Durante años, Álvaro García Resta pensó las ciudades desde la planificación urbana. Como secretario de Desarrollo Urbano de la Ciudad de Buenos Aires impulsó proyectos de reconversión de grandes infraestructuras y defendió una idea que hoy sigue sosteniendo: las ciudades no deben crecer solamente hacia afuera o hacia arriba, sino también reinventarse desde adentro.
Pero su mirada de arquitecto se reconvirtió cuando nació Manolo, su hijo, y el diagnóstico de autismo pasó a formar parte de la vida cotidiana de la familia. García Resta comenzó a observar la ciudad desde otro lugar. El ruido, la sobreestimulación, la falta de información o de previsibilidad dejaron de ser cuestiones secundarias para convertirse en obstáculos concretos de su día a día.
Esa experiencia personal terminó cruzándose con su profesión. El resultado es Ciudades Azules, un libro escrito junto a la urbanista Lucía Bellocchio (también mamá de un niño dentro del espectro autista) que propone pensar ciudades más silenciosas, predecibles e inclusivas. No solo para las personas neurodivergentes, sino para todos los que la habitan.
En diálogo con Forbes, García Resta explica por qué cree que el futuro del urbanismo pasa menos por construir edificios y más por entender cómo viven las personas.
-Te definís como urbanista; ¿Qué significa planificar una ciudad hoy?
-Planificar una ciudad es tener un plan y ejecutarlo de manera consistente. Muchas veces creemos que una ciudad planificada es aquella cuya traza fue diseñada desde cero, pero eso quedó en el pasado. Hoy las ciudades ya existen y la planificación consiste en actualizarlas permanentemente para responder a nuevos desafíos.
-¿Ese proceso nunca termina?
-Nunca. Las ciudades cambian todo el tiempo y los planes también tienen que hacerlo. En Buenos Aires, por ejemplo, durante mi gestión nos enfocamos en regenerar infraestructuras que habían quedado obsoletas. Entendimos que la ciudad podía crecer hacia adentro, recuperando lugares abandonados y transformándolos en nuevos espacios públicos como por ejemplo el Paseo Gigena, el ex Tiro Federal o el Via Via bajo las vías del tren Mitre en Belgrano.
-¿Por qué esa mirada?
-Porque las ciudades cambian cada vez que cambia la forma en que las personas producen y viven. Primero fue la revolución agrícola, después la industrial y luego la tecnológica. Hoy la productividad ya no depende de estar en una fábrica o una oficina: la llevamos en el celular. Eso obliga a repensar completamente el espacio urbano para un nuevo habitante nómade
-Incluso hablas de una cuarta revolución ligada a la inteligencia artificial.
-Sí. Probablemente la IA termine separando la productividad incluso de las personas. Si trabajamos menos horas porque la tecnología hace parte de las tareas, necesitaremos mejores espacios públicos y espacios verdes para disfrutar ese tiempo. Las ciudades tendrán que prepararse para eso. Es una transformación que se irá estableciendo progresivamente.
El libro nace desde otro lugar, mucho más personal. ¿Cómo se cruzan esas dos historias?
Porque descubrí que, en realidad, siempre fueron la misma historia. Soy urbanista, pero también soy el papá de Manolo. Durante años pensé que esos eran dos mundos distintos hasta que entendí que los chicos con autismo no viven en "su mundo", viven en el nuestro. Entonces la pregunta dejó de ser cómo adaptarlos a la ciudad y pasó a ser cómo hacemos ciudades mejores para ellos.
¿Qué cambió en tu manera de mirar la ciudad?
Empecé a notar cosas que antes me pasaban inadvertidas. El ruido, por ejemplo. Para muchos es simplemente parte del paisaje urbano; para una persona dentro del espectro puede ser una fuente permanente de estrés, de alerta continua. Lo mismo ocurre con la imprevisibilidad. Una ciudad que anticipa información, que comunica mejor y que reduce estímulos innecesarios mejora la experiencia de todos.
Por eso hablan de "Ciudades Azules". ¿Qué significa ese concepto?
El azul es un color asociado al autismo porque transmite calma. Pero la idea va mucho más allá del color. Una ciudad azul es una ciudad que pone en el centro a las personas. No propone hacer ciudades especiales para una minoría, sino ciudades más humanas para todos.
¿El libro está dirigido a urbanistas o a familias? ¿Con que propósito se escribió?
A cualquiera que quiera mirar la ciudad de otra manera. No escribimos un manual. Contamos nuestra experiencia como padres y como urbanistas. Sabemos mucho sobre ciudades, pero no pretendemos enseñar cómo criar a un hijo con autismo. Lo que sí mostramos es que cuando una ciudad funciona para quienes enfrentan mayores dificultades, funciona mejor para todos.
¿Qué tendría que cambiar primero?
Hay cuestiones físicas y otras culturales. La más difícil es la cultural. Muchas veces la gente mira con incomodidad a un chico con autismo porque simplemente no entiende qué está pasando. Cuando conoce la situación, suele reaccionar con empatía. El libro también busca acelerar ese cambio de mirada.
¿Qué ejemplos concretos imaginás?
Desde una movilidad menos ruidosa, de la mano por ejemplo de los autos eléctricos, hasta sistemas que anticipen información, igual que hace el Waze cuando estás manejando. También más árboles, espacios públicos de calidad y entornos previsibles, además de cuestiones cognitivas como el arbolado. Son cosas que benefician a las personas dentro del espectro, pero también a los adultos mayores, a los niños y, en definitiva, a cualquiera que habite la ciudad. Es una forma de vivir mejor
Después de haber pasado por la gestión pública, ¿volverías?
Creo que no. La gestión me permitió comprobar el enorme impacto que tiene transformar un territorio. Pero hoy siento que mi aporte pasa por otro lado: divulgar estas ideas y ayudar a distintas ciudades a planificar mejor. Mi objetivo es que el urbanismo deje de pensarse desde los edificios y empiece a pensarse desde las personas.
¿En qué estás trabajando ahora, más allá del lanzamiento del libro?
Trabajo como urbanista en muchas ciudades (Colombia, Paraguay, Perú, Chile, Argentina). Además en el interior del país como en Villa Allende, Córdoba en donde tienen mucha conciencia; el intendente incluso planteó usar pulseras azules con datos de contacto para niños neurodivergentes por si se pierden y no pueden comunicarse verbalmente. Mi camino ahora es la divulgación y mostrar el rol del urbanista