Ana Acosta García tiene origen dominicano y es ciudadana estadounidense. Lleva diez años manejando camiones de carga. Hace apenas dos meses consiguió comprar su propio vehículo y ahora forma parte de ese enorme universo de emprendedores que confían en las bondades del sistema americano para progresar. Hace dos años votó por Donald Trump. En las elecciones de medio término acaba de cambiar su voto a favor de los demócratas.
En un reciente informe de CNN, esta mujer, que en sus ratos libres produce contenidos de recetas de cocina para las redes sociales, explicó que el aumento del precio del combustible está devorando sus ganancias. "Antes ganaba 1.000 dólares por carga y ahora apenas llego a 600 o 700", contó. Según las cifras citadas en el informe, el precio del diésel aumentó un 83% en lo que va de 2026. Con los 500 dólares que antes le alcanzaban para llenar los dos tanques de su camión, ahora apenas puede completar uno.
Su historia refleja una contradicción que terminó por convertirse en uno de los grandes problemas políticos de Donald Trump: la distancia entre las promesas de prosperidad económica y las dificultades que enfrentan millones de estadounidenses para sostener su nivel de vida.
Pero hubo otra señal, menos visible y posiblemente más reveladora, en las elecciones del 3 de noviembre.
Además de elegir legisladores, los votantes de diez estados se pronunciaron en 41 consultas locales relacionadas con la instalación de centros de datos. En una abrumadora mayoría de los casos, respaldaron iniciativas destinadas a prohibir, suspender o imponer restricciones a su construcción.
La revolución de la inteligencia artificial, que promete transformar la economía mundial y moviliza inversiones multimillonarias, empezó a encontrar resistencia en las comunidades que deben convivir con su infraestructura.
El motivo no es necesariamente un rechazo a la tecnología. Es el costo que sus habitantes perciben que deberán pagar por ella. La demanda de electricidad, la presión sobre las redes energéticas, el consumo de agua y el impacto territorial de las instalaciones alimentan una oposición creciente.
En una encuesta difundida durante la jornada electoral, el 56% de los consultados consideró que la inteligencia artificial o los centros de datos habían sido un factor crucial o importante a la hora de votar. En Bloomington, Illinois, el 78% respaldó una moratoria para este tipo de instalaciones.
Texas ofrece otro símbolo de la nueva realidad política. El estado que concentra más de una cuarta parte de los centros de datos proyectados en Estados Unidos hacia 2030 eligió al demócrata James Talarico para el Senado, derrotando a Ken Paxton, fiscal general y estrecho aliado de Trump. Fue la primera victoria demócrata en una elección para el Senado por Texas desde 1988.
La derrota republicana adquiere un significado particular en el estado que Elon Musk eligió para establecer su residencia y desarrollar parte de sus negocios. El empresario, uno de los grandes protagonistas de la revolución tecnológica y uno de los principales financistas políticos de Trump, representa como pocos la alianza entre el poder económico de Silicon Valley y el proyecto político republicano.
Sin embargo, para una parte importante del electorado, las promesas de la inteligencia artificial, las inversiones de las grandes tecnológicas y las fortunas que se multiplican en Wall Street parecen haber quedado demasiado lejos de las preocupaciones cotidianas.
Entre la historia de Ana Acosta García y el rechazo de numerosas comunidades a los centros de datos aparece una de las claves para interpretar el resultado de las elecciones de medio término: el progreso económico y tecnológico no garantiza respaldo político cuando sus beneficios no llegan a la vida cotidiana de los votantes.
El tsunami demócrata no solo condiciona a Donald Trump durante los últimos dos años de su presidencia. También abre un interrogante sobre la capacidad del Partido Republicano para asimilar el golpe, recuperar la confianza de sectores decisivos del electorado y conservar la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de 2028.
El malestar que atraviesa las fronteras
Lo ocurrido en Estados Unidos no parece ser un fenómeno aislado.
La victoria demócrata coincide con una expansión de las protestas y las expresiones de descontento social en Europa. Francia, España e Italia, entre otros países, atraviesan conflictos de distinta naturaleza, pero con preocupaciones que se repiten: el aumento del costo de vida, las dificultades para acceder a una vivienda y la incertidumbre económica que afecta a amplios sectores de la población.
No se trata de situaciones idénticas ni de procesos políticos que puedan explicarse por una única causa. Sin embargo, comparten un elemento: la creciente distancia entre las expectativas de progreso y las condiciones materiales que experimentan millones de personas.
La economía puede exhibir indicadores favorables, las empresas pueden anunciar inversiones récord y los gobiernos pueden presentar ambiciosos programas de transformación. Pero nada de eso asegura que los ciudadanos perciban una mejora en su bienestar.
