Durante los últimos cuatro años, Estados Unidos sostuvo buena parte de su estrategia para contener el avance de China en inteligencia artificial sobre una idea concreta: quien controlara el acceso a los chips avanzados tendría una ventaja decisiva. Bajo esa lógica, Washington buscó bloquear el suministro de semiconductores de última generación para impedir que las compañías chinas desarrollaran modelos cada vez más potentes.
Esa estrategia, sin embargo, empezó a mostrar sus límites.
El Departamento de Comercio de Estados Unidos, bajo el gobierno de Donald Trump, prepara una nueva norma de control de exportaciones que ampliaría por primera vez las restricciones más allá del traslado físico de chips. El objetivo sería limitar también el acceso remoto a capacidad de cómputo, una vía que permitió a compañías chinas utilizar GPU de Nvidia alojadas en centros de datos de terceros países.
La medida apuntaría, en particular, a impedir que empresas chinas de inteligencia artificial alquilen potencia de procesamiento en instalaciones ubicadas en mercados como Tailandia y Singapur, según informó The Information. Un primer borrador de la regulación podría llegar a los grupos industriales durante septiembre.
Aunque el cambio regulatorio parece técnico, marca una modificación de fondo en la estrategia estadounidense. Washington ya no busca controlar únicamente dónde se venden o trasladan los chips, sino también quién puede acceder a ellos a distancia y desde qué lugar.
La discusión dejó así de concentrarse exclusivamente en las fronteras y pasó a una zona mucho más difícil de vigilar: la infraestructura global de centros de datos y servicios de cómputo, un terreno para el que las actuales normas estadounidenses de exportación no fueron diseñadas.
El modelo que rompió la ilusión
La señal más clara de que las restricciones estadounidenses tenían puntos débiles llegó desde China. En julio, la startup Moonshot AI presentó Kimi K3, un modelo con 2,8 billones de parámetros cuyo desempeño quedó cerca del de algunos de los sistemas de inteligencia artificial más avanzados de Estados Unidos.
El dato encendió las alarmas en Washington por la forma en que la compañía habría obtenido la capacidad de cómputo necesaria para entrenarlo. Michael Kratsios, director de la Oficina de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca, sostuvo públicamente que Moonshot AI utilizó servidores equipados con Nvidia GB300 ubicados en Tailandia.
Según Kratsios, la empresa también desarrolló una plataforma interna destinada a extraer información de modelos estadounidenses a gran escala y recurrió a distintos canales de acceso para reducir las posibilidades de detección.
Más allá de que todas las afirmaciones sean ciertas o no, la implicancia estratégica es clara. Según distintos informes, las grandes empresas chinas de computación en la nube, entre ellas ByteDance, Alibaba y Tencent, recurrieron a la capacidad de procesamiento de Nvidia mediante centros de datos ubicados en Tailandia, Malasia y Japón.
El régimen de control de exportaciones establecía a qué países podían enviarse los chips. Sin embargo, no decía nada sobre quién podía acceder a ellos de forma remota.
Esa es la brecha legal que la nueva norma busca cerrar. Y no es menor: aunque el silicio más avanzado de Nvidia esté prohibido en territorio chino, los ingenieros chinos ya lo usaron para entrenar modelos a distancia, sin necesidad de llevar esos chips al país.
Una norma sin respaldo legal
Este es el problema que Washington prefiere no hacer público: probablemente carece de autoridad para avanzar con esa medida.
Los abogados especializados en control de exportaciones sostienen que, dentro del ámbito jurídico, existe un amplio consenso sobre un punto: el Departamento de Comercio no puede regular el acceso remoto a los chips bajo la legislación vigente. La solución, la Ley de Seguridad de Acceso Remoto, que otorgaría de manera explícita a la Oficina de Industria y Seguridad jurisdicción sobre el acceso a través de la nube, recibió en enero la aprobación de la Cámara de Representantes por 369 votos a favor y 22 en contra, pero después quedó trabada en el Comité Bancario del Senado.
Así, la administración primero redacta una norma y confía en que la ley llegue después. La secuencia resulta clave para cualquiera que siga de cerca esta política. La norma de difusión de IA de la era Biden fue derogada en mayo de 2025 y sus requisitos de diligencia debida nunca entraron en vigor; un intento anterior de establecer un sistema de licencias por niveles fracasó cerca de una semana después de su anuncio por la presión de la industria.
La política estadounidense sobre chips quedó atrapada en un ciclo de normas ambiciosas, vacíos legales y retrocesos silenciosos. Pekín interpreta ese ciclo con la misma claridad que cualquiera en Washington.
