Microsoft invirtió US$ 1000 millones en OpenAI, una empresa que entonces aún transitaba sus primeros pasos, cuando, según afirmó, “nadie más estaba dispuesto” a hacerlo. Así definió el CEO Satya Nadella aquella apuesta de capital realizada en 2019.
Pero Microsoft fue más allá. Además del financiamiento, abrió a OpenAI el acceso estratégico a sus centros de datos para desarrollar y entrenar sus modelos de IA. Es una historia inspiradora, de las que economistas y funcionarios deberían observar con especial atención.
Para entender por qué, conviene revisar cómo piensan los economistas cuando buscan impulsar el crecimiento económico. Casi siempre miran hacia la Reserva Federal, una de las mayores empleadoras de economistas. Allí sus análisis suelen desviarse, y no precisamente hacia un rumbo productivo.
Lo que realmente motoriza el crecimiento es la inversión audaz, algo que el banco central estadounidense no puede generar por sí mismo. Por eso, la historia vuelve a Microsoft.
La inversión inicial de US$ 1000 millones en OpenAI, cuando “nadie más estaba dispuesto a hacerlo”, dejó en claro que Nadella y otros ejecutivos de Microsoft sabían perfectamente que podían perder hasta el último centavo. Ese es el punto clave: Microsoft tenía US$ 1000 millones disponibles para arriesgar.
Es una lección que los funcionarios deberían asimilar. El verdadero motor de los grandes saltos económicos suele ser la sorpresa. Por fortuna, Microsoft, Nvidia, Amazon, Google, Elon Musk, Sam Altman y una larga lista de empresas e individuos poseen el tipo de riqueza que pueden permitirse perder.
Conviene recordar qué entusiasma al inversor de capital de riesgo Vinod Khosla. A él le atraen las ideas imposibles. Sí, esas tan extravagantes que parecen desafiar cualquier descripción razonable.
Tal vez eso ayude a entender qué quiso decir Nadella con la inversión inicial de Microsoft en OpenAI, cuando “nadie más estaba dispuesto a hacerlo”. Microsoft estaba apostando, justamente, por lo imposible.
Si quedan dudas, basta con observar la distancia entre 2019, cuando se concretó aquella inversión, y 2026. Decir que 2019 fue otro siglo en términos tecnológicos ya no alcanza para medir la magnitud del salto. Imaginá que entonces te presentaban una herramienta capaz de responder cualquier pregunta con fundamento, escribir cualquier artículo con destreza y organizar todo el conocimiento del mundo de un modo que permitiera a las máquinas pensar por nosotros, como ya venían haciendo desde hacía tiempo.
Visto desde 2019, ¿sorprende que el financiamiento disponible para OpenAI fuera bastante limitado? La respuesta debería resultar evidente.
Más importante aún: al responder esa pregunta, conviene advertir la insensatez de buena parte del pensamiento económico actual. La Reserva Federal emplea a más economistas que cualquier otra entidad del mundo, pero ¿con qué propósito? Una inversión menor, al menos bajo los estándares de Microsoft, puso a OpenAI en camino de transformar el trabajo y el pensamiento tal como los conocemos, con efectos que potenciarán con fuerza la productividad humana ahora y en los próximos años.
¿Qué papel cumple realmente la Reserva Federal en el crecimiento económico, si los grandes avances de productividad suelen surgir de la innovación privada y no de la política monetaria?
En cuanto a los funcionarios, pasaron décadas redactando un código tributario prácticamente incomprensible, diseñado para extraer cada vez más riqueza del sector privado. La verdad oculta detrás de esa dinámica es trágica. Para entenderla, basta pensar en la infinidad de ideas “imposibles”, aquellas que “nadie más estaba dispuesto a financiar”, que jamás prosperaron porque nunca tuvieron siquiera la oportunidad de fracasar.
Por ahora, los logros pasados y presentes de Microsoft favorecieron la formación de capital que, entre otras cosas, hizo posibles los avances extraordinarios de OpenAI y terminó transformando el mundo. Eso es crecimiento económico. Y sería razonable preguntarse cuánto más crecimiento habría con impuestos mucho más bajos, capaces de permitir que más ideas, en apariencia imposibles, encontraran finalmente financiamiento.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com