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Foto: Gentileza Presidencia.

Barclays: por qué el alivio financiero no alcanza para gobierno de Milei

Esteban Monte

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La estabilización de la economía todavía es frágil y presenta riesgos a pesar de que las tasas de interés bajan pero el crédito sigue sin despegar.

5 Mayo de 2026 17.22

En Argentina, los cambios económicos rara vez son lineales. Más bien se parecen a transiciones incompletas, donde conviven señales de mejora con tensiones persistentes. En ese terreno se mueve hoy la economía bajo el gobierno de Javier Milei: un escenario en el que la estabilización empieza a consolidarse, pero todavía no logra traducirse en una recuperación palpable para la mayoría.

Un reciente informe de Barclays resume esa sensación con una imagen potente: lo que está ocurriendo podría ser apenas “una gota de agua en el desierto”. La referencia apunta, sobre todo, a la baja de las tasas de interés reales en el corto plazo, un movimiento que en otros países suele impulsar el crédito, el consumo y la actividad. En Argentina, sin embargo, ese canal parece debilitado.

La razón es estructural. El crédito al sector privado es extremadamente bajo en comparación internacional: representa menos del 10% del PBI. En la práctica, eso implica que hay poco margen para que una mejora en las condiciones financieras se transforme en mayor dinamismo económico. Incluso si las tasas bajan, el impacto es limitado porque el sistema financiero es chico, los depósitos en pesos son escasos y los bancos ya operan con niveles elevados de préstamos en relación a esos fondos.

A eso se suma un dato clave: la morosidad está en niveles altos, especialmente en los créditos a familias. En ese contexto, ni la oferta ni la demanda parecen en condiciones de expandirse con fuerza. El resultado es una economía donde el crédito no logra cumplir el rol de motor, sino que apenas acompaña.

Electrodomésticos (SE PUDE USAR - Fars Media Corporation, CC BY 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/4.0>, via Wikimedia Commons)
El crecimiento está impulsado por los bienes durables (autos, electrodomésticos, productos importados) que tienden a concentrarse en sectores de mayores ingresos. (Foto: Fars Media Corporation, CC BY 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by/4.0>, via Wikimedia Commons)

Pero si el frente financiero muestra límites, el consumo introduce otra paradoja. En términos agregados, se encuentra en niveles elevados. Sin embargo, esa cifra esconde una dinámica profundamente desigual. El crecimiento está impulsado por los bienes durables (autos, electrodomésticos, productos importados) que tienden a concentrarse en sectores de mayores ingresos. La apertura comercial y la mejora de los salarios en dólares desde 2023 jugaron a favor de ese segmento.

Del otro lado, el consumo masivo cuenta una historia distinta. Las ventas en supermercados siguen deprimidas y no logran recuperar terreno. Esa brecha explica por qué, aun con indicadores que sugieren cierta recuperación, la percepción social sigue siendo negativa. No se trata solo de cuánto se consume, sino de quiénes pueden hacerlo.

Supermercado

En paralelo, el principal logro del gobierno (la desaceleración de la inflación) empieza a cambiar de significado político. Haber pasado de niveles cercanos al 300% anual a una zona en torno al 30% representa un giro contundente. Sin embargo, a medida que la inflación deja de ser una urgencia cotidiana, otras variables ocupan el centro de la escena.

El foco se desplaza hacia los ingresos, el empleo y el poder adquisitivo. La preocupación ya no es tanto cuánto suben los precios, sino cuánto rinde el salario. Y ahí la recuperación es más lenta, más incierta y, sobre todo, menos homogénea.

En ese contexto aparece otro elemento central: la relación entre la situación económica y la popularidad del gobierno. Según el análisis de Barclays, la imagen de Javier Milei todavía se mantiene por encima de lo que sugeriría la experiencia económica promedio de la población. Es lo que describen como una “prima política”, un margen de apoyo que suele existir en los primeros tramos de una gestión.

Esa diferencia, sin embargo, no es permanente. Con el paso del tiempo, tiende a achicarse. Y si la mejora económica no llega al bolsillo de la mayoría, el riesgo es que la percepción termine alineándose con la realidad cotidiana. En ese punto, la estabilidad deja de ser suficiente.

El problema de fondo es que el programa económico (basado en el ajuste fiscal, la apertura comercial y un tipo de cambio fuerte) plantea beneficios claros en el largo plazo, pero costos visibles en el corto. La actividad fuera de los sectores más competitivos sigue débil, lo que impacta en el empleo y en los salarios reales.

La expectativa es que, con una inflación más baja, los ingresos comiencen a recuperarse gradualmente. Pero para que ese proceso sea sostenido, hace falta algo más que estabilidad: se necesita crecimiento. Y ese es, precisamente, el eslabón que todavía no aparece con claridad.

Mientras tanto, los mercados observan. No tanto por un cambio inmediato de rumbo, sino por la posibilidad de que las tensiones económicas se traduzcan en mayor incertidumbre política. El regreso a esquemas del pasado no figura como escenario central, pero tampoco se descarta que el riesgo empiece a reflejarse en los precios de los activos si el malestar se profundiza.

Argentina, una vez más, transita una zona intermedia. Ha dejado atrás una crisis aguda, pero aún no logra construir una recuperación sólida. Entre el alivio y la frustración, se define una etapa en la que los logros macroeconómicos deberán empezar a convertirse en mejoras concretas para sostenerse en el tiempo.

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