Lee Jae-myung no es, para Corea del Sur, un presidente más. Su historia de vida condensa pobreza, trabajo fabril pesado, una lesión que marcó su infancia, formación jurídica, militancia social, gestión territorial y una llegada al poder atravesada por una crisis institucional histórica. Entender ese recorrido no puede ser un simple ejercicio de curiosidad biográfica: es la forma más directa de leer cómo piensa hoy el líder de una de las economías más sofisticadas de Asia.
Nacido en 1963 en una aldea montañosa de Andong, en la provincia de Gyeongbuk (cuna del confucianismo, sistema filosófico inmanente en la rígida cultura asiática), Lee creció en una familia numerosa y con recursos muy limitados.
Según sus biógrafos y los retratos publicados hasta ahora, dejó la escuela media para entrar ilegalmente al mercado laboral, trabajó en fábricas desde la niñez donde sufrió accidentes que le dejaron secuelas permanentes en un brazo y en la mano. A pesar de todo, Aun así, logró rendir los exámenes de ingreso al secundario y a la universidad, estudiar Derecho con beca completa y aprobar el examen de abogado en 1986.
Ese origen explica mucho de su identidad política. Durante casi dos décadas trabajó como abogado de derechos humanos antes de ingresar a la política en 2005, cuando se sumó al Uri Party, antecedente del Partido Democrático de Corea, donde sus más acérrimos seguidores lo llaman afectuosamente Jam-papa (algo así como Papá Jae).
Su experiencia como abogado y líder laboral lo llevó a crecer rápidamente en popularidad y en 2010 asumió su primer cargo público como alcalde de Seongnam y luego de 8 años, en gobernador de Gyeonggi, dos cargos desde los que construyó una reputación de gestor duro, pragmático y dispuesto a enfrentar estructuras de poder que consideraba ineficientes o injustas.
Su vida pública también quedó atravesada por la controversia. La BBC y The Economist describieron a Lee como un dirigente “divisivo”, capaz de generar adhesiones intensas y rechazos igualmente firmes. En el plano judicial, acumuló causas por supuestos delitos vinculados con desarrollos inmobiliarios, transferencias a Corea del Norte y violaciones a la ley electoral.
En noviembre de 2024 fue condenado por hacer declaraciones falsas durante la campaña presidencial anterior; luego obtuvo un fallo favorable en apelación, más tarde revocado por la Corte Suprema. La violencia también lo alcanzó: en enero de 2024 fue apuñalado en el cuello mientras respondía preguntas de la prensa en Busan, un ataque que reforzó la percepción de polarización extrema en la política surcoreana.
Su ascenso definitivo llegó tras la crisis de diciembre de 2024, cuando el entonces presidente Yoon Suk Yeol intentó imponer la ley marcial. Lee reaccionó en tiempo real, convocó a la ciudadanía por streaming, corrió hasta el Parlamento y ayudó a frenar la medida. Meses después, el Tribunal Constitucional confirmó el juicio político contra Yoon y Lee terminó ganando la presidencia. Ese episodio no solo lo proyectó como líder opositor; lo transformó en el símbolo de la defensa del orden constitucional en Corea del Sur.
Esa trayectoria es importante para leer su agenda actual. The Economist lo describió como un dirigente que privilegia el pragmatismo por sobre la ideología. En sus intervenciones recientes habló de “restaurar el crecimiento”, de agrandar el pastel y de darle mayor centralidad al sector privado, al mercado de capitales y a una política orientada a resultados. También moderó su discurso externo: aunque mantiene la tradicional defensa del vínculo con Estados Unidos, insiste en una diplomacia práctica con China, Japón, Rusia y Corea del Norte.
Por qué importa su visita
La visita de Lee Jae-myung a Buenos Aires tiene una dimensión que excede el protocolo. Corea del Sur busca profundizar su relación con Sudamérica, reactivar la discusión con Mercosur y asegurar cadenas de suministro más estables en minerales críticos, energía, tecnología e inteligencia artificial. Según despachos regionales recientes, Lee llegó a la gira por Brasil, Chile y Argentina con el objetivo explícito de avanzar en una negociación comercial con Mercosur y fortalecer la cooperación en sectores estratégicos. En Buenos Aires se reunirá con Javier Milei.
