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22 Octubre de 2018 11.54

Junto a Hugo Sigman, fundó un imperio farmacéutico que se expandió hasta el cine. Historia y reflexiones de una de las empresarias más importantes de Argentina. Género, enfermedades silenciadas, responsabilidad empresaria y un país "que cada tanto sale en los diarios".

La historia ya es parte de la mitología emprendedora local: a pocos años de casarse, Silvia Gold y Hugo Sigman (ella, bioquímica; él, psiquiatra) se radicaron en Barcelona tras el golpe militar de 1976. Allá se embarcaron en la fundación de Chemo para producir medicamentos de alta calidad a precio accesible. Fue la primera empresa de lo que después sería Insud, hoy un grupo con presencia en 40 países y con más de 8.000 empleados, 17 plantas de producción y diez centros de investigación, focalizado en ciencias de la vida y agronegocios (son accionistas de empresas como Biogénesis Bagó, Sinergium Biotech, Elea Phoenix, Bioceres e Inmunova), pero también en información, cultura, naturaleza y diseño. De hecho, sus ramificaciones incluyen el periódico francés Le Monde Diplomatique (tienen la licencia para publicarlo localmente) y K&S Films, la productora detrás de éxitos como Relatos salvajes y El Ángel. Así las cosas, no hay nota sobre parejas emprendedoras o empresas familiares en Argentina que no incluya una mención a la sociedad Sigman-Gold; sin embargo, la pareja suele cuidar un perfil bajo. Sobre todo Gold quien, por su profesión, siempre prefirió el trabajo de laboratorio. Incluso hoy, con 70 recién cumplidos, y aunque se anunció que su hijo Leandro se estaría haciendo cargo del grupo, decir que ya no trabaja sería un error garrafal. Con una vida repartida entre Madrid y Buenos Aires, pero con la cabeza enfocada en su lucha contra el Chagas desde la fundación Mundo Sano, Silvia Gold es hoy tan incansable, rigurosa y apasionada como cuando daba sus primeros pasos.

¿Cuántas veces le preguntaron a Hugo cómo hacía para dirigir Insud y tener una familia, todo al mismo tiempó

Nunca.

¿Y a vos?

Muchas veces me preguntaron cuál era mi lugar en la empresa como mujer, y yo siempre respondí: “El mismo que mi marido”. Es un tema, no lo voy a negar? Todos los días escucho bromas o comentarios machistas pero, ¿sabés qué piensó “Qué tarado”. No me enojo, lo miro como alguien que me interesa menos, que tiene un problema. Creo que no tenemos que preocuparnos tanto por lo que dice el otro.

¿Te reconocés una “mujer power”?

Por definición, el poder implica fuerza, es competencia. A mí no me gusta el poder. No me siento cómoda. Eso sí: ejercí la autoridad, que se gana por reconocimiento del otro y por capacidad. En ese sentido, sí pienso que soy una “mujer power”. Pero no porque lo haya buscado especialmente, ni por mi género. Viste que a veces, cuando uno rebobina su historia, dice: “Fui así desde siempre”. En mi caso, tenía que ver con mi identidad, con sentir que tenía el derecho y la necesidad de desarrollarme como persona. Nunca sentí que tenía que hacerme un camino como mujer, sino como ser humano. Cuando me preguntan si tuve obstáculos que superar en mi carrera, respondo que sí, pero también pienso que todos tenemos alguna o varias dificultades que enfrentar, según nuestras condiciones. Todos tenemos algo de nuestra biografía que nos costó más.

¿Por qué parece que cuesta más ser mujer?

Por supuesto que hay diferencias pero, personalmente, veo que hay limitaciones que nos ponemos las propias mujeres. Y empieza desde lo más doméstico, cuando una madre le dice a su hijo: “Vas a ver cuando llegue tu padre”: ahí ya estamos asumiendo que hay una autoridad más fuerte que la nuestra, y que le corresponde a un hombre. ¿Por qué tantas mujeres hacen esó Yo nunca se lo dije a mis hijos. Siempre intenté poner más el foco en lo que yo tenía que cambiar que en lo que quería cambiar del afuera, y estoy convencida de que, si una misma no se pone trabas, el entorno alrededor cambia más fácilmente.

