La guerra de Ucrania y el precio del tiempo para Rusia
Rusia lleva más de 4 años en guerra contra Ucrania, mientras su economía sufre el impacto. ¿A quién le cuesta más seguir?

Mookie Tenembaum filósofo y analista internacional

Durante gran parte de estos cuatro años, el tiempo pareció trabajar a favor del Kremlin, Ucrania se cansaba, Occidente dudaba y Rusia esperaba. Sin embargo, en 2026 esa cuenta empezó a cambiar en varios frentes a la vez con el dinero, la logística interna, el combustible, las tropas, la política interna y la diplomacia. Si bien ninguno de esos problemas por separado define una guerra, juntos y sostenidos en el tiempo sí la determinan

El primer problema es el dinero. Las sanciones le impiden a Rusia colocar bonos de deuda en el extranjero. Así, el gobierno ensayó una venta a sus propios bancos comerciales, pero los bancos se resistieron a comprarlos con tasas bajas por el riesgo que implican. Subir el rendimiento de esos bonos encarece el financiamiento del Estado, presiona las tasas de toda la economía y frena un crecimiento ya anémico.

El déficit fiscal llegó a ₽6,46 billones de rublos, unos $77.500 millones de dólares, en los primeros siete meses de 2026, muy por encima de la meta anual de ₽3,8 billones, unos $46.000 millones. El propio Ministerio de Finanzas atribuye buena parte de ese bache a gasto adelantado, no a un desborde sostenido, pero el problema de fondo sigue intacto porque el Ministerio necesita vender bonos y no encuentra compradores. Canceló las subastas del 24 de junio y del 8 de julio de 2026. El 1 de julio colocó apenas ₽10.000 millones de rublos, es decir, menos de un décimo de los ₽110.000 millones, unos $1.300 millones, que necesitaba. Los rendimientos a más de 10 años superaron el 16,5%. Los bancos ya no tienen liquidez disponible para comprar esa deuda, y el Banco Central sostiene el sistema con inyecciones constantes.

Ese vacío financiero convive con una dependencia creciente de China. Más del 99% del comercio entre Rusia y China ya se liquida en yuanes y en rublos, sin dólares ni euros de por medio. Eso solo no alcanza para hablar de sometimiento, sin embargo lo que genera dependencia real es que China se volvió, al mismo tiempo, comprador de energía rusa, proveedor de bienes industriales y canal financiero alternativo. Los tres roles juntos, sin sustituto disponible, son la verdadera atadura.

En medio de rumores sobre una posible confiscación de depósitos, los rusos retiraron sumas récord de los bancos. En las dos primeras semanas de agosto de 2026 sacaron $3.400 millones de dólares. Desde enero, la fuga total superó los $24.000 millones. Solo en el segundo trimestre salieron del país otros $9.400 millones en capital privado, canalizados a través de cuentas abiertas en Kazajistán, Kirguistán y Armenia. El ritmo de 2026 podría casi duplicar la fuga de 2022, el primer año de la invasión.

El segundo problema es la logística interna. Desde julio de 2026, los drones ucranianos atacaron de forma sistemática los centros de distribución de Wildberries, la mayor plataforma de comercio electrónico de Rusia. Las pérdidas combinadas de la empresa y de sus vendedores se estiman entre ₽600.000 y ₽800.000 millones de rublos, entre $7.500 y $9.500 millones de dólares según Forbes Rusia, con cálculos puntuales que llegan a casi $12.000 millones. Los préstamos de corto plazo de la principal empresa operativa de Wildberries crecieron casi ocho veces en el año, a más de ₽800.000 millones de rublos, y parte del faltante de capital que enfrenta el banco estatal VTB está ligado a esa cartera. Por su parte, el Banco Central recomendó a los prestamistas reestructurar la deuda de las pequeñas empresas afectadas.

Ucrania descubrió que puede golpear, con un solo ataque, un nodo físico que conecta logística, comercio minorista y crédito bancario, algo nuevo en esta guerra. La destrucción de los grandes centros de acopio obliga además a descentralizar los almacenes y a alargar las distancias de transporte terrestre en un territorio inmenso, justo antes de un invierno que exige infraestructura preparada para el frío.

Una tercera dificultad es el combustible. Los ataques ucranianos afectan una fracción significativa de la capacidad nominal de refinado del país. En un día de agosto de 2026, según una aplicación independiente que mide la disponibilidad, apenas el 28% de las estaciones de servicio de Rusia tenía carga disponible. Moscú y otras ciudades reinstauraron límites de compra de entre 50 y 60 litros por vehículo. La refinería de Kapotnya, que abastece cerca del 40% de la gasolina de la región de Moscú y la mitad de su diésel, quedó fuera de servicio y no volverá a funcionar antes de fin de año. El propio Putin reconoció la escasez, aunque la calificó de pasajera y de poca gravedad.

Un cuarto factor es el desgaste militar. Después de cuatro años de combate continuo, las líneas del frente apenas se movieron en los últimos meses. Rusia no repone sus bajas con tropas propias al ritmo necesario, y por eso recurrió a Corea del Norte. El primer contingente, de unos 10.000 u 11.000 soldados, sufrió un desgaste veloz por la falta de entrenamiento conjunto, la barrera del idioma y un clima para el que no estaba preparado. Cerca de 6.000 de esos soldados murieron o resultaron heridos.

