Forbes Argentina
elon-musk
Today

“Elon Musk no es un lunático”: rememorando la infancia de SpaceX

Forbes US

Share

01 Junio de 2020 15.09

Esta nota se publicó por primera vez en la edición de Forbes del 12 de mayo de 2003. Ahora que SpaceX hizo su histórico vuelo privado para poner a astronautas en órbita, volvemos a publicar el primer perfil público de Elon Musk, escrito en 2003, poco después de la fundación de la empresa y cinco años antes de que se fabricara el primer Tesla.

Dejemos algo claro: Elon Musk no es un lunático. “Soy uno de los tipos menos excéntricos del mundo”, insiste. Pocos excéntricos ganaron US$ 200 millones antes de cumplir 31 años, como Musk, gracias a dos éxitos de Internet: Zip2, que le vendió a Compaq en 1999 por US$ 307 millones en efectivo; y PayPal, comprado por Ebay en octubre de 2002 por US$ 1.500 millones en acciones.

Nada de excéntrico hay en su nuevo emprendimiento, financiado, según Musk, por “decenas de millones” de su bolsillo. Suponiendo que obtenga todas las autorizaciones del Gobierno que necesita, su empresa, Space Exploration Technologies (SpaceX), estará lista para lanzar cohetes de bajo costo a fin de año. Por ahora, el plan consiste en transportar satélites livianos y otras cargas pequeñas de hasta media tonelada en vuelos de US$ 6 millones cada uno, mucho más baratos que los populares cohetes de Orbital Sciences, los Pegasus, que cuestan US$ 20 millones.

Recién cuando se pone a hablar sobre el futuro de SpaceX uno empieza a escuchar la cortina de Star Trek en la mente. Musk está bastante preocupado por la posible extinción de la humanidad. “Siempre existe el riesgo de alguna catástrofe, como lo que les pasó a los dinosaurios o una guerra nuclear global”, dice en tono lúgubre mientras toma una Diet Coke en su oficina de El Segundo, California, que queda frente a una gomería. “Se puede defender que la redundancia planetaria es la forma más poderosa de garantizar la supervivencia en el largo plazo”.

Redundancia significa volver habitable Marté y alcanzable también, con cohetes que Musk sueña con construir. “Marte se puede terraformar”, sostiene, en referencia a la teoría de que soltando gases de efecto invernadero en el planeta se puede retener el calor y crear un ambiente habitable. “Podríamos cambiar el clima de Marte y dejarlo muy parecido al terrestre”. No importa que hace poco el Laboratorio de Propulsión a Reacción de la NASA haya declarado que la radiación en el planeta rojo podría provocar “serios riesgos para la salud en el largo plazo” a cualquiera que lo visite. Como sus colegas de la Mars Society (unos 6.000), Musk tiene fé y pone plata (no quiso divulgar cuánto dona). Su dinero ayudó a financiar emprendimientos como el telescopio del Musk Mars Desert Observatory, emplazado en un ambiente que simula las condiciones de Marte en el sur de Utah, donde acólitos marcianos prueban inodoros que incineran residuos y cascos espaciales que estarían hechos de tapas de tacho de basura.

Elon Musk ganó una fortuna con Internet. Ahora, quiere enviar cargas al espació y salvar a la humanidad colonizando Marte.

“No estamos tratando de ver cómo es vivir en Marte corriendo por ahí con tapas de tacho en la cabeza”, se enoja Robert Zubrin, el irritable fundador de la Mars Society. “Estamos tratando de averiguar qué tácticas de campo funcionan mientras operamos en una simulación de las condiciones de Marte”.

Nada de eso se ve en el proyecto que Musk les vende a los potenciales clientes de SpaceX. Hace poco, en un evento para promocionar el diseño ante altos oficiales militares y diversos burócratas espaciales en El Segundo, Musk, autodidacta en aeronáutica, esquivó con destreza preguntas sobre “la geometría del inyector de válvulas de pivote” (la boquilla del motor del cohete) y los “ensambles de turbobombas Merlín” (bombas de combustible).

Nadie niega que se necesitan alternativas económicas a los productos carísimos de Boeing y Lockheed Martin. James Benson, fundador y presidente de SpaceDev, un fabricante de microsatélites, cohetes y otros productos espaciales “accesibles” que vendió US$ 3,4 millones en 2002, afirma que está “intentando llevar la mentalidad de la microcomputadora a una industria espacial que está atascada en una mentalidad de mainframe, de pensar que cuanto más grande, mejor”. Pero se avanza lento, y SpaceDev anda con problemas. La empresa, que cotiza en el Bulletin Board del Nasdaq, redujo sus pérdidas de US$ 1,9 millones a US$ 376.000 el año pasadó pero solo después de recortar US$ 3,2 millones en costos.

Nacido en Sudáfrica, Musk emigró a Canadá de chico, cuando se divorciaron sus padres; se recibió en Administración y Física en la Universidad de Pensilvania. En 1995, comenzó un posgrado en Física en Stanford pero duro dos días: lo picó el bichito de internet y dejó la carrera. Su idea brillante fue escribir software para ayudar a los diarios a subir clasificados y otros contenidos a internet. En aquella época era difícil conseguir financiación, más todavía para alguien sin experiencia en tecnología y medios.  Convenció a Mohr, Davidow Ventures para invertir US$ 3,6 millones en su recién nacida Zip2 a cambio de hacerlos accionistas mayoritarios.

