En la Argentina, más de 7000 personas esperan un trasplante, pero en lo que va del año solo se concretaron unos 2500. Detrás de esa cifra hay pacientes que necesitan un órgano para seguir viviendo y un sistema que, aun con profesionales capacitados y avances médicos, depende de una variable difícil de resolver: la disponibilidad de donantes. La brecha no es exclusivamente local. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), menos del 10% de la necesidad mundial de trasplantes logra cubrirse mediante la donación tradicional.
Para quienes trabajan en medicina, encontrar una fuente alternativa de órganos es una necesidad concreta. Una de las líneas de investigación que busca responder a ese desafío es el xenotrasplante, una técnica que consiste en trasplantar órganos, tejidos o células de una especie a otra. En los últimos años, los cerdos se convirtieron en protagonistas de esta carrera científica por las similitudes de su anatomía y fisiología con las humanas. La edición genética busca, además, reducir las barreras que hacen que el sistema inmunológico rechace un órgano de origen animal.
En ese terreno trabaja CrofaBiotech, una startup argentina que desarrolla cerdos modificados genéticamente para producir órganos potencialmente aptos para trasplantes humanos. En abril de 2026, el proyecto alcanzó un hito junto con investigadores de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM): el nacimiento del primer cerdo clonado de América Latina con tres modificaciones genéticas orientadas al xenotrasplante. El animal fue el primero de la región y el tercero del mundo con esas características, según informó la UBA.
Detrás de la empresa están Adrián Mutto, especialista en biotecnología y mejoramiento genético animal; Adrián Abalovich, médico cirujano especialista en trasplantes, y Mariela Balbo, economista a cargo de las finanzas y el desarrollo del negocio. Los tres se conocían desde hacía unos 20 años y compartían su vínculo con la UNSAM. Su apuesta fue reunir conocimientos que hasta entonces avanzaban por carriles distintos y convertirlos en una plataforma biotecnológica que hoy está avanzando en soluciones médicas de vanguardia.
De una llamada a una startup de base tecnológica
La historia empezó con una llamada telefónica. Abalovich, que venía estudiando el xenotrasplante, necesitaba contactar a alguien que trabajara con cerdos y tuviera experiencia en modificaciones genéticas. Pensó en Mutto, con quien compartía su paso por la universidad y en esa llamada surgió la chispa para trabajar juntos.
La propuesta tenía sentido por los antecedentes de ambos. Mutto llevaba más de dos décadas trabajando en mejoramiento genético animal, clonación y desarrollo de animales transgénicos y modificados genéticamente. Había participado en la creación de laboratorios de clonación equina y en la clonación de vacas y animales domésticos, siempre dentro del ámbito académico. Abalovich, por su parte, conocía de cerca la necesidad clínica de encontrar alternativas para pacientes que requieren un trasplante.
En 2011, Abalovich había participado en un ensayo clínico en el hospital Eva Perón de San Martín que incluyó xenotrasplantes de islotes pancreáticos de cerdo, células que producen insulina, en pacientes con diabetes. Se trató de una experiencia realizada con células provenientes de Nueva Zelanda, en el marco de un estudio regulado. Para él, ese antecedente fue una puerta de entrada a una comunidad científica internacional que llevaba años investigando cómo utilizar material biológico animal en medicina humana.

"La idea era, ya no recibir células de otro país, sino hacer un desarrollo nacional y que los cerdos modificados genéticamente se desarrollen en la Argentina", explica Abalovich. La diferencia era pasar de trabajar con material importado a construir una capacidad científica y tecnológica propia. Para completar ese esquema, necesitaban a alguien que pudiera estructurar el negocio, administrar los recursos y buscar inversores.
Ahí entró Balbo. Economista de formación, llevaba años trabajando con científicos para ayudarlos a convertir sus investigaciones en proyectos con una estructura organizativa, financiamiento y posibilidades de crecimiento. Su incorporación permitió pensar el desarrollo más allá del laboratorio. "La ciencia lleva tiempo, como si fuera una receta que hay que macerar, para que tenga un buen sabor", dice. Para ella, Crofa es el resultado de reunir los ingredientes necesarios para que el conocimiento científico pueda llegar a tener un impacto concreto.
La decisión de crear una empresa respondió también a una necesidad práctica. Un proyecto de esta magnitud requiere inversión, equipos multidisciplinarios, infraestructura y una estrategia regulatoria que excede las posibilidades de un grupo de investigación dentro de la universidad. "Queremos desde Argentina, con ciencia argentina, con inversiones hechas en Argentina, impactar al mundo con tecnología de frontera", plantea Balbo.
CrofaBiotech comenzó a trabajar en el proyecto en 2022. Mientras Mutto y Abalovich definían qué genes apagar o modificar para reducir el rechazo inmunológico, Balbo avanzaba con el plan de negocios, la identificación de potenciales inversores y la organización de la empresa. Los tres mantuvieron sus actividades académicas y profesionales durante el proceso, hasta que el crecimiento de la startup les exigió una dedicación cada vez mayor.