El control queda en manos privadas
La historia más contundente, sin embargo, podría ser la que avanza sin ninguna norma nueva.
Nvidia, frente a la amenaza de acciones legales y a su propia exposición pública, creó un sistema de control interno. La compañía ahora cuenta con una lista blanca de clientes en mercados asiáticos como Singapur, Malasia y Japón. El Financial Times informó que más de la mitad de sus clientes asiáticos quedaron fuera de la lista de compradores aprobados después de que la empresa endureciera las revisiones de cumplimiento.
Los más afectados fueron los proveedores de neocloud, empresas cuyo negocio depende exclusivamente del alquiler de capacidad de procesamiento para IA. Según los reportes, empleados de Nvidia visitan personalmente los centros de datos de los clientes para comprobar que las instalaciones sean reales, que los servidores estén instalados y que los usuarios finales cumplan con los trámites correspondientes.
Vale la pena detenerse en lo que esto implica. El control de exportaciones más trascendente de la era de la IA queda cada vez más en manos del equipo de cumplimiento comercial de una compañía multimillonaria, en lugar de agentes de aduanas o funcionarios del área de Comercio. Nvidia debió asumir el papel de guardia fronteriza de una frontera que existe en la nube.
Es una posición incómoda para una empresa cuyo CEO declaró en mayo que había "cedido en gran medida" el mercado chino de chips de IA a Huawei, y también resulta difícil de sostener para la política estadounidense, que ahora depende de que los incentivos de una empresa privada coincidan con los intereses de seguridad nacional trimestre tras trimestre.
La presión de las autoridades también aumenta en otros frentes. Este mes, la fiscalía taiwanesa acusó a nueve personas, entre ellas un empleado de Nvidia y socios actuales y antiguos de Supermicro, por 130 servidores equipados con chipsets B300 que fueron declarados de manera falsa para su uso en Taiwán. Setenta y cuatro de esos servidores llegaron a China antes de que las autoridades interceptaran el resto.
En California, los fiscales acusaron a los operadores de ALX Solutions de comprar más de 200 unidades del H100 mediante la declaración de clientes finales ficticios en Singapur y Japón.
La respuesta de Pekín no es la que muchos esperaban
La lectura convencional de este momento indica que Washington cierra la brecha legal, el sector de la IA en China pierde capacidad y la distancia vuelve a ampliarse. Sin embargo, la evidencia muestra una situación bastante más compleja.
La respuesta de China a las restricciones de acceso no consistió en intensificar la búsqueda de chips, sino en cambiar las reglas del juego. El 29 de agosto, un día después de la filtración de la normativa del Departamento de Comercio, Tencent publicó como código abierto Hy4-preview, un modelo de mezcla de expertos con 770 mil millones de parámetros y una ventana de contexto de un millón de tokens, disponible para su descarga gratuita en todo el mundo.
Al mismo tiempo, el Ministerio de Comercio de Pekín asesora a Alibaba, ByteDance, Zhipu y otras empresas nacionales sobre la posibilidad de sumar los pesos de modelos de IA, los datos de entrenamiento y los diseños de chips a la lista de control de exportaciones de China: una utilización estratégica del mismo mecanismo legal que creó Washington.
Conviene analizar estas medidas en conjunto. Si el acceso a la capacidad de cómputo se vuelve escaso y queda sujeto a condiciones, la estrategia más racional pasa por crear modelos con la eficiencia suficiente para entrenarlos con los recursos disponibles, lo bastante abiertos como para alcanzar una adopción global y sujetos a restricciones legales que impidan que otros países simplemente se apropien de ellos. Las principales empresas chinas de IA ya avanzan en esas tres direcciones.
Como se espera que la IA ocupe un lugar central en la agenda de la cumbre entre Estados Unidos y China del próximo mes, es probable que la normativa sobre el acceso a la nube aparezca como un endurecimiento de las reglas. Sin embargo, también podría marcar otra cosa: el momento en que Washington reconoce formalmente que, en la era de la IA, el poder tecnológico ya no depende únicamente de quién posee el hardware, sino de quién controla el acceso, la arquitectura y, cada vez más, las condiciones bajo las cuales el resto del mundo se conecta.
La primera fase de la guerra de los chips se libró en las fronteras y en los manifiestos de envío. La próxima tendrá como escenario los contratos de los centros de datos, las API de cumplimiento y las licencias de modelos. Washington recién entra en ese terreno. Pekín, a juzgar por lo ocurrido en las últimas dos semanas, conoce ese campo desde hace bastante tiempo.
Este artículo fue publicado originalmente por Forbes.com.