Hay una nueva forma de consumir cine en Buenos Aires: crecen los espacios donde se organizan ciclos de cine privados o en formato "cineclub" a la vieja usanza. En un contexto de búsqueda y preferencia por los programas presenciales por parte de las nuevas generaciones, estos sitios también dan la posibilidad de acceder a contenidos que se salen de las lógicas comerciales o algorítmicas que hoy también saturan. Así, las proyecciones para públicos reducidos y con pocas butacas, programación curada, que en algunos casos manejan la difusión por el boca a boca o grupos privados, también se vuelven una nueva manera de navegar la oferta cultural en la ciudad —algo que tanto marcas como empresas y festivales están empezando a emular. Como es el caso de la plataforma de cine de autor Mubi, que agrega a su baluarte de una programación curada, instancias presenciales y otros formatos (también tienen podcast) como el Mubi Fest que se realiza todos los años en distintas ciudades como Buenos Aires
Mientras los grandes estrenos comerciales saturan las salas de las cadenas de cines y el hábito de "streamear" en soledad va dejando cada vez más gusto a poco, aparecen cineclubes en espacios oficiales ya instalados (Museo Malba, Museo Bellas Artes, Teatro San Martín, Cine Gaumont), e independientes en lugares no tradicionales como bares, clubes, casas a puertas cerradas, terrazas e inclusive oficinas del centro, con programas completos que incluyen debates con directores y protagonistas, comida, tragos, proyecciones o música.
La revancha del cineclub
Para algunos era cuestión de tiempo para que este formato volviera en un contexto de desaparición de los llamados terceros espacios y cuando la experiencia de visionado del cine viene tanto vapuleada por los cambios en las dinámicas de consumo (cultura del sillón y avance del streaming) como por la crisis económica. Además, estos nuevos-viejos formatos tienen algo distinto para ofrecer en el plano social y comunitario respecto de cómo se disfrutan las películas ahora.

"Lo que hacen lugares como el Cine Club Núcleo es algo que ninguna plataforma de streaming va a lograr: nos sacan del aislamiento del living o el dormitorio y nos devuelven las ganas de encontrarnos en una sala de cine. Hoy que está todo tan caro y la rutina nos empuja a encerrarnos a ver series solos, ir al cineclub es casi un acto de rebeldía. No se trata solo de ver una película, sino de cortar con el ritmo del día y sentarte a compartir un momento con un montón de desconocidos en la oscuridad", propone Alejandro Sammaritano, co-fundador de uno de los primeros cineclubs que opera en uno de los cines más lindos e icónicos de Buenos Aires, el Gaumont (Rivadavia 1635). Núcleo también permite disfrutar mejor la calidad de los films, que según algunos se aprecia en su máxima dimensión en la sala de un cine. Funciona los martes y dos domingos por mes, sosteniendo la costumbre de entregar programas corpóreos y con proyecciones que pueden incluir visitas especiales. El material fílmico histórico de este cineclub está bajo cuidado y preservación en la Filmoteca Buenos Aires.
Por su lado, el cineclub Cineclub Frufrú, que ya va por su segundo año, funciona en el teatro del British Arts Centre (BAC) de la Asociación Argentina de Cultura Inglesa, un espacio con capacidad para 170 espectadores, y sigue un recorrido similar en materia curaduría con la idea de elevar la experiencia cinéfila. "La iniciativa se estructura a partir de una gestión unipersonal que abarca la totalidad del proceso operativo y conceptual: yo me encargo de la selección y curaduría, ajuste y corrección de subtítulos, diseño gráfico, comunicación digital, boletería, proyección", comenta Federico Felipe Pérez, el alma mater del club. Funciona dos miércoles al mes.

Siguiendo la tendencia internacional de los microcines (salas de escala pequeña y programación curada), también comienzan a proliferar las salas boutique como Sala Lúcida, una sala de cine independiente ubicada en Saavedra en el histórico Teatro Cabildo, con 50 localidades, que busca fomentar una relación más cercana entre las películas, quienes las hacen y quienes van a verlas. Impulsada por las realizadoras y productoras Ana Fraile (PulpoFilms) y María Laura Ruggiero (SeirenFilms), proponen que el cine se vuelva una experiencia que comienza en la pantalla grande pero que no termina con los créditos, por lo que se suceden conversaciones, festivales y hay propuestas musicales y gastronómicas. La cartelera se publica en redes o su portal y hay ciclos temáticos diversos corriendo como "Arquitectura Lúcida", "Cine y Ciencias", "Sesiones Lúcidas" (cruza cine y música), "Atlas de Directoras" y "Galería Nocturna" (cine fantástico y de terror), entre otros.
"Lo que devuelven estos espacios es, sobre todo, la posibilidad de volver a encontrarnos con otros. Vivimos muy conectados y, al mismo tiempo, bastante solos. Muchas veces vemos una película en casa, con el celular al lado. En cambio, cuando compartís una película con 30 personas que no conocés y después te quedás conversando, pasa otra cosa. Ahí está una de las cosas más valiosas del cineclub: no tanto en ponernos de acuerdo, sino en poder encontrarnos desde la diferencia", explica Alejandra Ruiz, fundadora de Comunidad Cinefila. Nacido en 2011, fue pensado tanto como cineclub y espacio de formación de espectadores y desarrolla diversas actividades en torno a la experiencia comunal cinéfila, que va iterando sus intervenciones en museos, librerías, cafés y encuentros virtuales.

