Hace cuatro décadas que sigo de cerca las grandes transformaciones tecnológicas y pocas veces vi una discusión como la que tomó fuerza el último fin de semana. Mientras investigadores y ejecutivos analizan si la inteligencia artificial puede representar un riesgo existencial para la humanidad, los líderes de las dos mayores economías del mundo plantearon visiones sobre la IA que avanzan en direcciones opuestas y reflejan una de las principales tensiones de esta etapa tecnológica.
La distancia entre ambas posturas resulta difícil de ignorar.
El presidente Trump, durante un discurso que pronunció el sábado, restó importancia a las advertencias de Anthropic, OpenAI y Google, empresas cuyos propios científicos reclamaron mayor cautela frente a la velocidad con la que avanza esta tecnología. Su mensaje dejó poco margen para interpretaciones: mantener el liderazgo de Estados Unidos en inteligencia artificial constituye una prioridad que no está dispuesto a negociar.
"Estamos a la vanguardia de China en inteligencia artificial… y, francamente, quiero que siga siendo así, porque quien gane en IA, gana", afirmó.
Se trata de una lógica de suma cero que remite a los códigos de la Guerra Fría, aunque aplicada a una tecnología cuya naturaleza difiere por completo de la de un arsenal de misiles. La inteligencia artificial se desarrolla a partir de conocimiento, infraestructura, datos y talento que pueden circular entre países, empresas y comunidades científicas, una dinámica muy distinta de la que definió la carrera armamentista del siglo XX.
Un día después, en India, Xi Jinping, presidente de China, presentó una postura opuesta. Durante su discurso ante los líderes del Sur Global en la Cumbre de los BRICS, respaldó el desarrollo de código abierto, la cooperación internacional y la creación de reglas compartidas para gobernar la IA, aunque evitó precisar cómo funcionarían esos mecanismos. Su mensaje buscó interpelar a los países que temen quedar rezagados frente a Estados Unidos y China, las dos potencias que concentran buena parte del desarrollo tecnológico más avanzado en este terreno.
La historia de otras grandes transformaciones tecnológicas ofrece un antecedente claro. Durante los primeros años de la computación personal y, más tarde, de internet, también surgieron disputas entre los modelos propietarios y los estándares abiertos. La diferencia es que aquellas discusiones tuvieron al mercado como escenario principal. Ahora, esa tensión pasó al terreno geopolítico: Estados Unidos y China plantean modelos distintos sobre cómo debería desarrollarse, distribuirse y gobernarse la inteligencia artificial en el resto del mundo.
El punto que genera mayor preocupación para quienes siguieron durante décadas la expansión global de la tecnología es que ninguna de estas dos visiones, considerada de manera aislada, parece suficiente para responder a los desafíos que plantea la inteligencia artificial.
La lógica competitiva que plantea Trump tiene fundamentos estratégicos. Empresas estadounidenses como Anthropic, OpenAI y Google consiguieron una ventaja relevante en el desarrollo de modelos de IA de última generación, un terreno que Washington considera clave preservar. El peso que esta tecnología adquirió sobre la productividad económica, las capacidades militares y los ecosistemas de información convirtió esa ventaja en un activo cada vez más importante para Estados Unidos.
El problema aparece cuando esa competencia se transforma en una lógica excluyente. Una estrategia llevada al extremo podría fragmentar las discusiones internacionales sobre seguridad y gobernanza de la IA, justo cuando muchos de sus riesgos trascienden las fronteras nacionales. El desplazamiento laboral, la desinformación y los escenarios más especulativos vinculados con amenazas existenciales requieren algún grado de coordinación entre países. Una dinámica basada exclusivamente en la idea de que el avance de una potencia implica la derrota de la otra complica la construcción de reglas y salvaguardias internacionales para una tecnología con alcance global.
La propuesta de Xi Jinping de impulsar una mayor apertura y cooperación puede resultar atractiva, en especial para los países que temen quedar atados de manera permanente a Silicon Valley o a Pekín para sostener su infraestructura de inteligencia artificial. Sin embargo, el modelo chino de control sobre la IA dista de ofrecer una referencia de apertura, mientras que una arquitectura internacional presentada sin mecanismos concretos corre el riesgo de quedar más cerca de una herramienta diplomática que de una política capaz de aplicarse en la práctica. Antes de otorgarle mayor peso, harían falta pruebas mucho más sólidas.
Tampoco conviene analizar estas propuestas únicamente a partir de los principios que cada potencia declara defender, porque ambas forman parte de una rivalidad estratégica mucho más amplia. El elemento más revelador es la desconfianza mutua que atraviesa los dos discursos. Washington y Pekín parten de la premisa de que el otro no actuará de buena fe, y esa sospecha moldea la forma en que cada gobierno presenta la IA al resto del mundo: Estados Unidos, como una competencia que debe ganar; China, como una alianza internacional que busca reunir apoyos frente a quienes hoy dominan el desarrollo tecnológico más avanzado.
Si los ciclos tecnológicos anteriores dejaron una enseñanza, es que los ecosistemas que consiguen combinar innovación competitiva con el nivel de apertura necesario para extender su adopción suelen ser los que perduran. Washington D.C. y Pekín todavía no encontraron ese equilibrio. Mientras eso no ocurra, o mientras ambas potencias no acuerden mecanismos reales de cooperación en los aspectos de la gobernanza de la IA que requieren coordinación internacional, el resto del mundo deberá moverse entre dos modelos contrapuestos, sin una hoja de ruta clara que permita anticipar cuál terminará por prevalecer.
Sobre esa base incierta deberá avanzar una tecnología con capacidad para transformar buena parte de la economía global y de las relaciones de poder durante las próximas décadas.
*Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.