Para la Argentina, el encuentro tiene una lectura clara. Corea del Sur no es solo un comprador de commodities: es una potencia industrial con peso en semiconductores, baterías, automotrices, electrónica, astilleros, tecnología y manufactura avanzada. En un contexto en el que Buenos Aires busca más inversión, más exportaciones y más anclaje en cadenas de valor globales, Seúl aparece como un socio valioso para alimentos, energía, litio, cobre y servicios de base tecnológica.
La relación bilateral ya muestra esa complementariedad. Documentos oficiales argentinos sobre el mercado surcoreano destacan que las exportaciones locales se concentran en productos agroindustriales, minerales estratégicos y subproductos como aceite de soja, minerales de plata y carbonato de litio. Del otro lado, Argentina importa desde Corea bienes industriales y productos de alta tecnología. Para el empresariado argentino, eso significa una relación con margen para crecer si se consigue una mejor arquitectura comercial.
Qué puede unir a Milei y Lee
Aunque provienen de tradiciones políticas muy distintas, Milei y Lee comparten una lógica que puede facilitar el diálogo: ambos se presentan como dirigentes orientados a la gestión, al crecimiento y a la corrección de desequilibrios estructurales. Milei insiste en disciplina fiscal, apertura y desregulación; Lee, desde un prisma socialdemócrata y pragmático, habla de competitividad, sector privado, capital markets y crecimiento sostenible.
Hay además un punto de contacto más profundo: los dos entienden que gobernar hoy exige lidiar con una economía fragmentada y un mundo que premia la flexibilidad. Corea del Sur necesita diversificar su seguridad económica; la Argentina necesita abrirse a capital, tecnología y mercados. Ambos líderes, cada uno desde su ideología, saben que las cadenas globales ya no se organizan solo por costo, sino por resiliencia, confianza y acceso a insumos críticos.
Por qué Corea del Sur importa para los negocios argentinos
Para un empresario argentino, Corea del Sur representa cuatro cosas a la vez. Primero, un mercado de alto poder adquisitivo y demanda sofisticada. Segundo, un proveedor y socio tecnológico de primera línea. Tercero, un jugador relevante en la transición energética y en la carrera por baterías, vehículos eléctricos y semiconductores. Cuarto, una puerta de entrada al diálogo con Asia en un momento en que Occidente y Oriente compiten por minerales y alimentos.
También hay una oportunidad concreta para sectores donde Argentina ya tiene ventajas: minería de litio, cobre, alimentos con valor agregado, bioeconomía, energía y servicios basados en conocimiento. En 2024, por ejemplo, la minera surcoreana Posco anunció una inversión de U$S 2.000 millones (y alcanzar una producción global de 100.000 toneladas anuales de litio) en el salar del Hombre Muerto, en Salta, una señal de que el interés coreano por los recursos argentinos no es teórico sino operativo.
El vínculo además tiene una dimensión geopolítica. Corea del Sur busca reducir riesgos de abastecimiento en medio de tensiones globales y necesita aliados confiables fuera de su vecindario asiático. Argentina, en cambio, necesita insertar mejor sus recursos en mercados de largo plazo. En ese cruce aparece el valor de la visita: no como una foto bilateral más, sino como una discusión sobre cómo se posicionan dos países que, por razones distintas, están obligados a pensar en escala, estabilidad y valor estratégico.
La lectura que deja la visita
Si la Argentina quiere aprovechar este momento, tiene que leer a Lee Jae-myung como lo que realmente es: un presidente que viene de la periferia social y política, que aprendió a sobrevivir al conflicto y que hoy administra una potencia industrial con interés en minerales, alimentos, energía y tecnología. Su historia personal lo hizo sensible a la movilidad social; su recorrido político lo volvió pragmático; su presidencia lo coloca en el centro de un tablero donde los negocios importan tanto como la diplomacia.
Esa es la clave: la visita de Lee no se explica solo por la agenda protocolar de un líder asiático. Se explica porque Corea del Sur es un actor que puede influir en la próxima década de comercio, inversión y tecnología para la Argentina. Y porque, en un mundo que ya premia a quienes entienden la intersección entre política y negocios, ignorar a Lee Jae-myung sería perderse una parte esencial del mapa.