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El desafío de transformar el impulso exportador en inversión

Federico VacalebreProfesor de la Universidad del CEMA

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26 Septiembre de 2026 12.00

La composición del crecimiento importa tanto como su magnitud. Entre el cuarto trimestre de 2023 y el segundo trimestre de 2026, la economía argentina mostró una combinación que merece atención: las exportaciones crecieron un 38%, el consumo privado avanzó un 8% y la inversión productiva se contrajo un 4%. La fotografía general, por lo tanto, no es la de una economía inmóvil, sino la de una recuperación con motores muy desiguales. El sector externo ganó protagonismo, mientras que la formación de capital todavía no acompañó con la misma intensidad.

El dato más relevante es el salto de las exportaciones. Su crecimiento no quedó concentrado en una única actividad, sino que alcanzó a los principales complejos exportadores. Esa expansión amplía la capacidad de generación de divisas y reduce, al menos parcialmente, una de las restricciones que históricamente condicionaron el crecimiento argentino. Una economía que exporta más dispone de una base externa más sólida para financiar importaciones, sostener la actividad y moderar las tensiones derivadas de la escasez de moneda extranjera.

Sin embargo, el aumento de las ventas al exterior no garantiza por sí solo un proceso de crecimiento sostenido. Para que el impulso exportador se transforme en una expansión de mayor alcance debe existir un mecanismo de transmisión hacia la inversión. Allí aparece la principal debilidad del período. Mientras las exportaciones avanzaron con fuerza y el consumo recuperó parte del terreno perdido, la formación de capital permaneció por debajo del nivel de fines de 2023. La divergencia es importante porque la inversión es la variable que amplía la capacidad productiva futura.

La cuestión, entonces, no pasa únicamente por cuánto crece la economía, sino por qué componentes sostienen ese crecimiento. Un ciclo apoyado principalmente en las exportaciones puede mejorar el frente externo y generar divisas, pero si la inversión no reacciona, la capacidad de aumentar la producción, incorporar tecnología y elevar la productividad encuentra un límite. La estabilidad macroeconómica puede ser una condición necesaria para invertir, pero no constituye por sí sola una condición suficiente.

En el período analizado convivieron dos elementos que ayudan a explicar esa brecha. Por un lado, el equilibrio fiscal y la expansión exportadora redujeron fuentes tradicionales de vulnerabilidad macroeconómica. Por otro, persistieron restricciones que afectan la decisión de invertir, entre ellas un crédito todavía limitado, una estructura tributaria con gravámenes distorsivos y deficiencias de infraestructura y de servicios públicos. En conjunto, esos factores elevan costos, acortan horizontes de planificación y moderan la velocidad con la que una mejora macroeconómica puede traducirse en nueva capacidad productiva.

También existe una dimensión temporal que conviene considerar. La inversión suele reaccionar con rezago respecto de otras variables. Una empresa puede aumentar producción o exportaciones utilizando capacidad instalada antes de decidir una ampliación de planta, incorporar equipamiento o asumir un proyecto de largo plazo. Por eso, una parte del desacople observado podría responder a esa secuencia. Pero cuanto más se prolonga la divergencia entre exportaciones crecientes e inversión estancada, mayor es la importancia de observar si la recuperación está generando efectivamente las condiciones para ampliar el stock de capital.

La comparación entre los tres componentes permite ordenar el diagnóstico. El consumo privado muestra una recuperación, aunque mucho más moderada que la del frente externo. Las exportaciones son el componente más dinámico y constituyen una fortaleza concreta. La inversión, en cambio, continúa siendo el eslabón rezagado. Esa asimetría no invalida los avances logrados, pero sí establece con claridad dónde se encuentra el principal desafío para la siguiente etapa del proceso económico.

El punto central es que una mejora del sector externo puede convertirse en una plataforma de crecimiento más amplia si logra inducir nuevas decisiones de inversión. Ese tránsito requiere que la generación de divisas y la estabilidad macroeconómica encuentren un correlato en el costo y la disponibilidad del financiamiento, en la estructura de incentivos y en las condiciones necesarias para producir a largo plazo. Si esa conexión se fortalece, el dinamismo exportador puede dejar de ser un motor relativamente aislado y comenzar a arrastrar al resto de la economía.

La economía argentina consiguió en estos años modificar de manera visible la composición de sus fuentes de crecimiento. El salto exportador es un dato significativo y el orden de las cuentas públicas reduce vulnerabilidades que durante décadas limitaron la estabilidad. El interrogante pendiente es si esa mejora puede traducirse en una recuperación sostenida de la inversión. La respuesta a esa pregunta será decisiva para determinar si el actual impulso externo constituye solamente una fase favorable o el punto de partida de un proceso de expansión con mayor capacidad productiva y mayor persistencia en el tiempo.

*Federico Pablo Vacalebre es profesor de la Universidad del CEMA.

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