Peter Thiel ya dio el primer paso. Sam Altman prometió una inversión multimillonaria que aún espera materializarse. Elon Musk sigue observando el potencial energético y minero del país. En ese contexto, la columna que Javier Milei publicó esta semana en Financial Times parece menos una reflexión teórica sobre inteligencia artificial que una carta dirigida a los hombres más ricos de la nueva economía tecnológica.
El artículo, titulado "Argentina invites AI to free itself", apareció pocos días después de que el Gobierno enviara al Congreso el proyecto conocido como Súper RIGI, un régimen de promoción diseñado para atraer inversiones superiores a los US$ 1.000 millones en sectores considerados estratégicos para la economía del futuro, desde centros de datos y aplicaciones de inteligencia artificial hasta baterías de litio y otras industrias intensivas en tecnología.
Leídos en conjunto, ambos movimientos revelan una estrategia más amplia: posicionar a la Argentina como una de las jurisdicciones más amigables del mundo para el desarrollo de la inteligencia artificial y la infraestructura asociada.
La señal más visible de esa apuesta es la llegada de Peter Thiel al país, fundador de Palantir y uno de los inversores más influyentes de Silicon Valley. El empresario mantuvo reuniones con Milei y miembros del Gobierno en momentos en que la administración busca captar inversiones vinculadas al sector tecnológico y fortalecer los vínculos con actores clave de la economía digital global.
Thiel no es un empresario más. Además de haber cofundado PayPal junto a Elon Musk, fue uno de los primeros inversores externos de Facebook y se convirtió en una de las figuras más influyentes dentro del ecosistema tecnológico estadounidense. Su interés por la Argentina fue interpretado por el mercado como una señal de que el país empieza a aparecer en el radar de algunos de los principales jugadores de la industria.
La ofensiva oficial también tiene otros destinatarios. El Gobierno sigue de cerca la posibilidad de atraer proyectos vinculados a grandes centros de procesamiento de datos, una de las industrias que más crecerá al calor de la expansión de la inteligencia artificial. El año pasado, Sam Altman, CEO de OpenAI, anunció un proyecto de inversión por unos US$ 20.000 millones para desarrollar infraestructura tecnológica en el sur argentino, aunque la iniciativa todavía no avanzó hacia una etapa concreta de ejecución.
La carrera global por la inteligencia artificial está generando una demanda sin precedentes de energía, capacidad de cómputo y recursos minerales estratégicos. Para abastecer esa expansión se necesitarán miles de millones de dólares en centros de datos, redes eléctricas, baterías y nuevas fuentes de generación energética.
Es precisamente allí donde el Gobierno cree que Argentina puede construir una ventaja competitiva.
El proyecto de Súper RIGI apunta a ofrecer un marco de estabilidad excepcional para inversiones de gran escala. Entre los incentivos previstos figuran una alícuota reducida del Impuesto a las Ganancias del 15%, estabilidad tributaria, aduanera y cambiaria por 30 años, libre disponibilidad progresiva de divisas provenientes de exportaciones y beneficios especiales para la importación de equipos e infraestructura.
La iniciativa parece diseñada para un universo muy específico de inversores: compañías tecnológicas globales, operadores de centros de datos, fabricantes de baterías, desarrolladores de infraestructura energética y fondos dispuestos a financiar proyectos multimillonarios de largo plazo.
La columna de Milei en Financial Times agrega un componente adicional. Allí el Presidente no sólo defiende la necesidad de evitar regulaciones tempranas sobre la inteligencia artificial, sino que plantea la creación de una nueva categoría jurídica para entidades operadas por agentes de IA. En su visión, así como la sociedad de responsabilidad limitada permitió el desarrollo del capitalismo moderno, la próxima revolución tecnológica requerirá nuevas herramientas legales que permitan a sistemas autónomos operar y asumir riesgos dentro de la economía.
La propuesta representa una de las apuestas regulatorias más disruptivas planteadas hasta ahora por un jefe de Estado. También funciona como un mensaje dirigido a los emprendedores e inversores que lideran la carrera global por la inteligencia artificial.
Mientras Europa avanza con regulaciones cada vez más estrictas sobre el sector y Estados Unidos mantiene abierto el debate sobre los límites de la tecnología, la Argentina busca construir una identidad diferente: la de un país dispuesto a ofrecer menos restricciones, incentivos fiscales agresivos y estabilidad regulatoria para quienes desarrollen la próxima generación de infraestructura tecnológica.
La pregunta es si esa estrategia alcanzará para captar parte de los cientos de miles de millones de dólares que la industria de la inteligencia artificial invertirá durante la próxima década.
Por ahora, el Gobierno parece decidido a intentarlo. La llegada de Thiel, el Súper RIGI y la tribuna elegida por Milei en Financial Times muestran que la competencia por atraer a los magnates de la nueva economía ya comenzó.