La semana de la moda de Nueva York cerró otra temporada, y la conversación que quedó después de cada colección no pasó por una silueta ni por una paleta de colores. Esta vez, el tema fue la inteligencia artificial. Los números lo dejan a la vista. Morgan Stanley estima que la IA podría generar un ahorro de US$ 6000 millones en costos a lo largo de toda la industria de la moda. Para el banco, ese impacto representaría un impulso fuerte para el sector, equivalente a un aumento del 20 % en las ganancias antes de intereses e impuestos en 2026.
Al mismo tiempo, los ejecutivos de la moda ya ven a la IA como la mayor oportunidad para la industria: por primera vez, la ubicaron por delante de la diferenciación de productos y la sostenibilidad. La discusión ya no pasa por la tecnología: pasa por la estrategia del negocio.
El cambio también se ve del lado del consumidor. Según Business of Fashion y su informe "Estado de la moda 2026", el 53 % de los consumidores de Estados Unidos que usaron IA generativa para búsquedas en el segundo trimestre de 2025 también la usaron para comprar. Además, las búsquedas con IA vinculadas a compras crecieron un 4700 % entre 2024 y 2025. Así, los consumidores ya no descubren moda solo a través de redes sociales y editoriales: ahora le preguntan a la IA qué comprar y dónde hacerlo.
Pero la velocidad también expone una vulnerabilidad. En un mundo donde la IA puede generar y replicar una estética visual en segundos, la cuestión de la propiedad intelectual pasó a ser el problema sin resolver más urgente de la moda. La legislación sobre derechos de autor no se pensó para este momento.
Un drapeado característico, un corte distintivo, un motivo recurrente: nada de eso queda del todo protegido por la legislación vigente en Estados Unidos, que en gran medida excluye a la ropa de la protección de los derechos de autor. La IA no creó esta fragilidad, pero sí la volvió mucho más peligrosa, porque redujo lo que antes llevaba meses de imitación a apenas horas.
Entonces, ¿cómo gana un diseñador cuando cualquiera puede imitar su estética de la noche a la mañana?
La respuesta no pasa por trabas legales, sino por la arquitectura de la marca. Los diseñadores que se imponen no compiten solo con diseño: también lo hacen con narrativa, comunidad y velocidad. Quien pone una imagen en el mercado antes que un imitador se queda con el reclamo cultural. Los consumidores cada vez entienden más esa diferencia. No buscan únicamente la prenda: también quieren la historia de quién la creó primero y por qué.
El reconocimiento refuerza esa ventaja. Cuando el nombre de un diseñador pesa de verdad, la copia pasa a ser un homenaje y el original conserva su autoridad. Por eso, la inversión en marca —presencia editorial, sintonía cultural y un punto de vista claro— importa más que cualquier colección en particular.
Los diseñadores que prosperen no serán los que se resistan a la IA, sino los que la implementen más rápido y con mayor intención que sus competidores, a la vez que construyen una resonancia humana que ningún algoritmo puede fabricar.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com