Pese a eso, Rusia y Corea del Norte prepararían el envío de entre 30.000 y 50.000 soldados adicionales antes de fin de noviembre. Si bien Corea del Norte negó la cifra, durante meses también desmintió el envío de las primeras tropas, hasta que no tuvo remedio. A cambio del financiamiento ruso, el mando norcoreano busca foguear a sus fuerzas en un combate real que jamás podría replicar en tiempos de paz.

Cuatro años después, Rusia no consiguió la supremacía aérea que una potencia de su calibre esperaba al comienzo del conflicto. Su aviación militar evita el ingreso en el espacio aéreo disputado por el riesgo de ser derribada, y se limita a lanzar misiles de largo alcance desde lejos.

Rusia tampoco intercepta con eficacia los drones ucranianos de largo alcance, algunos con un rango de hasta 3.000 kilómetros y motor a reacción. Estos vuelan muy bajo y evitan así el radar convencional. Así, recurrió entonces a patrullas viales que disparan con ametralladoras y a redes metálicas colgadas sobre las refinerías. El problema de fondo es de escala porque una infraestructura gigantesca que antes quedaba lejos del frente ahora demanda una defensa distribuida por millones de kilómetros cuadrados, y no alcanza para proteger todo a la vez. Moscú, una refinería, una base o un depósito compiten entre sí por una sistemas antidrones que no sobran.

Un sexto golpe llegó por el mar Negro. Con vehículos marítimos no tripulados tanto de superficie como submarinos, Ucrania hundió o inutilizó cerca de un tercio de la flota rusa en esa zona, según estimó el Ministerio de Defensa ucraniano. El crucero Moskva, buque insignia de esa flota, se hundió ya en 2022. Rusia trasladó lo que quedaba desde Sebastopol, en Crimea, hasta Novorossiysk, en su territorio continental, y tampoco ahí está a salvo porque el 12 de agosto de 2026 los drones ucranianos dañaron seriamente a dos fragatas, la Almirante Makárov y la Almirante Essen, en ese mismo puerto. Rusia perdió así la capacidad de operar con seguridad en el mar Negro, lo que interrumpe las rutas que usa para exportar granos, armas y petróleo. El cierre del Bósforo a los buques de guerra depende de Turquía y de la aplicación de la Convención de Montreux durante la guerra, no de los barcos que Ucrania hundió.

Un séptimo malestar es interno. Pese al control estatal, en la sociedad rusa persiste un humor cínico sobre las colas para conseguir combustible. El apoyo declarado a la guerra cayó al 66% en julio de 2026, uno de los niveles más bajos desde el comienzo del conflicto, según encuestas independientes.

Las elecciones legislativas están fijadas para el 20 de septiembre de 2026. El partido Rodina denunció al único partido registrado que pedía el fin de la guerra, Yábloko, por violaciones a las reglas de financiamiento de campaña y por el uso no autorizado de canciones soviéticas protegidas por derechos de autor. La Corte Suprema confirmó su exclusión sin detallar públicamente cuál de esos motivos resultó decisivo. El 17 de agosto de pasado, el mismo día en que rechazó la apelación del partido, un tribunal de Pskov condenó a Lev Shlosberg, vicepresidente de Yábloko, a 11 años y un mes de prisión por desacreditar al ejército ruso. El resultado real de todo esto es que ningún partido con representación en las urnas podrá pedir un alto el fuego.

Un octavo plano, el diplomático, tampoco ofrece alivio. Las conversaciones con Estados Unidos se frenaron después de que Moscú rechazó congelar las líneas actuales del frente y exigió más territorio a cambio de cualquier acuerdo. Ante el sostén europeo a Ucrania, Rusia endureció sus advertencias contra el Reino Unido, Polonia y los países bálticos, y afiló su vocabulario contra sus adversarios, a los que llama terroristas y neonazis. La amenaza nuclear sigue siendo, sobre todo, un recurso verbal, porque un uso real del arma atómica aislaría a Rusia del mundo entero y rompería su vínculo con China, el único socio comercial que le queda en escala relevante.

En ese contexto conviene leer los episodios recientes de provocación aérea rusa. El 20 de agosto, un avión ruso de reconocimiento, un Ilyushin Il-20, entró en el espacio aéreo de Finlandia sobre el Golfo de Finlandia y permaneció ahí unos 3 minutos; fue la tercera violación del año. Al tiempo que Finlandia convocó al embajador ruso para pedir explicaciones, episodios similares se repitieron durante 2026 contra Polonia, Estonia, Rumania y Moldavia.

Ese tipo de gesto suele leerse como una demostración de fuerza, pero es, en realidad, todo lo contrario. Un país que domina su propia situación no necesita provocar a sus vecinos para probarlo. Así, por primera vez desde 2022, el reloj no corre a favor del Kremlin, sino en su contra.

Las cosas como son.

* Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en SpotifyAppleYouTube y todas las plataformas.