En esos inicios, ¿tenían con Hugo la visión de crear algo de la escala que alcanzaroñ

Creo que estábamos tan en el día a día que no podíamos pensar tan a futuro. A mí, por lo menos, me marcaba más cómo quería hacer las cosas que adónde quería llegar. De hecho, ni sabía adónde quería llegar: lo que sí sabía era cómo quería trabajar, qué quería hacer y qué no. Siempre nos marcó la búsqueda de la calidad, de la excelencia. Por otro lado, tampoco pensamos que había algo que no era para nosotros. Siempre que aspirábamos a algo, pensábamos que podíamos tenerlo si trabajábamos para eso.

¿Hay algo que te hubiera gustado saber cuando arrancaste, a los 30 años, que hubiese hecho el camino más fácil?

¡A los 30 años, me habría encantado tener el carácter que tengo ahora! Hubiera tenido mejor humor para muchas cosas y hubiera dramatizado menos. Pero me llevó todos estos años adquirir experiencia. La vida, en su transcurrir, es la que te enseña.

¿Y alguna creencia o convicción que habrías preferido no tener?

Diría que no. Porque uno se rige por valores, y yo sigo creyendo que lo que hice, en ese sentido, estuvo bien. Creo en la solidaridad, en el esfuerzo, en el trabajo. Y, si empezara de nuevo, la receta sería la misma. Si hablamos de cosas concretas, sí se me ocurren cosas que cambiaría. Por ejemplo, pienso que me habría gustado estar un tiempo en una universidad como docente. Eso es lo que más lamento no haber hecho. Pero bueno, son nostalgias?

Volvieron a la Argentina en los 80. ¿Desarrollar el negocio acá fue una decisión moral o pragmáticá

Te diría que fue afectiva. Nuestro hijo mayor tenía 16 años. Era el momento para volver los cinco, toda la familia junta. Si nuestros hijos ya empezaban la universidad en España, sabíamos que nos íbamos a quedar para siempre allá. A mí me hizo muy bien volver a la Argentina. Fue una cosa identitaria fuerte. Y me hizo muy bien que mis hijos se sintieran argentinos. Aun cuando este no sea un país fácil.

Particularmente ahora, atravesamos un momento complejo.

Tengo una amiga que trabaja en un organismo internacional importante y la semana pasada me escribió preocupada, preguntándome cómo estábamos “atravesando la tormenta”. Y pensé: “Claro, leyó algo en algún diario”. Somos un país así, que cada tanto sale en los diarios, y no logramos consolidar una imagen positiva en el exterior. Pero bueno, nos ven como somos: Argentina tiene grandes talentos, pero un problema colectivo. Trabajamos mucho mejor individualmente que como sociedad. Hay sociedades que educan en el bien público; para el argentino, lo público no es de nadie. Y, hasta que lo público no sea de todos, no cuidaremos al país. Pero será un proceso largo y generacional.

¿Cómo ves el rol del empresariado argentino en todo estó

Ahora está muy de moda la Responsabilidad Social Empresaria, ¡pero muchas de las cosas que llaman RSE son sencillamente estar en la legalidad! Hay que cuidar el medio ambiente, hay que mantener la transparencia, hay que cumplir con el respeto a los trabajadores. Todo eso es ley y lo primero que tenemos que hacer, como empresa, es ser legales. Por encima de eso, vienen los valores, que tienen que ver con cómo hacés lo que hacés, y ahí empieza otro capítulo. Como empresa, pusimos nuestros valores en el nombre: innovación y sustentabilidad. Y en Mundo Sano hablamos de respeto, pasión y rigor. Rigor como lo entendemos en la ciencia: como calidad, no mediocridad, no chanta. A mí me gustan las empresas familiares porque siempre trabajé en una. En mi entorno laboral, siempre fui hija, hermana, prima, madre y/o esposa. Yo digo que las empresas familiares tienen alma, porque están fundadas en valores que tienen que ver con pensar en el futuro, con construir legado y también con disfrutar. Los valores aportan cierta mística que puede hacer de una empresa algo más.

Así las cosas, con Hugo, ¿no se sienten un poco “bichos raros”?

Puede ser. Pero también hay cierto morbo por la maldad y, encima, las malas noticias hacen que pensemos que “así es la gente”. Pienso que somos muchos más los buenos. Sí creo que hay que tener más vocación solidaria, pensar en el otro y en construir juntos. Lo que nos falta en este país es terminar con la grieta. La pelea no hace falta, no es desde ahí que vamos a cambiar las cosas. Uno no puede terminar con una injusticia generando otra. La hostilidad no nos ayuda, y hoy se siembra mucha hostilidad en los nacionalismos y también, debo decir, en los temas de género. Hay que construir en la armonía.

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