Cecilia Valleboni Subeditora
Durante años, la conversación corporativa sobre salud mental y clima de trabajo estuvo dominada por el burnout: el síndrome del quemado provocado por el exceso de tareas, los horarios infinitos y la presión constante por llegar a los objetivos. Sin embargo, en las estructuras organizacionales modernas existe un fenómeno diametralmente opuesto, igual de destructivo y significativamente más difícil de diagnosticar: el boreout (o el aburrimiento crónico en el puesto de trabajo).
Conceptualizado por primera vez por los consultores suizos Philippe Rothlin y Peter Werder, el boreout no se define simplemente como tener una tarde tranquila o estar aburrido en una reunión. Se trata de un estado sostenido de insatisfacción profunda, falta de estímulo intelectual, ausencia de sentido y volumen insuficiente de tareas significativas.
Quien padece boreout no trabaja poco por pereza, sino porque la organización no le demanda el potencial para el que fue contratado. Y ese vacío genera una paradoja desgastante: el empleado gasta una cantidad enorme de energía mental en simular que está ocupado para proteger su puesto de trabajo.
El fenómeno suele alimentarse de tres factores principales:
- El aburrimiento cuantitativo y cualitativo: La falta física de tareas o la asignación de responsabilidades repetitivas, mecánicas y sin desafío cognitivo.
- La falta de propósito: No comprender cómo el trabajo propio impacta en los objetivos globales de la empresa o sentir que lo que se hace es irrelevante.
- La sobrecalificación: Profesionales con alta formación ejecutiva o técnica relegados a funciones operativas que no aprovechan su talento.
A diferencia del estrés por burnout, que muchas veces es visible y hasta "socialmente validado" en culturas corporativas que premian la sobreocupación, el boreout se vive con culpa y vergüenza. El colaborador siente que no puede quejarse por tener "un trabajo fácil" o "poco para hacer", lo que deriva en cuadros de ansiedad, apatía, baja autoestima y una desconexión emocional progresiva con el empleo.
Las consecuencias financieras para las organizaciones son cuantiosas pero invisibles en el corto plazo. El boreout erosiona la innovación, destruye la eficiencia de los equipos, fomenta la rotación no deseada cuando el talento decide marcharse y alimenta tendencias paralelas como la renuncia silenciosa o la búsqueda activa de un "colchón" profesional en horario de oficina. Un equipo desestimulado no solo produce menos: se vuelve incapaz de reaccionar ante los cambios del mercado.
“Estar sobrecargado agota el cuerpo, pero estar crónicamente desestimulado apaga el criterio. El boreout convierte a profesionales talentosos en espectadores de su propia carrera.”
Protocolo para líderes: cómo erradicar la trampa de la simulación
Prevenir o revertir el boreout requiere que los líderes superen la vieja métrica del "presentismo" o la ilusión de ver a la gente "ocupada frente a la pantalla". La respuesta exige rediseñar la experiencia laboral:
- Auditar la carga y la calidad del trabajo: Evaluar periódicamente si las tareas asignadas coinciden con el nivel de competencias del colaborador. Si una posición quedó sobredimensionada o vaciada de contenido, es momento de reestructurar el rol.
- Conectar el esfuerzo con el impacto: El antídoto número uno contra la apatía es el sentido. Transparentar el impacto que tiene cada entregable dentro del proyecto global de la compañía le devuelve el valor al trabajo diario.
- Fomentar la movilidad y los proyectos transversales: Permitir que los empleados participen en células de trabajo de otras áreas o en iniciativas de innovación interna ayuda a diversificar el estímulo mental y renueva el entusiasmo profesional.
- Crear entornos de seguridad psicológica: Romper el tabú del aburrimiento. Un colaborador debe tener la confianza de poder decirle a su líder "siento que puedo dar más y necesito nuevos desafíos" sin temor a ser penalizado o considerado prescindible.
El boreout es un síntoma de desconexión entre lo que el talento puede ofrecer y lo que la empresa le permite construir. En un entorno empresarial donde el valor diferencial es la capacidad de pensar, crear y resolver problemas complejos, dejar que los mejores cuadros se apaguen por falta de estímulo es un lujo que ninguna organización se puede dar.