Transiciones laborales: qué hacer cuando la carrera que construimos deja de representarnos
Ya hace poco más de 20 años, la especialista en liderazgo Herminia Ibarra planteaba algo que hoy resulta cada vez más evidente: nuestra identidad profesional no es única ni fija, sino múltiple y dinámica.

Cecilia Russo Fundadora de Cecilia Russo Equipo + Humano

Hay una escena que se repite cada vez más. Personas con carreras consolidadas, experiencia, buenos resultados y trayectorias incluso admiradas que, sin embargo, empiezan a hacerse preguntas incómodas. “Quiero cambiar el foco de mi carrera”. “Me gustaría moverme hacia otra área”. “Quiero dejar el mundo corporativo”. “No sé si quiero seguir haciendo esto de esta manera”.

Y lo interesante es que muchas veces esa incomodidad aparece aun cuando, desde afuera, “todo parece estar bien”.

Hace años, probablemente estas preguntas hubieran sido vistas con cierta sospecha. ¿Por qué cambiar si te va bien? ¿Qué salió mal? ¿No sería mejor sostener la estabilidad? Pero algo cambió profundamente en la forma en que pensamos el trabajo, el éxito y las trayectorias profesionales.

Hoy entendemos mucho más que las carreras no son lineales, que las identidades laborales evolucionan y que permanecer décadas haciendo exactamente lo mismo ya no necesariamente es sinónimo de realización profesional.

Hace muchos años llegó a mis manos Working Identity, el libro de la académica y especialista en liderazgo Herminia Ibarra, publicado originalmente en 2003. En ese momento me pareció absolutamente de vanguardia porque planteaba algo que hoy resulta cada vez más evidente: nuestra identidad profesional no es única ni fija, sino múltiple y dinámica.

Ibarra, profesora en London Business School y una de las referentes globales en temas de transición de carrera y liderazgo, trabaja una idea muy potente: muchas veces no descubrimos primero quién queremos ser para luego cambiar, sino exactamente al revés. Exploramos, probamos, experimentamos y, recién ahí, aparece una nueva identidad profesional posible.

Esa mirada, que hace veinte años parecía disruptiva, hoy dialoga perfectamente con un mercado laboral atravesado por cambios tecnológicos, nuevas prioridades personales y transformaciones constantes en las organizaciones.

El viejo modelo de “un trabajo para toda la vida” empezó a desarmarse hace tiempo. Y no solamente porque las personas cambien de empresa con más frecuencia. Lo que vemos cada vez más es otra cosa: profesionales que sienten la necesidad de redireccionar su carrera porque algo del modo en que vienen viviendo su trabajo dejó de representarles sentido.

De hecho, distintos estudios muestran que el vínculo con el trabajo está atravesando una transformación profunda. Un relevamiento global de Gallup detectó en los últimos años un crecimiento sostenido de personas que priorizan equilibrio personal, flexibilidad y bienestar por sobre modelos tradicionales de éxito asociados exclusivamente al ascenso o la permanencia. Y especialmente entre generaciones más jóvenes —aunque no únicamente— aparece cada vez más legitimada la idea de revisar prioridades profesionales sin vivirlo como un fracaso.

(Foto: Gentileza Cecilia Russo Equipo + Humano)

Eso también empieza a verse en quienes pertenecemos a la Generación X. Muchos comenzamos a incorporar otras preguntas: cuánto espacio tiene el trabajo dentro de nuestra vida, qué lugar ocupa el tiempo personal, cuánto sentido encontramos en lo que hacemos o qué costo emocional tiene sostener determinadas dinámicas laborales.

Y, honestamente, creo que hacernos esas preguntas es una buena noticia.

Porque durante mucho tiempo las transiciones profesionales estuvieron asociadas a crisis, frustraciones o rupturas abruptas. Hoy empezamos a entenderlas de otro modo: como procesos de revisión, evolución y reconfiguración personal.

Eso no significa romantizar el cambio. Toda transición laboral incomoda. Implica incertidumbre, pérdida de referencias conocidas y momentos de ambivalencia. Pero incomodarse no necesariamente significa estar equivocados. Muchas veces significa exactamente lo contrario: que algo importante necesita ser revisado.

