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Forbes Argentina
Lifestyle

Foto: Estudio Refik Anadol

Valuado en US$ 12.400 millones, abre el primer Museo de Arte con IA del mundo

R. Daniel Foster

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El nuevo espacio de Refik Anadol propone un recorrido inmersivo con pantallas gigantes, sensores que registran reacciones corporales, aromas y obras generadas a partir de datos de la naturaleza y de los propios visitantes.

13 Junio de 2026 09.25

Refik Anadol eligió Los Ángeles para levantar el que define como el "primer Museo de Arte con IA del mundo", una decisión cargada de sentido histórico. En esa misma ciudad nació, en la década de 1960, el movimiento Luz y Espacio, cuando James Turrell cubrió las ventanas de un hotel cerrado en Santa Mónica para dominar la luz. Junto con Robert Irwin y Doug Wheeler, aquellos artistas buscaron llevar la mirada hacia una experiencia de percepción pura.

Más de seis décadas después, el creador turco estrena Dataland en el centro angelino, un complejo inmersivo de 2322 metros cuadrados pensado para sorprender al público. El espacio abrirá el 20 de junio en el Grand Complex, diseñado por Frank Gehry, frente al Walt Disney Concert Hall, otra obra del arquitecto. Sus cinco galerías mostrarán imágenes creadas con 1500 millones de píxeles.

Dataland llega como una expresión extrema del negocio del entretenimiento inmersivo, valuado en US$ 12.400 millones en 2025, según Intel Market Research. En una presentación previa, varios asistentes discutieron si las piezas creadas con IA eran arte o apenas "datos que se ven geniales". El crítico Jerry Saltz, de New York Magazine, ya calificó la instalación de Anadol en el MoMA de 2022-2023 como "una enorme lámpara de lava tecnológica" y "un salvapantallas de medio millón de dólares", pese a su enorme convocatoria, o tal vez por esa misma razón.

Refik Anadol (SE PUEDE USAR) SHERPA Blog- Wikimedia Commons
Refik Anadol escogió Los Ángeles para llevar a cabo el proyecto (Foto: SHERPA Blog- Wikimedia Commons)

En Dataland, el recorrido arranca en una sala oscura con estaciones verticales y pantallas gigantes, una escena que remite al acceso a una nave espacial. Cada visitante escanea su entrada y abre una caja con dispositivos portátiles que forman parte de la experiencia. Entre ellos aparece una pulsera biosensorial, capaz de medir la frecuencia cardíaca, la temperatura de la piel y la respuesta galvánica. También reciben difusores de aromas para usar en el cuello, cortesía de L'Oréal Luxe.

Los datos que registra la pulsera llegan a un sistema central, que traduce esas señales fisiológicas en distintas "emociones". Ese caudal de información alimenta el modelo de naturaleza a gran escala que sostiene las imágenes de las pantallas. Por eso, cada grupo puede ver obras distintas según el estado anímico de sus integrantes. Sin embargo, los sensores parecen captar más bien la activación fisiológica, es decir, las respuestas del sistema nervioso ante determinados estímulos.

Dataland (SE PUEDE USAR)  Crédito: R. Daniel Foster
El sistema central traduce las señales fisiológicas en distintas "emociones" (Foto: R. Daniel Foster)

La primera gran parada es el Pabellón de Datos, un espacio monumental equipado con 84 proyectores 4K. Allí, el Gran Modelo Natural de Anadol utiliza más de 500 millones de imágenes tomadas en 16 ambientes de selva tropical, reunidas a partir de acuerdos con el Museo de Historia Natural de Londres, el Smithsonian, Getty, iNaturalist y el Laboratorio de Ornitología de Cornell. A la vez, el sistema transmite datos ecológicos en tiempo real desde selvas tropicales, atravesados por las biofirmas de decenas de visitantes que usan las pulseras.

La sala ofrece una visión hipnótica, cercana a una alucinación. Anadol y su socia, Efsun Erkilic, la definen con una frase: "la máquina está soñando". Flores gigantes se abren y mutan en fractales. La luz atraviesa túneles hacia mundos nuevos, mientras bandadas de pájaros, o algo parecido a pájaros, caen en picada y vuelven a elevarse. Algunas escenas rozan el realismo, aunque muchas se disuelven pronto en campos de datos, como si la máquina recordara que, en verdad, carece de conciencia.

Dataland (SE PUEDE USAR) Crédito: Estudio Refik Anadol
La tendencia del entretenimiento inmersivo es conocida por atraer a un gran número de visitantes (Foto: Estudio Refik Anadol)

En distintos momentos, el ambiente libera aromas a lluvia, tierra húmeda o flores dulces, que salen de los accesorios que los visitantes llevan en el cuello. El efecto resulta sutil y evita la saturación.

La música orquestal, en cambio, puede sentirse excesiva. Suena a través de un sistema de 250 altavoces con tecnología envolvente L-ISA de L-Acoustics y ocupa toda la sala. La partitura del compositor Kerim Karaoglu tiene una impronta cinematográfica grandilocuente, aunque los cantos sagrados de sanación de los Yawanawá aportan equilibrio y se integran a la mezcla. Esas voces humanas del Amazonas remiten a una memoria ancestral y dejan algunos de los momentos más conmovedores de la experiencia.

Luego, la Galería Latente reúne tres pantallas táctiles LG donde los visitantes pueden crear imágenes de la naturaleza con el Modelo de Naturaleza a Gran Escala. Los resultados aparecen en las pantallas en el mismo momento en que el sistema los produce.

Más adelante, el recorrido avanza hacia la Sala Infinita, un espacio con capacidad para apenas doce personas. Allí, un cubo LED cubre las cuatro paredes, el techo y el piso. Las imágenes creadas con IA construyen una experiencia alucinante: por momentos, parece que la sala se inclina, aunque permanece fija. 

El viaje se adentra en la selva amazónica y lleva al encuentro de un colibrí de cristal y un "árbol de la sabiduría", inspirado en una especie que crece en el Amazonas. La pieza, de ocho minutos, se apoya sobre espirales y túneles visuales, recursos frecuentes en las recreaciones de viajes psicodélicos. Cada escena se abre a nuevas mutaciones multicolores de la selva.

Dataland (SE PUEDE USAR) Crédito: R. Daniel Foster
Una de las exhibiciones lleva a los visitantes en un viaje en espiral a través de una selva tropical (Foto: R. Daniel Foster)

En otra sala, una proyección vertical parece estar enmarcada dentro de un hueco. Pero no hay profundidad real: solo un efecto creado por la luz proyectada. Ondas digitales se desplazan, forman remolinos y dan paso a guirnaldas de flores que avanzan en espiral. Todo surge de la información reunida por las pulseras biosensoriales, datos que vuelven a aparecer al final del recorrido. Al salir, cada visitante recibe un chip que puede escanear para crear una fragancia personalizada o una remera estampada con arte de IA.

Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.

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