La carrera por producir órganos y el desafío de llegar a los pacientes
El trabajo de Crofa se concentra actualmente en riñones y corazones de cerdo modificados genéticamente para que puedan ser aceptados por el organismo humano. El principal obstáculo es el rechazo inmunológico: cuando el cuerpo reconoce un órgano animal como extraño, puede desencadenar una respuesta negativa. La edición genética permite intervenir sobre genes involucrados en esa reacción y buscar una mayor compatibilidad.
El nacimiento del cerdo con tres genes desactivados, conocido como triple knockout, representa un paso en esa dirección. Pero el desarrollo no termina con el nacimiento de los animales. Mutto explica que el equipo trabaja con líneas celulares modificadas y que envió muestras de ADN y células a un centro de referencia en Estados Unidos para verificar que las ediciones se hubieran realizado correctamente. En paralelo, el laboratorio produce entre 200 y 300 embriones semanales de cerdos clonados y modificados genéticamente.
Una parte central del desafío es garantizar las condiciones sanitarias en las que se crían los animales. Según Mutto, los cerdos que se utilizan en el proyecto deben estar libres de determinados patógenos y retrovirus, además de contar con las modificaciones genéticas previstas para el desarrollo. "Los argentinos somos tenaces y la tenacidad es un factor clave en este tipo de desarrollos porque es muy frustrante, del 100% de las veces vas a fallar el 99%", resume el investigador.
Para Balbo, una de las ventajas del proyecto está en el ecosistema científico local. La calidad sanitaria de los cerdos argentinos y la infraestructura disponible en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas de la UNSAM -donde están incubados- permiten avanzar sin tener que construir desde cero todas las capacidades necesarias. "Somos costo-eficientes", sostiene la CFO de la empresa. La expresión, aclara, no significa necesariamente que producir sea más barato, sino que el país cuenta con conocimientos, tecnología y equipos que pueden aprovecharse para desarrollar soluciones complejas.
La empresa se mueve en un campo en el que todavía hay pocos jugadores. Estados Unidos lidera los avances, con compañías como Revivicor y eGenesis, mientras que China y Corea del Sur también trabajan en el área. En América Latina, Crofa se posiciona como pionera. "No todos lo logran, no quiere decir que no lo intenten, pero no lo están logrando", señala Balbo.
El proyecto también necesita infraestructura específica para escalar. El proyecto se inició con una ronda pre-seed de US$ 700.000 y luego captó una serie de capital semilla de US$ 6 millones proveniente de fondos nacionales e internacionales. Uno de los inversores que acompañó el proyecto es Grupo Avalian y, a través de ITAC (Instituto de Alta Complejidad), parte de su ecosistema de salud, también aporta experiencia clínica y de investigación en trasplantes, que es vital para el desarrollo de las prácticas de Crofa. "La decisión parte de una premisa: acompañar, cuidar y promover el bienestar de las personas en cada etapa de la vida, y eso implica involucrarse en la generación de conocimiento y potenciar a quienes trabajan para transformar ese conocimiento en alternativas concretas para la salud", explican desde Grupo Avalian.
Una parte importante del capital se destinará a construir instalaciones especializadas en la provincia de Buenos Aires, donde los animales puedan criarse bajo condiciones sanitarias controladas. Mutto estima que los ensayos clínicos podrían comenzar en un par de años, siempre sujetos a los resultados y a las autorizaciones correspondientes. La empresa cuenta con aprobación de la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA) y mantiene conversaciones con el INCUCAI, organismo rector del sistema de trasplantes.
Para Abalovich, el desafío no se limita a conseguir que un órgano funcione en un cuerpo humano. También será necesario pensar cómo hacer que esta tecnología llegue a los pacientes. A diferencia de la donación tradicional, el xenotrasplante supone producir un órgano con un costo asociado. El fundador sostiene que el objetivo es que el acceso no dependa de la capacidad económica de cada persona y que el sistema de salud, tanto público como privado, deberá discutir cómo financiar estas intervenciones si demuestran ser seguras y eficaces.
Balbo imagina distintas vías de desarrollo comercial, entre ellas el licenciamiento de la tecnología a otros actores internacionales y la producción de órganos en la Argentina. La empresa ya cuenta con una patente, aunque todavía trabaja en definir los esquemas que permitirán llevar el proyecto a escala. La apuesta es construir capacidades locales y, al mismo tiempo, generar una tecnología que pueda tener alcance global.
Los tres fundadores saben que el camino entre un avance de laboratorio y un tratamiento disponible es largo. En los xenotrasplantes todavía deben resolverse cuestiones de seguridad, eficacia y regulación. Pero también creen que la investigación argentina tiene condiciones para participar de esa carrera. "No está todo resuelto todavía con el xenotrasplante, pero creemos fuertemente que no hay vuelta atrás", dice Mutto. En CrofaBiotech, esa convicción es el punto de partida para transformar un desarrollo científico local en una alternativa real.