Aunque la tecnología facilita la producción y multiplica la oferta, los desafíos de fondo siguen siendo los mismos: quién cobra, quién manda y cómo se sostiene una relación genuina con la audiencia.
Mientras los influencers siguen apostando al carisma y la exposición, crece una camada de creadores que opta por el anonimato, usa herramientas de inteligencia artificial y factura en dólares sin moverse de su casa.
Ahora, las startups que prometen milagros con inteligencia artificial enfrentan mayor escrutinio. Los inversores exigen tecnología propia, impacto tangible y menos marketing inflado.