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Forbes Argentina

(Photo by Patrick Smith - FIFA/FIFA via Getty Images)
7 Julio de 2026 20.14

Alex Milberg desde Atlanta Director

Cuánto valen las lágrimas de Messi

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Forbes evalúa fortunas, pero hay momentos que no tienen precio. Épica de una clasificación al límite, el flagelo de los “tele-hinchas” y el show para una elite más interesada en las redes que en el fútbol.

Si el milagro no sucedía, si Messi no tiraba primero el centro para el gol de Romero y no hacía el segundo gol, si Paredes no cortaba la inminente puñalada egipcia, si Enzo no liquidaba con el tercero, ya tenía un plan de emergencia: quedarme en el Estadio Atlanta y despedir con aplausos de media hora a una gran selección y al mejor de la historia.

Forbes evalúa fortunas, pero hay cosas que no tienen precio: ¿Cuánto valen las lágrimas de Messi? ¿Cuánto valen las lágrimas de todos los que lloramos otra vez con Messi? 

No se trata de rankings, de dinero, de nada material. Forbes celebra el éxito, la resiliencia, el esfuerzo de los soñadores y de los hacedores. Y Messi se convirtió en el argentino más famoso de todos los tiempos y, muy probablemente, el sapiens vivo más reconocido del planeta. Y a los 39 años, cierra el puño y llora con sus compañeros, llora buscando con la mirada a sus hijos en la tribuna, llora a pesar de que ya consiguió todo lo que un humano podría soñar con conseguir en su profesión, acaso de las más competitivas.

¿Qué lo moviliza? ¿Qué empuja a quien ya consiguió todo a seguir adelante? No es solo hambre, no es solo fuego sagrado, no se trata solo de mentalidad ganadora ni de afán de superación. Todo eso está incluido y lo comparte, quizás, con casi todos los atletas que lo acompañan.

Messi Mundial Egipto  (Photo by Patrick Smith - FIFA/FIFA via Getty Images)
(Photo by Patrick Smith - FIFA/FIFA via Getty Images)

Cuando le preguntan por qué sigue, siempre repite lo mismo: "Me gusta jugar al fúbol" —lo dice sin la t, con una sonrisa de chico, con una sinceridad brutal—. Por eso es tan difícil imaginar su futuro fuera de las canchas, por eso incluso Messi debe imaginar que le quedan más años por delante, como si el tiempo no pasara. 

A los 41, este fue el último Mundial de Luka Modric y de Cristiano Ronaldo, dos extraordinarios jugadores de su época. Messi quizás lloraba porque intuye que este es su último Mundial, aunque nadie, ni siquiera él, puede estar seguro. ¿Acaso no podría jugar a los 43, en 2030, y despedirse en su séptimo Mundial batiendo todos los récords posibles? Poco importa ahora. 

La emoción de una remontada histórica sólo es comparable a la angustia de la final en Qatar y, ya en menor medida, a un gol de Palermo bajo la lluvia para clasificar al 2010; luego hay que remontarse a los ochenta y a los tiempos maradonianos. 

En el Estadio Atlanta celebraron los pocos hinchas argentinos que disfrutan y entienden el fútbol con dignidad. Celebraron junto a tele-hinchas, esa especie de espectador mundialista que disfruta más de sacarse fotos que de ver el partido, que corre a comprar un hotdog en el cooling break, que lanza gritos para exponerle a todos su precariedad: uno intentó insultar a "jugadoooores, la c…de su madre". Nadie lo acompañó. El enviado de Forbes le dirigió una mirada fulminante y, al finalizar el partido, le pidió, por su bien, que se prometa no volver a hacerlo nunca más. Que evite el exitismo, que se arrepienta. Fue un intento quizás vano.

El tele-hincha —ese aficionado que nunca jugó al fútbol más que, con suerte, en un partido de papis del colegio— se siente con derecho a ser parte del show, con el atrevimiento de la ignorancia, en lugar de guardar respeto por todos los hinchas verdaderos a los que cada vez les resulta más inaccesible asistir a estos eventos. Y sin embargo, esa misma masividad —esa mezcla de fanático de siempre y turista ocasional— es hija del mismo folclore popular y de la misma sencillez, solo una pelota, que convirtieron a este deporte en el más popular del mundo. La contradicción no tiene una salida fácil.

Messi Atlanta Egipto Mundial  (Photo by Chris Brunskill/Fantasista/Getty Images)
(Photo by Chris Brunskill/Fantasista/Getty Images)

A pesar de las críticas previas, Infantino podrá exponer que todos los partidos se juegan con "full house", estadios repletos. ¿Pero repletos de quién? Las entradas duplicaron su valor respecto al Mundial pasado. Si siguen el camino del automovilismo, este deporte se convertirá cada vez más en un espectáculo elitista, a contramano del espíritu original que lo hizo masivo. FIFA logró, con la inclusión de 16 nuevos equipos, mayor participación global e incremento del negocio. Parte de sus nuevos desafíos será lograr que el precio no escale hasta el infinito.

Ya habrá tiempo de evaluar el negocio, las cifras, los millones. Por ahora las lágrimas de Messi siguen húmedas, Argentina logró un milagro, el Mundial sigue su marcha. Y aunque no tengan precio, esas lágrimas son, esta noche, lo más valioso que dejó el Estadio Atlanta. Allá vamos.
 

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