Qué ver: El agente secreto, así es la favorita al Oscar internacional
Protagonizada por Wagner Moura (Narcos), esta producción brasileña ambientada en 1977 plantea una historia atrapante repleta de personajes muy carismáticos, a la vez que da pie a reflexiones y propone muchos guiños al cine.

La política parece tocar los premios Oscar a través de sus dos grandes favoritas, Una batalla tras otra y El agente secreto. Si la primera presenta una versión algo absurda y humorística sobre una guerrilla urbana contemporánea, inspirada en las de los 60, la segunda toma la política como telón de fondo para una intriga apolítica. El agente secreto ha sido descrito como un thriller político y lo es en una segunda lectura, porque por encima de todo es una gran película que narra una historia de tensión meticulosamente elaborada.

Sin adentrarse en el terreno de los spoilers, se puede decir que la brillante escena inicial no solamente presenta al protagonista, encarnado por Wagner Moura (el Pablo Escobar de Narcos) sino que nos sitúa en el clima de 1977. 

Lo hace de una manera que solo el buen cine puede lograr, con una narrativa visual que aumenta la tensión a medida que nos revela elementos de la situación en la que cae el protagonista. Como ha dicho Spielberg y saben los grandes directores y críticos, si una película comunica sin necesidad de palabras, es buena. Kleber Mendonça Filho lo logra con maestría durante esos primeros minutos. 

Marcelo, el personaje de Wagner Moura está de camino a Recife en un llamativo Volkswagen amarillo. No sabemos mucho sobre él, solo que se reencuentra con su hijo y consigue un trabajo en el Instituto de Identificación. Nos damos cuenta de que oculta algo, que está incómodo y que busca refugio en una casa donde hay otras personas viviendo de forma transitoria. 

Así como el amarillo de su Volkswagen llama la atención, los colores durante toda la película son un elemento importante. Son funcionales a la idea que busca el director y guionista Kleber Mendonça Filho de hacer una ficción ambientada en la dictadura, pero no necesariamente sobre ella. Es decir, es realista, trata temas sensibles, pero no apunta a la denuncia ni necesariamente al drama, como ocurría en la otra brasileña Aún estoy aquí, ganadora del Oscar a Mejor Película Internacional hace un año. 

La información que se le brinda al espectador es discreta y muy medida, tanto como la que le da el personaje de Moura a las personas que conoce. Sin embargo, la trama atrapa, genera intriga desde el principio y recompensa hacia el final, aunque de modo inesperado. Esto se logra, en buena medida, por la manera en que se va componiendo el rompecabezas con la información que se va distribuyendo a lo largo de las dos horas y cuarenta minutos que dura.

El agente secreto. Foto: Difusión.

El otro mérito, además de la narrativa cinematográfica, pasa por los actores y los personajes que encarnan. Hay dos sicarios bastante temibles que subcontratan su trabajo con un tercer sicario por un precio ridículo. También un empresario vengativo, un comisario que utiliza el carnaval de Recife para hacer desaparecer casi a cien personas (aunque este hecho relacionado a la dictadura no se ve en cámaras y queda como parte de la ambientación del momento) y una veterana muy resuelta que refugia a Marcelo. Y, además, está la breve aparición del gran Udo Kier en el último papel de su carrera, como un judío refugiado al que los policías admiran porque creen que fue soldado nazi. 

Que no tome a la dictadura como tema ni coloque al Estado como el enemigo, no implica que la película sea apolítica (aunque la historia de su protagonista no esté marcada por la militancia política). El director incluye a dos estudiantes que a lo largo de la trama escuchan y desgraban cassettes de 1977 donde hay registros relacionados a lo que le ocurrió al protagonista. Lo que ellas hacen repercutirá al final y también nos planteará cómo la historia reciente, para cierta generación, es reconstruida principalmente a partir de fuentes orales

Kleber Mendonça intenta ir más allá y jugar su propio juego. Por eso hay una suerte de subtrama relacionada a una pierna humana que aparece dentro de un tiburón. Esa pierna, cuya presencia parece solo anecdótica y desagradable al inicio, cobrará una presencia importante para la trama hasta llegar a estar en el centro de una de las secuencias más surrealistas y divertidas de la trama (una que, si se lee más allá de su humor, habla de la realidad de los medios de prensa en tiempos de dictadura).

Hay comentarios cinematográficos y unos cuantos homenajes. La presencia de la película Tiburón, de Steven Spielberg, es muy fuerte a lo largo de la trama. El éxito que tuvo y la fobia que causó impactan sobre los personajes y, en cierta forma, Kleber Mendonça le rinde homenaje.

Claro que, a diferencia de lo que ocurre con Spielberg, esto es cine latinoamericano y tiene sus complicaciones detrás de cámaras. Vemos el éxito y el reconocimiento que viene cosechando desde el Festival de Cannes hasta los Globo de Oro; disfrutamos de la película, pero no tenemos por qué saber los procesos que hubo detrás.

Si en ciertas industrias la financiación se consigue de parte de casas productoras e inversores, una producción de este porte requiere de un trabajo mucho más complejo en nuestro continente. Al comienzo de la película llama la atención ver una enorme cantidad de logos de compañías de producción, fondos de distintos países y programas de apoyo al cine. 

Era imposible hacer de otro modo una reconstrucción histórica con la calidad técnica y artística adecuada. Una obra cinematográfica de estas características es todo un triunfo desde su construcción financiera y es, también, la reafirmación de que en muy pocos mercados del mundo la taquilla y la inversión pueden mover al cine por sí solos

El agente secreto es una película inconfundiblemente de estos tiempos. Nos plantea una mirada fresca hacia un período histórico muy explorado, en el que inserta una trama original para darnos pie a disfrutar lo que solo el cine puede ofrecer.