromini, uno de los grandes arquitectos del barroco romano, ambicioso y exitoso pero torturado por la comparación con su colega Gian Lorenzo Bernini, mucho más rico, famoso y admirado. Habían trabajado juntos de jóvenes en San Pedro y después se convirtieron en bitter rivals, como dirían los gringos. Bernini, favorecido por papas, príncipes y cardenales, tocaba todos los temas: escultor, arquitecto, urbanista, escenógrafo, artista total, el verdadero sucesor, decían, de Miguel Ángel. 

Diseñó la gran plaza de San Pedro, construyó iglesias, insuflaba vida en el mármol muerto. Borromini, taciturno y obsesivo, se la pasaba refunfuñando por no recibir tantos Balones de Oro vaticanos como Bernini, convencido de que el verdadero genio era él. Cuando a Bernini le aparecieron unas grietas en el campanario del Vaticano que estaba construyendo, el que lideró la oposición en su contra, para que lo echaran, fue Borromini, que se terminó suicidando, nadie sabe bien por qué, si le iba bien y era respetado, pero nadie puede descartar, y menos lo voy a hacer yo, que el veneno que sentía contra Bernini lo haya terminado consumiendo.

Juan me la dejó picando: Cristiano, como Borromini, le debe su éxito al esfuerzo, la disciplina y el estudio, está convencido de merecer más y odia que lo comparen con el genio. “¿Messi mejor que yo? No estoy de acuerdo”, dijo el año pasado en una entrevista. Meses antes se había considerado el mejor jugador de la historia. El otro día, después de meter dos goles, no quiso contestar una pregunta que mencionaba a Leo. Hay decenas de frases, a lo largo de estas décadas, que lo muestran incómodo en su relación con Messi e irritado contra el mundo ciego ante su grandeza y embobado con su bitter rival. También hay otras, eh, donde Cristiano dice que no hay rivalidad y pide a sus fans no meterse con Messi, pero las voy a ignorar para no dañar la comparación y porque el veneno, para cualquiera que quiera verlo, es evidente.

A Bernini, además, como a Messi, todo parecía salirle fácil. Era un talentoso que un día iba a un banquete de los Borghese, sus mecenas, y al otro esculpía, sin esfuerzo aparente, un éxtasis de Santa Teresa. Eso debía de ponerlo de los nervios al pobre Borromini, fastidioso y obsesivo, encerrado en su estudio en busca de la obra perfecta. Cristiano, de quien incluso quienes lo quieren marcan que su gran virtud es el perfeccionamiento minucioso de su físico y sus habilidades, no debe poder entender cómo Messi gana Balones de Oro siendo un pequeñajo físicamente inofensivo y que no fanfarronea nunca, jamás, sobre sus logros. 

Cuando a Messi le preguntan sobre los récords que está rompiendo se pone como un tomate: dice que son solo una estadística, que a él ya le parece suficiente estar considerado en el mismo grupo que Ronaldo Nazario, Zidane, Cruyff y otros terrícolas. Y cuando le preguntan cómo hizo para ganar tanto, meter tantos goles, dónde está el mérito de esta carrera demencial, su única respuesta, siempre tímida, siempre a tientas, es que Dios le dio un don y él solo tuvo que aprovecharlo. “Dios me eligió a mí”, le dijo a Juan Pablo Varsky hace un par de años. “Yo solo intenté aprovecharlo y sacarle todo el jugo”. 

Es una frase increíble, casi una aplicación literal de la parábola de los talentos, que Jesús contó, según Mateo, en uno de sus sermones: no todos recibimos los mismos talentos, pero todos debemos multiplicarlos. La ética de Cristiano, a pesar de su nombre, es menos cristiana y más de la época: constrúyete a ti mismo, nada es imposible, si le ponés garra podés ser lo que quieras. Más aún: construirte a vos mismo es la misión más importante de tu vida. Contra todos, contra el mundo que te tira para abajo, la opción de la voluntad infinita: si (pienso en Cristiano) cada día contás cuántas almendras te comés, conseguirás tus objetivos y serás quien querés ser. Y lo más importante: te lo habrás merecido.

Messi parece vivirlo de una manera distinta. Dice: yo puedo ser lo que soy sólo porque “Dios” me dio esto y después le saqué el jugo. No sabemos en qué está pensando Messi cuando dice “Dios”, pero sin dudas está hablando de un misterio, de algo que no puede explicar pero se siente obligado a honrar y cuidar. Todo lo demás será secundario. Los Balones de Oro, los récords, las estadísticas. Messi siempre dice que su misión está en la cancha, sacándole el jugo a su don. Las otras recompensas personales no son objetivos a ponerse sino consecuencias de haber respetado esa misión.

“Merezco más Balones de Oro que Messi”, le dijo Cristiano una vez a Piers Morgan. Fue hace años, pero muestra estas dos éticas distintas. Para Cristiano, la disciplina espartana es un medio para jugar mejor al fútbol, que a su vez es un medio para construir su personalidad, el fin último. Para Leo, el objetivo es ser feliz adentro de la cancha, en contacto con su misterio divino. En estado de gracia, por usar un hermoso concepto religioso ahora arruinado como cliché periodístico. 

Messi está agradecido, porque siente que ya lo tiene todo, especialmente después de ganar con Argentina. Cristiano, enfocado en sí mismo, parece sentir que todavía le falta algo, siempre insatisfecho, a pesar de sus múltiples éxitos y títulos.

Aunque no creamos en Dios, podemos coincidir con Messi en que su talento es un misterio. No sabemos de dónde viene, de qué carambola genética, social o deportiva. Y es lindo no saberlo ni querer explicarlo. Messi se ruboriza cuando le preguntan, porque sólo puede decir “Dios me eligió a mí”, como si le pareciera injusto tenerlo él y no todos los demás. 

¿Por qué Messi de chiquito, en esos potreros de Rosario, ya jugaba como jugaba? Nadie sabe. Y eso es lo lindo del fútbol, pero también de la vida, que es como el fútbol pero más complicada. Dejar un poco de lugar para el misterio, reconciliarse con no entender, abrirle la ventana a la gracia. Divina o cualquier otra.

Por mas historias del autor: https://seul.ar/author/adm-hernan/

10