Ahí aparece un punto central que veo constantemente en procesos de coaching y consultoría. Muchas personas creen que deberían tener completamente resuelto su próximo paso antes de empezar a moverse. Y eso suele paralizarlas.

Herminia Ibarra propone justamente lo contrario.

Las tres etapas de una transición profesional

La autora describe las transiciones de carrera como un recorrido compuesto por distintas etapas.

La primera es la introspección. Ese momento en el que empezamos a revisar prioridades, intereses, motivaciones y aspectos de nuestra historia profesional con cierta honestidad. No desde la exigencia de tener respuestas inmediatas, sino desde la posibilidad de entender qué cosas empezaron a quedar desalineadas.

A veces las señales aparecen de manera silenciosa: pérdida de entusiasmo, agotamiento persistente, sensación de desconexión con el trabajo cotidiano, dificultad para proyectarse, o incluso la percepción de que seguimos siendo eficaces en algo que ya no queremos sostener de la misma manera.

Y acá me parece importante decir algo: muchas veces el problema no es el trabajo en sí, sino la identidad que construimos alrededor de ese trabajo. Porque cuando una carrera fue exitosa, también puede volverse difícil imaginarse fuera de ese lugar conocido.

La segunda etapa que describe Ibarra es la exploración de posibilidades. Empezar a preguntarnos qué otras opciones existen, qué capacidades desarrolladas podrían trasladarse a otros contextos y qué nuevos formatos de carrera podrían tener sentido para nosotros.

En esta instancia suele aparecer otra tensión muy contemporánea: el miedo a “empezar de nuevo”. Pero en realidad las transiciones profesionales rara vez implican partir de cero. Lo que hacemos es resignificar experiencia acumulada y trasladarla hacia otros espacios, roles o proyectos.

Y quizá uno de los cambios culturales más importantes de esta época es justamente ese: hoy la versatilidad profesional empezó a ser valorada. En muchos entornos laborales, la capacidad de adaptarse, reaprender y rediseñar recorridos pesa tanto como la especialización técnica.

El cambio no empieza cuando renunciamos

La tercera etapa que plantea Ibarra es la experimentación. Empezar a dar pequeños pasos hacia eso nuevo que estamos imaginando. Participar de proyectos distintos, explorar consultoría, desarrollar un emprendimiento paralelo, formarse en nuevas áreas o generar conversaciones que nos acerquen a otros mundos posibles.

Este punto me parece especialmente importante porque ayuda a bajar dramatismo. Las transiciones laborales no suelen ocurrir de un día para otro. En general se construyen gradualmente.

Y muchas veces el gran error es esperar una certeza absoluta antes de movernos.

En la práctica, lo que suele generar claridad es justamente la acción. Probar. Conversar. Explorar. Ensayar nuevas versiones profesionales de nosotros mismos.

Por eso, cuando alguien me pregunta si puede elegir no atravesar este proceso, mi sensación es que la respuesta tiene matices. Claro que podemos postergar decisiones. Pero cuando la pregunta sobre nuestro futuro profesional apareció de verdad y empezó a generar incomodidad, algo ya se puso en movimiento.

El cambio quizá no ocurra inmediatamente. Pero probablemente termine llegando.

Entonces el desafío deja de ser evitarlo y pasa a ser otro: cómo atravesarlo de manera consciente, organizada y menos culposa.

Quizá el verdadero riesgo hoy no sea animarnos a revisar nuestra carrera, sino quedarnos demasiado tiempo sosteniendo una versión profesional que ya no conversa con quienes somos.

Porque cuando el trabajo pierde sentido durante demasiado tiempo, tarde o temprano algo se empobrece: la motivación, la energía, la creatividad o incluso nuestra conexión con la vida cotidiana.

Por eso suelo pensar las transiciones profesionales no como un problema a resolver, sino como una conversación importante que vale la pena animarse a tener.

Incluso cuando todavía no tengamos del todo clara la respuesta.

*La autora, Cecilia Russo, es fundadora de Cecilia Russo Equipo + Humano