“Empezamos muy humildemente”, recuerda de la época en la que se bañaba en la YMCA del barrio. “Ir a Jack in the Box era un lujo”. El ajuste dio sus frutos cuatro años después, cuando Compaq adquirió la empresa para fusionarla con AltaVista, el servicio de búsquedas que tenía en esa época. “Irónicamente, no quisieron darnos acciones porque creyeron que estaba subvaluada”, sonríe Musk, que recibió US$ 22 millones por su participación de 7%.

Su siguiente emprendimiento fue un poco más fácil. Musk se la puso difícil metiéndose en un rubro del que no sabía prácticamente nada: un emporio de servicios financieros online llamado X.com, que terminaría vendiendo fondos comunes de inversión, servicios bancarios, hipotecas y préstamos por medio de bancos afiliados. Los escépticos pronosticaron que la iba a pasar mal.

Como supermercado financiero, X.com fue un fracaso. Pero uno de sus beneficios ?los pagos de una cuenta a otra por correo electrónicó resultó brillante. “Una función insignificante”, dice Musk. Resulta que otra empresa, Confinity, tenía la misma tecnología, a la que bautizó PayPal. Después de diseñar su producto para que los PalmPilots y otros dispositivos inalámbricos pudieran “transmitir” dinero a otro lugar, el servicio se convirtió en uno de los preferidos en Ebay, el sitio de subastas por internet. Musk adquirió Confinity por una suma no divulgada en marzo del 2000, le puso el nombre PayPal a toda la empresa e implementó esquemas de marketing exitosos, como darles US$ 10 a los usuarios nuevos que abrieran una cuenta.

Entonces llegó el momento de ganar plata. Aunque la empresa de Musk salió a bolsa en pleno desplome de las empresas de tecnología, las acciones de PayPal se dispararon 55% en el primer día de operaciones, en febrero de 2002. Ocho meses después la compró Ebay, que pagó 80% más que el precio de la IPO. Como principal accionista individual de PayPal, con 6,5 millones de acciones, Musk recibió acciones de Ebay que hoy valdrían US$ 220 millones si no hubiera vendido ninguna (retuvo la mayoría).

Para entonces, ya tenía la cabeza en las nubes. Después de hablar con amigos sobre el lentísimo avance de la exploración espacial tripulada, Musk encargó un estudio de factibilidad para el envío de una especie de biósfera a Marte compuesta por plantas que germinarían de un gel nutriente y echarían raíces. Musk podía financiar sin problemas los US$ 20 millones que costaría el sistema de soporte vital, pero el cohete Delta de Boeing necesario para llevarlo a Marte ?a 70 millones de kilómetros de distanciá le salía US$ 50 millones más.

“Fue difícil de tragar”, afirma. Entonces, se fue a Rusia a comprarse un cohete barato. Incluso llegó a negociar un acuerdo ?se niega a revelar el precio o con quién negoció?, pero dio marcha atrás cuando los riesgos de lidiar con los herméticos rusos comenzaron a pesar más que cualquier posible descuento.

¿Y por qué no construirlo por su cuentá Le encargó un estudio a otro experto en Marte, Michael Griffin, ex director técnico de Orbital Sciences y actualmente es presidente de In-Q-Tel, una división de capital riesgo financiada por la CIA que invierte en tecnologías de espionaje. “Estaba claro que se necesitaba un método fiable y económico para viajar al espacio”, sostiene Musk, que cubrirá de su bolsillo los costos iniciales de US$ 20 millones a US$ 40 millones.

Musk rechaza las comparaciones con los muchos emprendimientos privados fallidos para fabricar cohetes espaciales que precedieron el suyo, cuyo caso más notable es el de Beal Aerospace. Como Musk, Andrew Beal era un adinerado entusiasta del espacio que había ganado una fortuna en otro rubro, en su caso los bancos de Texas. Con planes para gastar US$ 200 millones de su bolsillo, Beal se puso a construir cohetes pequeños y reutilizables para llevar satélites a órbitas terrestres bajas, como SpaceX. Pero el emprendimiento se fue a pique en octubre del 2000, después de que Beal se quejara de que la NASA subsidiaba a sus competidores.

A mí no me va a pasar, insiste Musk. Según él, sus rivales fracasaron porque no tenían el talento técnico ni suficiente capital. Con ingenieros de TRW y Boeing, Musk estima que tiene la parte de la tecnología resuelta. Con las acciones de Ebay tendrá suficiente plata. Incluso afirma que ya tiene dos clientes firmes (anónimos).

Más allá de los clientes implícitos se advierte una curiosidad insaciablé y la supervivencia de la humanidad. “En el largo plazo, si vamos a subir a entender de qué se trata el universo, tendremos que dejar la Tierra”, afirma Musk camino a Colorado Springs, donde hablará ante el National Space Symposium, la feria más importante del rubro espacial. “En lo que respecta a garantizar la supervivencia de la humanidad, lo más poderoso que podemos hacer es fundar una segunda civilización autosuficiente fuera de la Tierra, y el único lugar viable es Marte”.

¿Viablé Suena como una locura total. Pero hace una década el dinero digital también parecía bastante loco.

Autor nota original: Seth Lubove

Editor: Alex Knapp

Traducción: Santiago Farrell

Leé la nota completa (en inglés) acá.