Argentina cuenta con científicos reconocidos a nivel internacional, una larga tradición de investigación y casos exitosos de exportación de conocimiento. Sin embargo, convertir ese potencial en innovación con impacto global requiere mucho más que talento. La necesidad de fortalecer alianzas, atraer capital, consolidar marcos regulatorios previsibles y generar puentes con los principales centros de innovación del mundo fue uno de los grandes ejes del panel “I+D: exportar valor desde Argentina”, realizado durante el Forbes Health in Action Summit y moderado por Laura Mafud, periodista y editora de Forbes Argentina.
Uno de los primeros consensos entre los participantes fue que la innovación en salud es, por definición, un esfuerzo colectivo. Guido Nicolás Molina, cofundador y Chief Scientific Officer de SphereBio, sostuvo que ninguna organización puede recorrer sola el camino que va desde una idea científica hasta una solución disponible para los pacientes. “Necesitamos vincularnos y, de manera activa, por ejemplo, nosotros en preclínica tenemos que estar con universidades que tienen equipamiento complejo, servicios, también hospitales. Tenemos que validar que nuestra idea tenga un sentido al final de toda esa cadena”, explicó.
Matías Peire, fundador y CEO de GridX, amplió esa mirada y planteó que las alianzas deben pensarse tanto hacia atrás como hacia adelante en la cadena de innovación. Hacia atrás, señaló, aparece el sistema científico argentino. “No podemos pensar nada de lo que sea hacia adelante si no tenemos un sistema de investigación robusto que esté produciendo esa ciencia básica”, sostuvo. Hacia adelante, en cambio, aparecen dos actores centrales: el capital y las corporaciones capaces de escalar las tecnologías desarrolladas.
Según Peire, la discusión también exige distinguir entre distintos tipos de investigación. Por un lado, la investigación clínica, donde Argentina ya posee una trayectoria consolidada y exporta servicios de alto valor. Por otro, la investigación de frontera destinada a generar nuevas terapias, diagnósticos y tecnologías disruptivas.

Desde la perspectiva de la industria farmacéutica, María Belén Aguiar, directora de Acceso y Comunicaciones de MSD Argentina, destacó que la innovación solo puede desarrollarse dentro de un ecosistema articulado. “Es imposible pensar en este trabajo en silo, este desarrollo de innovación es el resultado de un esfuerzo colectivo”, señaló. Actualmente, MSD cuenta con más de 110 protocolos activos en más de 140 centros de investigación del país y más de 2200 pacientes enrolados voluntariamente en estudios clínicos.
La ejecutiva también subrayó el papel que ocupa Argentina dentro de la red global de investigación de la compañía. “Uno de los siete centros de investigación y desarrollo mundiales está en Argentina”, afirmó. Además, explicó que el país se consolidó como un exportador de conocimiento gracias a una combinación de factores que incluyen talento altamente calificado, infraestructura científica, diversidad clínica y genética y una capacidad de adaptación desarrollada a lo largo de sucesivas crisis económicas.
Esa valoración sobre el talento local también fue compartida por Molina, cuya compañía desarrolla inmunoterapias personalizadas y mantiene sus actividades de investigación en Argentina mientras avanza comercialmente en Estados Unidos. “Hacer ciencia en Argentina es muy costo eficiente, y, además, el talento que hay local es grandioso. Los científicos y médicos argentinos son reconocidos en todos los lugares del mundo”, destacó. Según explicó, esa combinación permite a las startups generar tracción con rapidez y competir en escenarios internacionales.

Peire fue un paso más allá y aseguró que la región atraviesa una oportunidad histórica. “Por primera vez en la historia de América Latina tenemos la posibilidad de subirnos al desarrollo de una nueva disrupción tecnológica en el momento que está ocurriendo”, afirmó. A diferencia de otros ciclos tecnológicos, donde la región actuó principalmente como adoptante de innovaciones desarrolladas en otros mercados, hoy existe la posibilidad de participar desde el origen en la construcción de nuevas soluciones.
Sin embargo, todos los participantes coincidieron en que el potencial no alcanza sin condiciones adecuadas para sostener la inversión. Aguiar recordó que la investigación y desarrollo es una actividad de alto riesgo y largo plazo. “Tenemos capacidad y calidad técnica y científica. Lo que necesitamos es un entorno regulatorio que acompañe y reglas claras y previsibles”, sostuvo. Como ejemplo, explicó que de cada 5000 moléculas descubiertas solo una llega al mercado, en un proceso que puede demandar una década y alrededor de US$ 2600 millones de inversión.
La cuestión cultural también apareció como un desafío relevante. Peire señaló que todavía existen prejuicios dentro de algunos sectores del sistema científico respecto del capital de riesgo y los procesos de escalamiento empresarial. “Es cultural, en principio. En muchos casos es ideológico, muchas veces es por desconocimiento”, afirmó. Para el emprendedor, lograr que más investigadores comprendan estas dinámicas será fundamental para transformar descubrimientos científicos en empresas capaces de competir globalmente.

Molina coincidió en la existencia de una transición cultural en marcha y destacó la necesidad de tender puentes entre la investigación académica y la creación de productos concretos. “Hay un componente cultural muy fuerte, que es algo que va cambiando, pero que creo que hay que seguir acompañando esa evolución”, señaló. También remarcó la dificultad de acceder a financiamiento para atravesar las etapas regulatorias y preclínicas, consideradas entre las más costosas y riesgosas del proceso.
En ese contexto, la construcción de vínculos internacionales aparece como otro factor decisivo. Peire remarcó la importancia de fortalecer los puentes con Estados Unidos y Europa para validar proyectos nacidos en la ciencia argentina, mientras que Molina contó que SphereBio ya trabaja con inmunólogos y médicos afiliados a Harvard interesados en probar su tecnología para glioblastoma. “Les interesó mucho lo que hacemos porque, justamente, ellos ya están probando terapias personalizadas, conocen de primera mano las limitaciones, los tiempos que llevan para pacientes que tienen pocos meses”, explicó.
La retención del talento fue el tema que cerró la conversación. Para Aguiar, más allá de la compensación económica, existe un factor diferencial vinculado al impacto de los proyectos. “Desarrollar y lanzar al mercado una vacuna, un medicamento que puede salvar una vida, puede prevenir una enfermedad, puede mejorar la expectativa de vida”, describió.
Peire agregó que la salida de científicos al exterior forma parte del proceso de formación, pero enfatizó la necesidad de crear un ecosistema capaz de recibirlos nuevamente. Allí, coincidieron los tres referentes, se juega una de las claves para que Argentina transforme su capacidad científica en una plataforma sostenible de innovación y exportación de valor al mundo.