En Brasil, la continuidad de Luiz Inácio Lula da Silva también invita a explorar el peso que puede haber tenido el temor al cambio económico entre los votantes. Frente a la alternativa que representaba Flávio Bolsonaro, asociado a una orientación de reformas más drásticas, la incertidumbre sobre las consecuencias de un nuevo rumbo pudo haber favorecido al oficialismo.
Es una hipótesis que requiere un análisis electoral más profundo, pero que se inscribe en un fenómeno más amplio: cuando la incertidumbre económica se instala en la vida cotidiana, el miedo a perder lo que se tiene puede resultar tan decisivo como la expectativa de mejorar.
La paradoja argentina
Mientras tanto, la Argentina se encamina hacia las elecciones presidenciales de 2027 con una economía que exhibe dos realidades difíciles de conciliar.
Por un lado, sectores estratégicos como la energía, la minería y algunas actividades vinculadas a las exportaciones muestran un potencial de crecimiento extraordinario. Vaca Muerta aumenta su producción, avanzan las obras de infraestructura para ampliar las exportaciones de hidrocarburos y los proyectos mineros prometen atraer inversiones de una magnitud inédita.
Por el otro, buena parte de la economía que depende del mercado interno enfrenta dificultades, con empresas y consumidores que todavía no consiguen traducir las grandes transformaciones macroeconómicas en una mejora sostenida de sus ingresos y perspectivas.
Es en esa contradicción donde aparece uno de los principales desafíos políticos para Javier Milei.
La pregunta es si los pozos petroleros de Vaca Muerta, los oleoductos que atraviesan provincias y las exploraciones mineras del norte argentino no terminarán por convertirse, paradójicamente, en una versión local de los centros de datos estadounidenses.
No porque se trate de actividades equivalentes ni porque sus efectos económicos sean necesariamente negativos. Al contrario: pueden representar oportunidades decisivas para el desarrollo del país.
El interrogante es si el éxito de esos sectores alcanzará para sostener el respaldo de una sociedad que necesita resultados más inmediatos y extendidos.
Una economía puede batir récords de producción energética, aumentar sus exportaciones y atraer miles de millones de dólares en inversiones y, al mismo tiempo, convivir con salarios insuficientes, dificultades para consumir y empresas que no logran recuperar sus niveles de actividad.
La historia de Ana Acosta García muestra que incluso quienes apostaron por un determinado proyecto político pueden cambiar de posición cuando sienten que sus expectativas económicas dejaron de cumplirse.
¿Podría ocurrir algo semejante con los votantes argentinos que acompañaron a Milei en 2023? ¿Hasta qué punto estarán dispuestos a sostener el rumbo si los beneficios de la transformación económica no llegan a sus hogares? ¿Y cuánto tiempo puede conservar su legitimidad política un programa que promete prosperidad futura mientras una parte de la sociedad enfrenta dificultades en el presente?
El desafío de Milei y el nuevo escenario de Trump
La otra gran pregunta es si el Gobierno libertario será capaz de interpretar estas señales y convertir los problemas de gestión en una agenda política capaz de sostener un segundo mandato.
Hasta ahora, buena parte de la fortaleza de Milei estuvo asociada a su capacidad para representar una ruptura con el pasado y convencer a sus votantes de que los costos de la transformación eran necesarios para construir una economía diferente.
Pero la experiencia internacional empieza a mostrar los límites de esa estrategia cuando las expectativas se prolongan y los resultados no se distribuyen de manera suficientemente amplia.
Las elecciones estadounidenses agregan, además, una dificultad externa para el Presidente argentino.
La derrota republicana y la pérdida del control del Congreso reducen el margen de maniobra de Donald Trump, su principal aliado internacional. Aunque conserva importantes facultades ejecutivas, el presidente estadounidense deberá gobernar durante sus últimos dos años con mayores restricciones políticas e institucionales.
Eso también puede limitar su capacidad para ofrecer respaldo político y financiero a gobiernos aliados, especialmente cuando esas decisiones requieren apoyo legislativo o generan resistencias internas.
Para Milei, acostumbrado a exhibir su cercanía con Trump como un activo de su política internacional, el cambio no es un detalle menor.
Pero la advertencia más importante no viene de Washington ni de los mercados financieros. Surge de una realidad mucho más cercana.
Los gobiernos pueden confundir el éxito de sus proyectos económicos con el bienestar de las sociedades que los votaron.
Y cuando esa distancia se vuelve demasiado grande, las promesas de prosperidad dejan de alcanzar.
Ana Acosta García compró su camión convencida de que el esfuerzo individual le permitiría progresar. Dos meses después, el aumento de sus costos la llevó a revisar sus expectativas y también su voto.
Es apenas una historia entre millones. Pero encierra una pregunta que empieza a recorrer buena parte del mundo y que la Argentina deberá responder en 2027: ¿de qué sirve que la economía del futuro avance a toda velocidad si una parte de la sociedad siente que se está quedando atrás?