Rafael Rofman y Carola della Paolera *
Argentina está envejeciendo. Esto es, tal vez contra intuitivamente, una de las mejores noticias que podemos recibir. La población de un país envejece cuando mejoran las condiciones de salud y vivimos más tiempo y, al mismo tiempo, reducimos nuestra fecundidad porque preferimos invertir más recursos, tiempo y atención en menos hijos. Por eso, no hay mejor indicador de progreso social y económico. En el mundo, las sociedades más ricas y desarrolladas son las más envejecidas, y esto no es una casualidad.
Algo parecido pasa con las personas. Cumplir años y envejecer es una buena noticia, porque significa que vivimos mejor y más tiempo. Durante milenios, nacimos mucho y vivimos poco: la tasa de fecundidad era de 7 o más hijos por mujer y la expectativa de vida apenas alcanzaba a 30 años, con tasas de mortalidad en la niñez que superaban en 50%. Los cambios de los últimos 250 años en el mundo (150 en Argentina) hicieron que ahora se haya invertido la relación: nacemos poco y vivimos mucho. La tasa de fecundidad descendió a un 20% de su nivel histórico y la expectativa de vida se multiplicó por 2.5 veces. Este proceso se suele definir como la “transición demográfica” y debemos festejarlo, porque refleja el progreso en nuestras sociedades.
En estos días muchos analistas y políticos discuten sobre como revertirlo, entendiendo que el envejecimiento y la baja fecundidad son problemas para la sociedad, y términos como “invierno demográfico”, “despoblación” u otras referencias a una situación crítica son habituales. Sin embargo, creemos que esos diagnósticos (y, por consiguiente, las propuestas que se desprenden de ellos) están equivocados. Por un lado, como dijimos, no parece razonable definir como una crisis a una situación que se genera porque mejoran las condiciones de vida de la población. Pero, además, las políticas natalistas han mostrado tener muy poco impacto y alto costo: un estudio reciente de decenas de casos concluyó que, aún en los casos más exitosos, estas políticas apenas lograron aumentar la fecundidad en 0,1 o 0,2 hijos por mujer, a un costo fiscal altísimo (de cerca de un 1% del PIB para lograr un aumento de 0,07 hijos por mujer). Además, la buena noticia del envejecimiento viene acompañada de otras aún mejores, pero también de algunos desafíos no menores. El impacto más positivo es el bono demográfico. Como parte de la transición demográfica, estamos en el medio de un período único en la historia, donde la proporción de la población en edad de trabajar está creciendo. Que haya más gente en condiciones de trabajar es una oportunidad inmensa, porque permite que nuestra economía produzca más bienes y servicios aún sin mejorar la productividad o el empleo. El bono nos ha ayudado en las últimas tres décadas, pero tiene fecha de vencimiento, cuando en diez o quince años el envejecimiento se acelere. Por eso es sólo una oportunidad, que también se puede desperdiciar si no logramos que esos trabajadores del futuro sean mucho más productivos que nosotros.
El principal desafío del envejecimiento es que, en algunos años, tendremos menos trabajadores activos en relación a la población total. Eso impactará en el mercado laboral y la capacidad productiva del país. La receta para compensar este envejecimiento es clara pero difícil de lograr: aumentar la productividad laboral, que depende del capital humano, el capital físico y la tecnología en uso. El bono demográfico es una oportunidad para hacerlo.
El capital humano depende, fundamentalmente, de la educación. En Argentina hemos logrado que casi todos los niños y jóvenes en edad de estudiar asistan a las escuelas, pero la calidad y pertinencia de los aprendizajes dejan mucho que desear. Hoy, cada joven argentino termina su formación de 14 años de educación obligatoria con habilidades que equivalen a apenas 8,7 años efectivos de aprendizaje, muy lejos de los 13,9 de los países más exitosos, como Singapur, y sólo uno de cada 10 los termina en tiempo y forma. Con menos alumnos en las aulas debido a la baja natalidad, el Estado tiene la oportunidad histórica de dejar de preocuparse por expandir el sistema y concentrarse en mejorar la calidad y los resultados para así acumular más capital humano para el futuro.
También necesitamos aumentar el capital físico, para que esos trabajadores mejor preparados tengan las herramientas necesarias para producir más. Nuestra infraestructura es insuficiente y deteriorada, tanto en energía como comunicaciones y logística. La mayoría de las unidades productivas de nuestro país no tienen la escala suficiente para invertir en equipos modernos y aumentar su producción de forma sostenida. Argentina ha tenido tasas de ahorro e inversión muy por debajo de la de países de altos ingresos e incluso que la del promedio de América Latina durante décadas, lo que implica menos productividad y menos riqueza.
Por último, durante muchos años nuestra economía ha estado muy cerrada, con lo que la adopción de innovaciones productivas ha sido menor que en otros países. Estos problemas, que explican los malos resultados de crecimiento económico que hemos tenido aun comparándonos como países vecinos, se volverán más graves a medida que la población envejezca.
Entonces, el desafío no es cómo revertir el descenso de la fecundidad. Este ocurre por buenas razones y no hay herramientas de política pública que puedan modificarlo significativamente. El desafío es aprovechar las oportunidades que la demografía brinda para acelerar el desarrollo económico de nuestro país. ¿Podremos hacerlo?
*Autores de “La Revolución Demográfica” Editorial Planeta