Por último, el reciente Club de Espectadores de Cine es un lugar para mayores de 55 años que propone descubrir cine contemporáneo por fuera de los circuitos habituales. Funciona con una suscripción que combina películas, conversaciones, encuentros con cineastas e invitados, newsletter y salidas grupales a distintas salas de la ciudad.
Cine y algo más
Hay propuestas para públicos menos cinéfilos, interesados en una formación del gusto o enfocados en el desarrollo profesional. En Buenos Aires florecen los espacios no tradicionales para vivir el cine de otra manera, por ejemplo, el cine al aire libre se volvió una afición porteña. CINTA, que surge hace dos años entre tres amigos y sus ganas de compartir películas, o The Cinema Company, nacido hace diez años en una terraza de Palermo con una sábana como pantalla y un proyector prestado, consolidan esta variante para públicos masivos.
Este último convirtió una idea lúdica y experimental en la primera compañía de cines al aire libre en Argentina. El proyecto fue creado por Manuel Soneira, publicista uruguayo con experiencia en producción de cine, eventos y marketing. La idea se gestó a fines de 2016, inspirada en experiencias de cine al aire libre a las que Soneira había asistido en ciudades como Los Ángeles, Nueva York y Madrid, pero también a partir de una observación cercana: la falta de opciones diferentes para quienes se quedaban en Buenos Aires durante el verano. Primero arrancó con salas en Palermo, luego se sumaron locaciones en San Isidro, Lanús y Olivos en distintos formatos (terrazas, jardines históricos, patios), y hoy realizan proyecciones en Montevideo y Punta del Este, con gran producción en ambientación y mobiliario (sillones, mesas, butacas, gastronomía, luces). "El objetivo es evolucionar nuevamente el formato y llevar el concepto de cine al aire libre hacia un nuevo nivel de experiencia, profundizando aquello que estuvo presente desde el comienzo: ambientación, comunidad, programación, gastronomía y entretenimiento como partes de una misma propuesta. Nuevas aperturas de salas, funciones masivas en lugares públicos, expansión al interior del país y países limítrofes" comenta Soneira.

CINTA funciona en su propia sede en Palermo, que abrió este año, y en la terraza donde realizan proyecciones también sumaron un bar que les permite explorar los cruces entre el cine, la música, la gastronomía y el diseño. "Incluso los tragos de la carta llevan nombres de directores de cine, porque nos divierte que ese universo aparezca también en los pequeños detalles. Los fines de semana, además, la terraza se transforma y los videoclips pasan a ocupar la pantalla. Nos interesa explorar distintas formas de encontrarnos con las imágenes y la música, y que el espacio pueda tener una vida propia más allá de las funciones de cine", cuenta Luca Cappanera. Más de 25.000 personas ya pasaron por el ciclo entre Buenos Aires y Punta del Este con una gran comunidad en redes también. Y las firmas para este tipo de programas siguen con otras variantes como PosCine, Club Lucero y más.
También se multiplican las propuestas en casas a puerta cerradas con salas más íntimas, como Cine Oculto Little Horse, solo para 10 personas, que se encuentra en una casa antigua de 100 años, proyecciones inmersivas y sillones y mantitas para que los visitantes puedan relajarse y ver una película tomando una copa de vino. Está Cine Vermouth en YBS Studio, que pasa cine de autor y de festivales en un entorno muy cuidado (salas salas hi-fi totalmente equipadas) con espíritu de petit cinema. "Este modo de consumir cine es algo que está en tendencia en el mundo: la sala de cine no convencional, hi-fi, los espacios sociales, conversatorios, el encuentro humano, ver películas seleccionadas por alguien y no por fines comerciales. Me alegra estar alineada con este movimiento y creo que tiene mucho futuro" aporta Yamel, su curadora, cuyo estudio también aloja eventos privados que fusionan moda, diseño y lifestyle.