En octubre de 2025, mientras Naomi Gal viajaba a Argentina para retratar las elecciones legislativas, recibió la noticia que esperaba desde hacía meses: los últimos rehenes de Gaza del 7 de octubre de 2023 regresaban a casa. La artista canadiense, que durante un año dibujó cada rostro de los secuestrados, sintió alivio… y culpa. Porque en ese momento, sus marcadores ya no retrataban rehenes: dibujaban a Javier Milei.
Desde febrero de 2024, Naomi desarrolló más de cuarenta historias ilustradas, una por cada rehén, organizadas en libros individuales y en una edición compilada en cuatro volúmenes. El proyecto se extendió durante once meses de trabajo continuo, con ediciones que se actualizaron en tiempo real a medida que los acontecimientos avanzaban.
En paralelo, su cuenta de Instagram creció de forma exponencial luego de que Javier Milei compartiera algunos de sus retratos, ampliando el alcance de una obra que hoy combina circulación digital con presencia física en galerías de Herzliya, Barcelona y Buenos Aires.

Cuando Javier Milei compartió en sus redes una serie de dibujos sobre los rehenes israelíes, el alcance de una artista que hasta entonces trabajaba casi en silencio se amplificó de manera inesperada. Naomi Gal —dibujante, narradora y madre de seis hijos— llegó a la Argentina como consecuencia directa de un cruce propio de esta época: arte, redes sociales y coyuntura encontrándose en tiempo real. "Nunca pensé que mi trabajo me iba a traer hasta Argentina", dice.
Naomi creció en un entorno profundamente religioso, en una familia numerosa. Es judía y su historia personal está atravesada por la memoria. "Mis cuatro abuelos sobrevivieron al Holocausto", cuenta. "No lo digo como un dato histórico, sino como algo que forma parte de mi sensibilidad".
Durante años, su vínculo con el dibujo fue íntimo, cotidiano, casi doméstico. Dibujar era una forma de explicar, de acompañar, de traducir emociones complejas a un lenguaje comprensible.

Cuatro meses mirando sin intervenir
Durante meses, Naomi manejó por las calles de Toronto viendo los afiches de los rehenes pegados en postes y vidrieras. "Los miraba, me ponía triste… y continuaba con mi vida", recuerda.
Nada cambió de inmediato. No hubo un impulso épico ni una reacción instantánea. Pasaron cuatro meses hasta que algo se rompió en esa repetición silenciosa.
La decisión de dibujar no fue solo artística. Fue comunicacional. Años antes, Naomi escribía notas para la escuela de sus hijos contando buenas acciones. Pero su hija no sabía leer. Entonces empezó a dibujar. "No dibujaba bien, pero funcionaba. Era la única forma de que lo entendiera."
Esa lógica volvió frente a los afiches de los rehenes: rostros congelados en el tiempo, imágenes vistas pero no siempre comprendidas. “Sentía que la gente no entendía lo que estaba pasando. Quería dibujarlo para que se viera el sufrimiento”.

Narrar en tiempo real
Naomi trabaja con una metodología rigurosa: cada rehén tiene su propio libro de nueve páginas donde se narra su historia, excepto en la décima página. “Para los que volvieron con vida, dibujé el abrazo con sus familias. Para los que no, dibujé sus almas ascendiendo. Y para quienes aún no regresaron, la página sigue en blanco”.
En total, compiló más de cuarenta historias en cuatro volúmenes que fue actualizando a medida que los acontecimientos avanzaban. Su ventaja, dice, es la velocidad. “Yo dibujo muy rápido. Trabajo en tiempo real”.
Durante las liberaciones, pasó noches sin dormir. No solo dibujaba los reencuentros, sino que también acompañaba —con imágenes— a las familias que todavía esperaban. “No era un momento completamente feliz mientras no volvieran todos”.
Del papel a las redes
Naomi no conocía la política argentina cuando empezó a dibujar a Milei. La primera imagen que la impactó fue visual y emocional: el entonces candidato llorando en el Muro de los Lamentos. “Yo no sabía quién era. Lo dibujé por lo que sentí cuando lo vi”.

Ese gesto inicial derivó, con el tiempo, en un intercambio directo. Milei compartió sus dibujos, y se amplificó su alcance. No como presidente, sino como usuario de redes. “Él compartía mis dibujos de los rehenes, y de repente miles de personas los veían”.
Con ese crecimiento también apareció una incomodidad. Naomi sintió, durante un tiempo, cierta culpa por empezar a retratar a Milei después de haber trabajado tan de cerca con la historia de los rehenes. “Me preocupaba cómo se vería. Las familias viven esto con muchísima intensidad”.

Cuando decidió viajar a Argentina para seguir de cerca la campaña, el cruce temporal fue inesperado: la liberación de los rehenes con vida ocurrió pocos días antes de su llegada. Para ella, no fue un cierre definitivo, pero sí un alivio. Un orden posible dentro de una historia que seguía abierta.
Argentina como territorio fértil
En diciembre de 2025, Naomi presentó sus obras originales en la galería de Mario Lange, en Buenos Aires. El dibujo fuera de la pantalla. Gente muy diversa se acercó a mirar: artistas, militantes, curiosos, personas sin etiquetas. Conversaciones breves, silencios largos, miradas detenidas frente al trazo.
Hay conversaciones avanzadas para que Naomi presente su obra el 9 de febrero en el Congreso de la Nación, en el área del Senado, impulsada por la senadora nacional Vilma Facunda Bedia por la Provincia de Jujuy (LLA).
Para Naomi, Argentina aparece hoy como un territorio fértil: no como un lugar de validación simbólica, sino de acción concreta. Un espacio donde editar, producir y escalar su obra. En paralelo a su trabajo artístico, se encuentra en la búsqueda de socios comerciales y editoriales que le permitan publicar sus libros en el país, ampliar la circulación de sus proyectos y seguir desarrollando su trabajo desde una lógica emprendedora, sin perder identidad.

En ese camino, el diálogo directo con la carrera política de Milei funciona como un amplificador de alcance, pero no como un encuadre ideológico: un canal más dentro de un ecosistema de visibilidad, redes y público.
Naomi es un ejemplo de cómo el arte se actualiza. En una era atravesada por la inteligencia artificial y la perfección técnica, la emocionalidad vuelve a ocupar el centro. En su obra, mensaje y formato comparten un mismo criterio y una misma consistencia: no puede existir uno sin el otro.
Ella no habla del talento como mérito, sino como responsabilidad. “Si tenés un talento, no es solo para vos. Es para usarlo”.