Hay algo particularmente simbólico en la fecha elegida por la Argentina para celebrar a sus lectores. No recuerda la muerte de un escritor -como suele hacerse comúnmente- sino su nacimiento. Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y, desde 2012, cada año es también el Día del Lector, instituido por la Ley 26.754 como homenaje a su figura y como una invitación a la lectura.
Pocos autores argentinos alcanzaron una dimensión internacional comparable. Poeta, cuentista, ensayista, traductor y bibliotecario, Borges construyó una obra en la que los laberintos, los espejos, las bibliotecas, el tiempo, el infinito, los dobles y la propia literatura aparecen una y otra vez para plantear preguntas que excedieron ampliamente las fronteras argentinas. Murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, pero sus cuentos, poemas y ensayos continúan siendo estudiados y traducidos alrededor del mundo: y, fundamentalmente, leídos.
Su reconocimiento internacional tuvo, además, una de las grandes paradojas de la historia literaria del siglo XX. Borges fue candidato en numerosas oportunidades al Premio Nobel de Literatura, pero nunca lo recibió. Sí obtuvo, entre muchas otras distinciones, el Premio Cervantes en 1979, uno de los principales reconocimientos de las letras en español.
Elegir apenas cinco obras dentro de una producción que atravesó más de seis décadas obliga a dejar títulos importantes afuera. Pero desde sus primeros experimentos narrativos hasta los cuentos de su madurez, hay cinco libros permiten recorrer buena parte del universo de Borges y descubrir que detrás de la fama de autor complejo también hay historias policiales, compadritos, amores, bibliotecas imposibles, poemas y textos capaces de contener el infinito.
Historia universal de la infamia (1935)
Publicado en 1935, Historia universal de la infamia permite encontrarse con un Borges anterior a los libros que terminarían por convertirlo en una figura central de la literatura universal. Reúne relatos breves inspirados en personajes e historias provenientes de distintas fuentes, que el escritor transforma, exagera y reescribe hasta construir algo propio.
Bandidos, impostores, piratas y personajes marginales recorren un libro en el que ya empiezan a aparecer algunos de los procedimientos que Borges llevaría mucho más lejos durante las décadas siguientes: la mezcla entre realidad y ficción, las falsas certezas documentales y el juego con las fuentes. Es una buena puerta de entrada para descubrir cómo comenzaba a formarse el escritor que vendría después.
Ficciones (1944)
Si hubiera que elegir un libro para comprender por qué Borges cambió la literatura, Ficciones sería difícil de evitar. Publicado en 1944, reúne algunos de sus cuentos más reconocidos y condensa buena parte de las ideas y obsesiones que terminarían identificándose con su obra.
Allí están “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Las ruinas circulares”, “La biblioteca de Babel”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “Funes el memorioso” y “La muerte y la brújula”, entre otros relatos. Bibliotecas infinitas, mundos imaginarios, hombres incapaces de olvidar, laberintos y distintas formas de pensar el tiempo convierten al libro en uno de los mejores exponentes de lo que sería el eterno universo borgeano.
El Aleph (1949)
Cuatro años antes de convertirse en libro, El Aleph apareció como cuento y terminó dando nombre a la colección completa. En el centro del relato hay uno de los objetos más célebres imaginados por Borges: un pequeño punto del espacio desde el cual pueden contemplarse, simultáneamente y sin confundirse, todos los lugares del mundo.
Pero El Aleph es mucho más que el cuento que le da título. El volumen reúne relatos en los que vuelven el infinito, la identidad, el destino y los límites entre lo real y lo fantástico. También muestra una característica fundamental de Borges: su capacidad para convertir problemas filosóficos enormes en cuentos relativamente breves y hacer que una biblioteca, una casa o un objeto cotidiano puedan abrir la puerta hacia algo incomparable.
El hacedor (1960)
El hacedor permite conocer a otro Borges. Publicado en 1960, combina poemas, relatos y prosas breves y rompe con la idea de acercarse al escritor únicamente a través de sus cuentos. Para entonces, además, la pérdida de la visión había modificado profundamente su forma de trabajar y su relación con los libros y la escritura.
Memoria, literatura, sueños, espejos y episodios autobiográficos conviven en un volumen difícil de encerrar dentro de un único género. Esa combinación convierte a El hacedor en una pieza especialmente útil para comprender que Borges no fue solamente el creador de complejos universos fantásticos: fue también un poeta que volvió una y otra vez sobre Buenos Aires, el paso del tiempo, sus antepasados y su propia experiencia.
El libro de arena (1975)
Cuarenta años después de Historia universal de la infamia, Borges publicó El libro de arena. Para entonces tenía 76 años y una trayectoria que ya lo había convertido en una figura internacional, pero muchas de las preguntas que habían recorrido su literatura seguían allí.
El cuento que da título al volumen parte de una idea tan sencilla como perturbadora: un libro cuyas páginas son infinitas y en el que resulta imposible volver a encontrar una página una vez que fue pasada. El infinito vuelve convertido en un objeto que alguien podría sostener entre las manos. Es una imagen profundamente borgeana y también una buena forma de cerrar este recorrido: cuatro décadas después de sus primeros relatos, Borges seguía encontrando nuevas maneras de enfrentarse a aquello que no podemos terminar de comprender.