Daniel Dreizzen - Aleph Energy
Argentina atraviesa un momento particularmente interesante en materia hidrocarburífera. Después de años en los que el principal desafío era demostrar que el país podía desarrollar sus recursos naturales, hoy esa discusión parece haber quedado atrás. En Oil & Gas, los grandes proyectos ya llegaron.
Vaca Muerta dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad productiva. La escala de las inversiones, el crecimiento de la producción y la construcción de nueva infraestructura exportadora muestran que existe capacidad empresaria, tecnológica y financiera para desarrollar proyectos de gran magnitud en Argentina. El oleoducto Vaca Muerta Sur, los nuevos proyectos de gas y las iniciativas vinculadas al GNL son ejemplos concretos de ese cambio de escala.
Pero el verdadero desafío que tenemos por delante es todavía mayor. Argentina no necesita solamente más producción de petróleo, gas, cobre o litio. Necesita utilizar esos recursos como plataforma para desarrollar megaproyectos y nuevas industrias: GNL, petroquímica, datacenters, procesamiento de minerales, manufacturas vinculadas a la energía y otras cadenas de valor que hoy prácticamente no existen en el país.
Y para eso hace falta algo más que recursos naturales. Los proyectos de escala mundial tienen horizontes de inversión de 20, 30 o incluso 40 años. Requieren desembolsos de miles de millones de dólares antes de comenzar a generar ingresos y necesitan competir contra alternativas localizadas en Estados Unidos, Canadá, Australia, Medio Oriente o Brasil. En ese contexto, la estabilidad macroeconómica y fiscal es importante, pero no suficiente.
El inversor necesita tener la certeza de que las reglas bajo las cuales toma la decisión hoy seguirán siendo respetadas mañana. Necesita previsibilidad cambiaria, tributaria, regulatoria y contractual. Y, fundamentalmente, necesita confiar en que el Estado argentino cumplirá los compromisos asumidos. Confianza contractual.
El RIGI representa un avance muy significativo justamente porque intenta resolver parte de este problema: transforma la previsibilidad en un componente explícito del marco de inversión. El desafío ahora es sostener esa confianza en el tiempo.
La continuidad de la política económica será probablemente uno de los activos más importantes que Argentina pueda ofrecer a los inversores durante los próximos años. No necesariamente porque todos los gobiernos deban hacer exactamente lo mismo, sino porque debe existir una convicción transversal respecto de algunas reglas básicas: equilibrio macroeconómico, apertura, respeto de contratos, libertad para operar y estabilidad regulatoria.
El segundo desafío es más concreto: hay proyectos que Argentina puede desarrollar, pero que no puede desarrollar sola cada empresa por separado. Un megaproyecto de GNL necesita gas, plantas de tratamiento, ductos, puertos, electricidad, caminos y servicios logísticos. Una nueva industria petroquímica necesita materia prima, transporte, energía, agua e infraestructura portuaria. Una mina de cobre necesita caminos, energía y eventualmente nuevas líneas de transmisión. Un proyecto de hidrógeno necesita enormes cantidades de electricidad renovable, agua, logística y puertos. La infraestructura deja entonces de ser un tema exclusivamente empresarial para convertirse en una cuestión de coordinación.
Argentina tendrá que encontrar mecanismos para articular al sector privado, Nación, provincias y municipios. No necesariamente significa volver al modelo de grandes obras financiadas íntegramente por el Estado. En muchos casos, probablemente el camino sea justamente el contrario: generar las condiciones para que el sector privado pueda invertir. Pero alguien tiene que coordinar. Un gasoducto, una línea eléctrica, una ruta o una terminal portuaria pueden ser económicamente viables si existen varios proyectos detrás.
El problema aparece cuando cada empresa espera que otra tome primero la decisión de invertir. Ahí es donde el Estado tiene un rol difícil de reemplazar: coordinar, ordenar prioridades y generar las condiciones para que la infraestructura común se adelante a la inversión privada.
El Súper RIGI puede ser el puente hacia la nueva etapa: extender y profundizar los incentivos del RIGI hacia industrias y cadenas de valor que todavía no tienen una presencia significativa en Argentina. Esto cambia la naturaleza del desafío. No se trata solamente de producir más gas, sino de transformar ese gas en productos con mayor valor agregado. No solamente extraer litio, sino desarrollar parte de su cadena de valor. No solamente exportar electricidad o energía renovable, sino utilizarla para producir nuevos bienes, inteligencia artificial y servicios competitivos internacionalmente.
Argentina tiene una oportunidad extraordinaria porque posee simultáneamente recursos energéticos, minerales, tierras, agua, potencial renovable, capacidades industriales y capital humano. Lo que todavía falta es convertir todas esas ventajas en proyectos integrados de escala global.
El momento es ahora, pero los resultados llevarán tiempo. Hay que evitar también una expectativa equivocada. Los grandes proyectos energéticos y mineros no se construyen en meses. Mucho menos las nuevas industrias. Entre la decisión de inversión, el financiamiento, la ingeniería, los permisos, la construcción y la puesta en marcha pueden pasar varios años.
Por eso, que todavía no veamos una explosión de mega proyectos industriales no significa que la oportunidad no exista. Significa que Argentina está atravesando una etapa de transición.
La Argentina de los próximos años puede ser muy diferente de la Argentina de los últimos años. Pero para que eso ocurra hay dos condiciones que serán determinantes: confianza y coordinación. Confianza para que un inversor pueda comprometer US$5.000, US$10.000 o US$20.000 millones pensando en las próximas décadas. Y coordinación para que el Estado, las empresas y las distintas jurisdicciones puedan construir la infraestructura que haga posible esa inversión.
El RIGI puede ser una herramienta fundamental. El Súper RIGI puede ampliar todavía más esa oportunidad. Y la continuidad de una política económica basada en estabilidad, apertura, inversión y respeto de contratos puede terminar siendo el factor decisivo.
Argentina ya demostró que puede desarrollar grandes proyectos. El próximo paso es demostrar que también puede construir megaproyectos, nuevas industrias y cadenas de valor completas. Ese es, probablemente, el verdadero salto de escala que todavía tenemos por delante.
- Daniel Dreizzen es Managing Director de Aleph Energy