El camino del emprendedurismo en Argentina nunca ha sido una línea recta, y la historia de Blas Briceño, CEO de Finnegans y director de la Fundación Finnegans Impacto, es un fiel reflejo de ello. Su primera incursión en el mundo de las startups ocurrió a los 19 años, cuando comenzó a desarrollar software a medida para corporaciones junto a compañeros de la facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Sin embargo, el contexto económico del país le dio su primera gran lección.
"En el año 89 perdí todo lo que había hecho hasta ese momento, que no era mucho, pero era todo", recuerda el ejecutivo con la tranquilidad que otorga el tiempo. Aquella crisis lo obligó a replantear por completo su escenario y su modelo de negocio. Hacia 1992, decidió separarse de sus socios de entonces para emprender un camino distinto: dejar de hacer software por encargo y comenzar a construir soluciones propias para luego ofrecerlas al mercado.
Así nació Finnegans, en una época donde las soluciones de gestión se comercializaban en diskettes. Fue un proyecto del tipo bootstrapping, concebido a pulmón y con la reinversión de las ínfimas ganancias iniciales. "Trabajé solo durante dos o tres años, catorce horas diarias, sin sábados y domingos, hasta llegar a un lugar de madurez, a una de las primeras versiones vendibles de ese software que yo creía que era muy fácil de hacer, pero que me llevó años lograr que funcione adecuadamente", confiesa el CEO.
El arte de codificar: un cruce inesperado entre literatura y software
El nombre de la empresa, que hoy resuena en el ecosistema tecnológico regional, esconde una particularidad que define la identidad de su creador. En 1992, en paralelo a sus estudios de Ciencias de la Computación, Briceño decidió inscribirse en la carrera de Letras, su segunda gran pasión. Aunque la exigencia de levantar la empresa lo obligó a dejar la carrera al año y medio, la impronta humanística quedó grabada a fuego en el ADN corporativo.
"Finnegans es un homenaje a un autor que en ese momento era mi ídolo y que sigue siendo para mí una referencia ineludible de la literatura del siglo XX, y de esa concepción muy singular de cómo construir una obra muy disruptiva y con muchas dimensiones de análisis", detalla en referencia a James Joyce.
Desde esos primeros años de maduración solitaria, el CEO soñaba con una organización donde lo técnico no estuviera divorciado de lo social. "Pude juntar las dos cosas y trabajar conjuntamente con una perspectiva más amplia y con una organización que dé soporte a las dos miradas o a las dos actividades y a la vez, que busque conjugar lo técnico con lo humano", reflexiona sobre la cultura que logró consolidar.
Crecimiento orgánico y la madurez de los 25 años: el momento "re-start"
Si hay una palabra que define el derrotero de Finnegans es "organicidad". La compañía ha atravesado indemne las grandes tormentas macroeconómicas argentinas e internacionales. "Arranqué con la hiperinflación, pero tuvimos muchísimas, 2001, 2002, 2008 y 2020", enumera Briceño al tiempo que destaca que, en sus más de 33 años de historia, jamás tuvieron un año sin crecimiento.
No obstante, el éxito trae aparejados sus propios desafíos. Al cumplir un cuarto de siglo, la organización se encontró en una encrucijada vital. "Nos enfrentamos a una decisión bastante fundante hacia el futuro: o elegíamos seguir en el lugar que estábamos o vendíamos la empresa o buscábamos un proyecto que nos enamorara hacia delante", explica el fundador.
Eligieron enamorarse de nuevo. Iniciaron un proceso profundo de revisión interna que bautizaron como re-start, el cual duró cinco años y transformó de raíz la estructura de la compañía. Se incorporó talento senior externo y se potenció el interno, cambiando el enfoque de trabajo por completo. "Finnegans es una startup, pero tiene 30 años, así que somos una restartup", comenta con orgullo y asegura que “es esa mentalidad la que les permitió acelerar vertiginosamente el crecimiento en el último tiempo”.
Un ecosistema sin fronteras: expansión, verticales y el valor del equipo
El presente de Finnegans está marcado por la masividad y la internacionalización. La empresa cuenta con más de 300 empleados, 7.000 clientes y 70.000 usuarios diarios, operando de manera directa o mediante partners en 15 países, abarcando casi toda América y algunos mercados europeos.
Gran parte de este éxito comercial radica en su estrategia de desarrollo de producto. Sin perder su esencia de software ERP transversal para cualquier industria, supieron leer la necesidad de especialización del mercado. "Fuimos eligiendo algunos verticales donde entendíamos que había un valor en dar esa última milla sin dejar nunca de ser un software cross", señala Briceño. Comenzaron con el agro y la construcción, y hoy ofrecen soluciones a medida para verticales como bancos, salud, oil and gas y manufactura, lo que les permite implementar sus sistemas en la mitad del tiempo.
Sin embargo, a pesar de la expansión acelerada, Briceño mantiene firme el timón cultural de la empresa. El éxito no se mide solo en indicadores financieros, sino en el impacto y en cómo se logra. "El cómo, en nuestro caso, es con las personas adentro, sin estrés, sin burnout, sin condiciones de trabajo que generen una angustia en el proceso laboral diario", afirma categóricamente, convencido de que la fidelidad de su equipo es el verdadero motor de la organización.
Inteligencia potenciada y el impacto en la comunidad: el nuevo paradigma empresarial
Este enfoque holístico y descontracturado de los negocios ha tenido su máxima materialización en el último año con la inauguración de sus nuevas oficinas: un edificio de 16 plantas absolutamente inédito. Allí no solo funciona la sede corporativa de la empresa, sino que la mitad del espacio está dedicado a la Fundación Finnegans Impacto. Hoy, en ese lugar conviven el código fuente de los programadores con talleres literarios, obras de teatro, muestras de arte visual y el trabajo de diversas ONGs.
Cuando se le pregunta por el retorno de inversión de una jugada semejante, Briceño ofrece una respuesta que interpela la lógica corporativa tradicional: "Nosotros no nos formulamos esa pregunta. Uno no trabaja para ganar dinero. Uno gana dinero para hacer cosas, produce valor, produce riqueza y con eso lo administra. Generamos riqueza y la administramos para aquello que creemos que es bueno".
Como parte de lo que "es bueno", este año la Fundación ha becado a 120 jóvenes con un sueldo en relación de dependencia cuyo único objetivo es estudiar, acompañados por tutores de la misma empresa.
En un contexto global donde parece que solo se puede hablar de Inteligencia Artificial, Finnegans elige un camino propio. Lejos de las miradas apocalípticas o de la eficientización despiadada, han acuñado el concepto de "inteligencia potenciada". "El esfuerzo hay que ponerlo en potenciar a las personas y no reemplazarlas", sentencia el CEO, distanciándose de las agendas corporativas que buscan usar la tecnología para recortar personal.
Para Blas Briceño, el futuro de la tecnología sigue siendo indefectiblemente humano. "La IA cubre solo un aspecto de lo que hacen las personas que es el aspecto del pensamiento estructurado como un lenguaje, pero después está la voluntad, el gusto, el juicio, el sentimiento, cosas que la IA puede pretender tener, pero sabemos que no tiene. Nosotros somos personas con pasiones y con deseos, y eso es lo que cuenta para construir un mundo mejor". Una filosofía de vida y de negocios que, 30 años después de aquel inicio a pulmón y entre diskettes, demuestra que la empatía, el arte y el impacto social son los mejores algoritmos para el crecimiento sostenido.